Sobre la involución de la especie

Alejandro Gándara  
(El Mundo, El escorpión, noviembre 3, 2014)

"El cuerpo expuesto", la última novela de Rosa Beltrán, hace caminar en paralelo la angustiada y sufrida vida del padre del evolucionismo, Charles Darwin, y la de un sujeto contemporáneo que se considera a sí mismo el último evolucionista, y que en realidad tiene severas sospechas de involución de la especie. Lo que queda claro en este relato es que la evolución no progresa en dirección a lo más adecuado, en el sentido en el que hubiéramos preferido entenderlo, dando por sabido que eso del progreso nunca estuvo claro.

La narración está llevada con superlativa ironía, sin caer en el cachondeo ni en zafiedades expositivas (magnífica documentación en todos los temas), y sostiene durante todo el tiempo un ángulo de perspectiva bastante original. La familia, el sistema de mercado o la anorexia, entre otras tribulaciones propias de nuestra forma de existir, por no hablar de las redes sociales y de la necesidad de exposición que culmina, como dice uno de los narradores, en el homo sapiens exhibicionista, son algunos de los temas agudamente observados por la autora y que lleva a preguntarse por el cambio de contenido de la idea de adaptación, toda vez que el único medio digno de consideración, en lo que adaptarse se refiere, es el tecnológico y humano.

En fin, la vida por lo general ya es bastante rara y uno se pregunta si laevolución no será más que una de esas fantasías intelectuales destinadas a tranquilizarnos y a que evitemos pensar que las especies están todas locas o se vuelven locas en el curso de eso que el evolucionismo llama supervivencia y que, con mayor precisión, debería llamar psicosis. El caso humano es desde luego el más inquietante.

El protagonista actual de la novela abre un blog con la intención de exponer  lo que la gente hace con su cuerpo, amén de lo que hace con su mente. El resultado es una galería de monstruos, a saber, gente normal. A saber, monstruos.

Particularmente hilarantes, de no estar asfixiados por la desgracia, son los retratos de la institución familiar, en lo que corresponde a la fidelidad entre cónyuges tanto como al afecto y conducta de los vástagos. La conclusión es  rotunda y breve: la familia no es el sitio idóneo para desarrollarse como individuo. Y particularmente tenebrosos, los concernientes a las relaciones de los individuos con su cuerpo anatómico, hábitos, dietas y patologías resultantes. Lo curioso, en todo caso, es la necesidad de mostrarlo, consecuencia probable de que lo que se hace con el cuerpo tiene que ver con modelos sociales o con mandatos externos.

Por lo demás, no hay conclusión alguna que no esté ya en la cabeza del lector y tampoco hay necesidad de nada parecido. Basta con mirar y con saberse mirar, a lo que ayuda bastante y sin gravedad alguna este libro.

 
 
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez