Si no escribiera, la vida no tendría sentido

Verónica Ortiz    
Ortiz, Verónica (2005); Mujeres de palabras. México: Joaquín Mortiz.

portada-mujeres.jpgRosa Beltrán me pidió que nos viéramos antes de la entrevista. Fue una primera cita informal de media hora. Decidimos tomar un café en el restaurante del Palacio de Hierro de avenida Universidad, un lugar intermedio entre su casa y la mía. Con el lugar abarrotado por el rui­do, apenas logro escucharla. Habla de su madre, de la relación con ella, de las expectativas familiares. Apunto algunas cosas, pero habla­ba rápido, concentrada, más para sí misma. No quiero interrumpirla. Me arrepiento de no traer mis grabadoras. Seque hay estados de ánimo que no se repiten. La intensidad de sus comentarios abre un espacio generoso de intimidad, sus ojos, sin maquillaje, atentos a los míos, su cabello despeinado hasta los hombros. "Soy tímida ", acepta, "rara", afir­ma. Yo la siento segura, plena. Rosa continúa: "no fui la bonita de la casa. Me gustaban los libros, leer, leía todo el tiempo, a escondidas. Leer y ser mujer fue un problema."

"Entras por la avenida Rómulo Ofarril, tomas Calzada de las Águi­las, pasas Wal"~Mart, la Facultad de Odontología, las canchas de fút­bol y luego a la izquierda", me explica Rosa el mapa para llegar a su casa. Varias veces me siento perdida, aunque apunté todos los detalles que ella me explicó, es tan lejos. La llamo por el celular. Rosa, pacien­te, me dice que estoy cerca. Por fin llego a una calle amplia, frente a un cerro arbolado; es una casa de tres pisos. Ella, en la puerta, sonríe, lleva un conjunto de dos piezas verde oscuro que resalta sus ojos claros y su cabello marrón.

Nos sentamos en una espaciosa sala, me invita un tequila, la es­pléndida vista me relaja, el tequila también. Acomodo las grabadoras sobre la mesa de centro. Afuera, muy cerca, dos perros ladran, no dejan de ladrar, "son los perros de los vecinos", explica Rosa. Decidimos cam­biarnos de espacio. Subimos, hasta atrás de la casa, al fondo está la biblioteca. Sobre una larga mesa de encino rodeada de libreros Rosa Beltrán espera mi primera pregunta.

Hace días empezamos una conversación, hay una frase tuya que qui­siera rescatar para iniciar esta entrevista: "leer y ser mujer fue un pro­blema". ¿Por qué fue un problema?

Quizá debía haber dicho que leer fue un problema, y que ser mujer es otro. Leer era un conflicto para mis padres porque soy una persona compulsiva y porque me interesaba más vivir en ese mundo de los libros que en el mundo de afuera; leía todo el tiem­po, a todas horas, incluso en la escuela, mientras daban la clase. Abría el pupitre y leía a escondidas. Me costaba mucho trabajo salirme de los libros. El mundo de afuera, no sé, me aburría... Me daba miedo... Recuerdo a mis papas diciendo: "bueno, niña, ya haz algo, deja de leer", como si leer no fuera estar haciendo algo. Y los comprendo, desde el punto de vista de ellos, el ejercicio físi­co, la actividad, el estar impulsando a los hijos hacia la acción sue­na como algo más sano, porque leer te convierte en una persona extraña.

¿Qué era lo correcto para tus padres: jugar a la casita, a las muñe­cas. .. ?

Jugar a cualquier cosa. Mi madre no es una madre convencio­nal. De hecho, le hubiera aterrorizado educarnos para ser el ama de casa ideal. Ella quería vivir a través de nosotros esa porción de libertad que por su generación y por su circunstancia particular, no le tocó vivir. Pero quería verme en acción, haciendo cosas. Yo era, soy, tímida, a tal punto que en las reuniones familiares, donde tenía que salir a saludar, me sudaban las manos, me daba taqui­cardia antes de decir "buenas noches". Era todo lo que tenía que decir: "buenas noches" y no podía. Si tenía que estar en algún even­to social, me pasaba horas en el baño esperando que la reunión se acabara.

A mí lo que me gustaba de esas reuniones era amanecer al día siguiente y ver los restos de la fiesta, robarme una papita de las que habían quedado por ahí, ver platos con los restos de comida, a lo mejor un abrigo que habían olvidado... algo así como hacer la "arqueología de la fiesta", porque así yo podía estar de alguna for­ma en esa reunión sin correr el peligro de estar entre la gente. Hasta la fecha a veces me pienso como la que huye... estoy huyen­do siempre...

Por otro lado, mis padres siempre me regalaron libros. Les importaba mucho que fuera buena estudiante y no me costó nin­gún trabajo serlo, porque me di cuenta muy rápido de que ser buena estudiante significaba repetir lo que te habían dicho, y en la medida en que lo repitieras de la manera más literal, cumplías con las expectativas. En cambio, si imaginabas, si creabas, si se te ocu­rría cuestionar lo que te estaban enseñando, sobre todo eso, enton­ces eras una mala estudiante. Y como yo quería ser querida me dediqué a repetir lo que me dijeron. Este era el problema después. Cómo no repetir, cómo olvidar lo que te dijeron.

Debes tener una excelente memoria...

Bueno, la tuve muy buena. De niña tenía una retentiva casi fotográfica, no sólo para las imágenes, sino sobre todo para las frases, para la forma de hablar de la gente. Tengo facilidad para reproducir. Pero esa facilidad no es tan grande como la de un her­mano mío que es un extraordinario imitador de gestos y tonos, que nos divierte muchísimo imitando a la gente. Eso nos viene de mi mamá. Era una excelente imitadora. Mi mamá nos platicaba lo que pasaba allá afuera, en la calle, con las vecinas, con el español que despachaba el pan, seguramente inventándonos la mayor parte, haciendo voces, imitando a las personas. Luego al salir te dabas cuenta de que no eran tan interesantes. Se habían vuelto así sólo porque pasaban a través de su voz, porque eran parte de ella.

Pero volviendo a la escuela, lo que a mí me gustaba era apren­der. El conocimiento es uno de los privilegios más grandes que yo he tenido. Cuando me pongo a ver los siglos que tuvo que tomar la humanidad para que las mujeres pudiéramos ir a la escuela, dedicar nuestro tiempo a conocer, aprender, escribir, me siento uno de los seres más privilegiados de la Tierra. Estoy agradecida con mi época, con una situación económica que me lo permitió pero, sobre todo, con todas las mujeres que me precedieron. Gra­cias a ellas yo puedo dedicarme a la literatura. A veces no pensa­mos esto: cuántas mujeres hay detrás de una mujer que puede hacer una carrera, que lee, que escribe. Si yo no hiciera lo que hago, la vida no tendría ningún sentido para mí. Y claro que hago otras cosas. Trabajo. Trabajo desde que tenía quince años. Nunca he dejado de trabajar. Pero fue la literatura la que me escogió. La literatura, no solamente leer, sino lo que fue construyendo ese acto de lectura, que es seguramente una forma de sentir y de entender lo que ocurre, una forma de captar el mundo, no la hubiera podido sustituir ninguna otra actividad. Siempre fui muy distraída, despistada. Creo que eso se debe a que buena parte del día la vivo dentro de mi cabeza. Y vivir en la imaginación es algo que no aprendí, sino que nací con ello. No siempre es fácil, ni agradable. Pero es así.

Dices que leer te convierte en una persona extraña, rara, distinta. ¿ Cómo lo vives?

Primero como algo doloroso, por supuesto, pues la exclusión siempre duele. Esa rareza se reflejaba en el hecho de que no sé si no entendía o si no quería entender que la realidad y la fantasía eran dos cosas distintas. Aunque ya existía la televisión, no re­cuerdo que la viéramos. Lo que hacíamos era inventar historias, a eso se llamaba jugar. Eso nunca nos lo reprimieron. Al contrario, porque tanto mis tías como mi madre vivieron una historia muy distinta a la de la mayoría de la gente de su generación. Recuerdo que mi hermana, mis primas y yo nos subíamos a las bardas, vivía­mos en las bardas. Asomadas a otras casas. Les echábamos cosas, papelitos, a los vecinos. Eran declaraciones de amor a gente que ni conocíamos. A veces majaderías, según lo que nos imagináramos que fueran. Después cuando leí El barón rampante, de Calvino, me identifiqué mucho con ese hombre que nunca baja de las co­pas de los árboles, que debe ser un deseo de todos, vivir arriba del mundo. Parte de nuestra infancia la pasamos arriba de una barda, en un club que inventamos, que tenía su lenguaje propio y que exigía hacer pactos dificilísimos.

Ese era el mundo en el que podía vivir con quienes eran como yo, entre comillas, y de pronto chocaba con el mundo de las otras niñas que hablaban de las muñecas que anunciaban en la televisión y que nosotras no teníamos. Me tenía que callar lo que hacía porque me hubieran considerado una loca. Todo esto me hacía tener la per­cepción de estar escindida, de no pertenecer. Sentía que yo había venido al mundo, no sé, como mal armada, que algo me faltaba. Todavía a veces lo siento. Esa fragilidad no es una ventaja. No siempre.

¿Es una fragilidad que tiene que ver más con el mundo real como está estructurado, éste que estamos viviendo... ?

¿A quién puede gustarle vivir en un mundo donde la memoria histórica no vale nada, donde la sensibilidad, el arte, son cosas secun­darias? Me haces esta pregunta cuando estamos viviendo una gue­rra espantosa en Irak, terrorífica, eufemísticamente llamada guerra, porque en realidad es una masacre y una masacre promovida por uno de los países que más se ha ocupado también de hacer propa­ganda antifascista y que está viviendo claramente un régimen fascis­ta. Cuando acabamos de vivir el genocidio de los tutsis en Ruanda, cuando hay cada vez más mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez. Por supuesto que todo esto es raro y duele y uno no entiende por qué tiene que pasar, porque supones que hay un aprendizaje, que hay una suerte de evolución, que para algo sirve vivir, que no sólo nos hacemos más viejos, sino que nos hacemos más sabios con el tiempo. Saber que siempre va a existir la injusticia, es algo que duele. O que se va a valorar más comprar mercancías que producir algo original. Es algo que uno no puede entender. Pero no quiere decir que yo sea una persona melancólica, depresiva y que deteste el mundo, ¡no! Me parece fascinante también.

En tu segunda novela, El paraíso que fuimos, en tu ficción entran pasajes reales de la historia, utilizas la realidad, te burlas de ella.

La realidad y la ficción no tienen límites tan claros. Las divisio­nes que nosotros establecemos son absolutamente arbitrarias y nos damos cuenta de qué endeble es esa línea todo el tiempo.

¿Siempre te has dado cuenta de eso, desde tus primeros escritos?

Desde antes de escribir, en lo que yo pensaba, en lo que yo de­cía, en el hecho de ser tildada de mentirosa desde muy chica, ya había algo sospechoso. Algo que no entiendes cuando lo que tú estás diciendo tiene el mismo estatus de verdad para ti, aunque no ocurra en el mundo de lo real, entre comillas, porque es parte de un sueño o porque es parte de tu imaginación, porque es algo que tú has deseado, y eso es tan real y tiene el mismo estatus para ti, tiene el mismo valor que lo que registras como lo real e incluso como lo histórico. Imaginar es también parte de la historia. Mis dos novelas tienen que ver con la dificultad de discernir entre lo real y lo histórico, con el problema de la normalidad y la anorma­lidad que se deriva de esto. ¿Qué es lo normal ¿Según quién?

¿Quién lo determina?

Claro. Qué fácil es darnos cuenta además de que la normali­dad es un concepto aprendido, que ser normal es algo que se gana a través de un aprendizaje para poder convivir con los demás, para ser aceptado, para no ser confinado. Los diferentes y los raros no conviven con los demás. Para eso hay instituciones especiales, pero de pronto, en el mundo de la realidad, pasan cosas mucho más anormales o raras. Y esa anormalidad es la que a mí me interesa registrar. El mundo de lo convencional no me interesa, porque me parece redundante. Es una repetición.

Por ejemplo, deberían enseñarnos en la escuela a conversar, esto se pierde cada vez más por culpa de los medios. Hay gente que ya no conversa, sólo repite lo que ha oído. Otra materia ten­dría que ver con la imaginación, con fomentarla. No estoy ha­blando de jueguitos creativos que desarrollen nuestra inteligencia o nuestra percepción, esto que está tan de moda. Estoy hablando de verdaderos sistemas que tengan que ver con otra manera de comprender el mundo.

Me aburre mucho estar en reuniones o escuchar a gente que está repitiendo una especie de guión continuo, que es el que tiene que ver con su clase, con su idea de pertenecer. Cuando decimos que debiéramos ser nosotros mismos, qué estamos diciendo realmen­te, si nos convertimos en una especie de esponja que va recibiendo estímulos que le vienen de fuera, y que sólo puede, en su calidad de esponja, volcarlos otra vez de manera idéntica, sin procesarlos. Ser uno mismo es una de las cosas más difíciles que existen. Cada vez más, uno se convierte en una imagen.

¿En este sentido, cómo te ves a ti misma?

Como una antena, en el mejor de los casos. En el peor, como un agujero negro, insondable incluso para mí misma. Pero en ambos casos es una experiencia fascinante nunca ser esto que supongo que soy, porque el mundo me está ofreciendo todo el tiempo es­tímulos nuevos, nuevas sensaciones, percepciones. El mundo siem­pre está en una tensión constante contra mis expectativas, y eso es algo que hace de cada día una lectura, una experiencia inédita.

Quizá esto que digo es sólo una forma de justificar mi desor­den, mi caos o rebeldía hacia los esquemas, los itinerarios, las ci­tas. Todo esto que era tan fácil cuando yo era niña, porque fui a un colegio muy estricto. Pero creo que tuvo que ver con haber roto ese pacto que consistía en repetir, en decirles a los demás lo que querían oír de mí, el que me haya vuelto esta materia impre­decible, fluida. Hubo un momento, no sé exactamente cuál fue, donde se gestó la escritora que ahora soy, y de forma simultánea la que quiero ser. En ese momento algo dentro de mí empezó a re­sistirse a esos caminos trazados. Empecé simplemente a dejar que la vida fuera la que me llevara por donde quisiera, y a estar tan abierta como para no sólo recibir, sino para tratar de darle algún sentido a eso que iba viviendo o que voy viviendo. Tal vez esto es cumplir 40 años. Darme cuenta de que esto es lo que hay. Suena fácil, pero creo que encierra un drama. No es lo que esperaría, lo que desearía o deseo. Sino esto. Y al darme cuenta de eso, la vida adquiere un sentido complejo e inminente.

Pero se necesita también una educación, estructura, orden para lo­grar vivir en el mundo de la literatura y no perderte. Me contaste, lo anoté, que tus padres te exigían una conducta intachable y permanen­te "por encima de mis capacidades".

Sí, creo que esa estructura a la vez que es un regalo, es una exigencia que está por encima de uno. Que siendo necesaria, frus­tra. Que me impide ir más allá de mí.

No sé si por ser la hija primogénita y porque en la época en la que yo nací, en los sesenta, se esperaba que el primogénito fuera un hombre, tuve que cumplir los dos roles de algún modo. No es que mis padres me lo dijeran, no era tan claro, pero me daba cuenta de que al mismo tiempo de que era tratada como una niña, era una especie de niña-niño, porque tenía que ser tan valiente, tan estoica, totalmente autosufíciente, independiente. Se pensaba en mi futuro como en el de un hijo, un-una profesional proveedora de los demás. Cuando mis padres se divorciaron a mis catorce años querían que fuera capaz de proveerme a sí misma, lo cual está muy bien, pero esto se aprende con sufrimiento. El colegio al que fui y que tuve que dejar para irme a trabajar (seguí estudiando en las tardes) no era un lugar que me hubiera hecho vivir con menos exigencias.

¿Qué colegio?

El Oxford, pero el antiguo Oxford, no el actual. No el de los Legionarios de Cristo, sino el de a de veras. Un colegio fundado por señoritas inglesas, de puras mujeres, que me dio una idea muy extraña del mundo. En primer lugar, me hizo sentir que el mun­do estaba habitado sólo por mujeres, salvo por uno que otro varón que deambulaba por ahí, que era el profesor de francés y el mozo. Se llamaba Ezequiel y lo llamaban por el interfón de los salones, igual que al perro de la directora, sólo que a éste lo llamaban en inglés: "Fosca, come here". Por otro lado estaba el curriculum, las materias que llevábamos eran en inglés y tenían que ver con la historia y las costumbres de Inglaterra, no teniendo yo ninguna ascendencia inglesa.

Era muy extraño pensar que eso era el mundo, construir una identidad que mis padres no sabían que yo estaba construyendo, que tenía que ver con esa historia que no era la historia de mi país y con esa lengua que no era mi lengua, y que no sólo era una se­gunda lengua, porque las clases que hablaban del mundo como geografía, historia, incluso literatura nos la daban en inglés. La lengua es la visión del mundo. ¿Cuál era ese mundo, en qué país vivía? Yo creo que en el de Alicia, porque mientras nosotras can­tábamos Joy to the World afuera estaba Luis Echeverría en guaya­bera, tomando agua de horchata.

Crecí con una visión totalmente enrarecida que, por otro lado, ahora veo como una riqueza, pero me molestaba mucho que fue­ra una educación tan clasista. Sabía, me daba cuenta, desde el prin­cipio, que era un colegio para niñas ricas, lo que no era yo, y que las hijas de políticos y de empresarios eran tratadas con privile­gios. Aunque se hablaba mucho de la importancia de saber y de conocer, había otros valores que eran los que estaban operando ahí, que tenían que ver con el poder, con el dinero. Pero también con lo que aprendían las niñas que venían de familias no necesa­riamente sensibles al arte o a la cultura, como las de otros colegios, quizá como los colegios a los que fueron los hijos de los españoles exiliados, por ejemplo.

En mi caso, mi educación sí tuvo que ver con estos métodos rígidos de memorización y con verdades como bloques de plomo. Ahora rescato la parte de la memoria, ahora que eso ya no existe me parece verdaderamente importantísimo. El contacto con la poesía, por ejemplo, es fundamental. Pero un método que es sólo así da poco margen para poder razonar. También en mi casa se daba poco margen para poder disentir o para poder discutir. Se hacía lo que se tenía que hacer, y eso es lo que aprendí a hacer: lo que tenía que hacer. A veces, muchas veces, siento que es todavía lo que hago.

¿Qué es ser mujer para ti? ¿ Cómo lo entiendes y vives?

Ser mujer es no poder ensuciarte. Es no retozar, no agarrarte a golpes con alguien; es no aventurarte más allá de la esquina, porque lo que pasa al cruzar la esquina es peligroso. Al cruzar la esquina está el hombre con la gabardina que enseña eso, está el viejo del costal, está... Siempre es una presencia masculina y siempre está re­lacionada con el sexo. Por lo tanto, ser mujer es quedarte adentro de tu casa, en paz, tranquila, de preferencia donde eres vista aunque no molestes y aunque no hables, y jugando juegos apropiados a tu sexo, a lo mejor no a las muñecas pero sí juegos que nunca tienen que ver con lo prohibido. Lo prohibido es de ellos, lo brutal, tam­bién. Desde muy chica yo me daba cuenta perfectamente de que no era un hombre, y de que eso significaba básicamente desventajas.

Cuando creces, ser mujer es estar llena de pudores, es no poder manifestar tus instintos o tus deseos de manera libre, es no poder­te entregar apasionadamente a algo, porque entonces eres loca o eres rara o eres una zorra. En el campo sexual eres una puta, y en el profesional, una advenediza. En fin, todos estos epítetos que las propias mujeres nos ponemos unas a otras.

Y para ser aceptada, ya no digamos entre el gremio masculino, sino entre las propias amigas, había que tener esas conductas re­presivas, autorrepresivas. Y ser mujer de adulta es tener que lu­char el doble para demostrar que puedes, que sabes. Tu censor opera 24 horas al día, y es mucho más difícil callarlo. El padre, que tenemos aquí atrás, habla a gritos; a los hombres probable­mente les susurra, y son capaces de matarlo, como dijo Dostoievski que hacían. Una no. Una casi le habla de usted y le hace reverencias, porque además espera ser aceptada y admitida, reco­nocida por los hombres. Admitida por Él. Por su censor. Al que una no sabe por qué ha elevado a la calidad de un dios.

Ser mujer de adulta significa, aunque no quieras, vivir en un mundo donde el hombre es el que te va a dar el reconocimiento todavía, donde aún hoy vas a ser valorada en función de la apro­bación masculina, más que de la aprobación femenina. Y si la aprobación viene del lado de las mujeres, entonces sigues tenien­do epítetos: eres feminista, lo cual se puede decir con un gesto de desdén, eres andrógina, qué sé yo.

Ser mujer significa vivir el privilegio de la maternidad de ma­nera ambigua, porque lo vives llena de culpas, porque para ti ser madre no significa necesariamente ser víctima ni ser una mujer abnegada, porque lo último que querrías enseñarle a tu hija es la abnegación y el sometimiento, y por lo tanto, entonces vas a ser censurada a veces incluso por tu propia hija, porque no te pareces a las otras mamas.

Cuando nosotros nos fuimos a Estados Unidos, porque fui a estudiar una maestría y un doctorado a la Universidad de Califor­nia, yo recuerdo que mi hija me dijo: "por qué tengo que tener una mamá mujer que se ganó una beca". Los demás becarios eran hombres, la mayoría.

Ser mujer significa hablar en las reuniones y que de inmediato la atención se disperse, porque por el tono de voz se sabe que lo que se está diciendo no es tan importante, y después, cuando reto­ma la plática un hombre, entonces vuelve otra vez la misma aten­ción a concentrarse. Ser mujer significa estar consciente todo el tiempo de que lo eres, y si no tienes esta conciencia, entonces me parece que caes en un peligro todavía más grande, que es el de estar viviendo para otros y por otros, sin darte cuenta.

Ser mujer es descubrir que la clase social es un privilegio ma­yor para ti, porque si tú lees los periódicos, si sales a la calle, te das cuenta de que las mujeres que pertenecen a una clase social desfa­vorecida son los seres que ocupan el último peldaño de la crea­ción, son las personas más vulnerables del planeta.

En fin, ser mujer significa todo eso, y por lo tanto hay que pro­ponerse todos los días vivir con ello. Y no quiero sonar lacrimosa, decir que es vivir como se vive con una enfermedad, pero así es como se percibe, todavía. Por no hablar de países donde esa enfer­medad es más una condena de muerte.
Por otro lado, no voy a decir que no me gusta ser mujer. No cambiaría mi sexo, ahora que se puede. Me encanta percibir el mundo con estos ojos, porque son ojos que ven desde afuera. Me gusta haber vivido este momento en el que yo puedo hacer algo por otras mujeres también.

¿Qué te significa haber nacido en los 60? Se habla mucho de la se­gunda generación de la crisis. Esto, ¿cómo te impacta como escritora?

Cuando era chica creía que el mundo realmente estaba cam­biando. A mí me tocó la contracultura, la liberación femenina, la lucha de los afroamericanos, el marxismo, etcétera, todo esto ya en los 70, no tan de niña. Significaba que por fin el mundo iba a dar un giro de 180 grados en el que la gente iba a poder reunirse, no necesariamente en una familia convencional, si no lo quería, no necesariamente con una pareja heterosexual, si no lo quería, en el que las mujeres iban a tener los mismos privilegios que los hom­bres, en el que el racismo y la desigualdad social se iban a termi­nar. Cuando se acabó la guerra de Vietnam, pensábamos que nunca más se repetiría un error como ese. El rock era una manifestación nueva y distinta, que hablaba de la cultura popular. La cultura popular se valoraba al mismo nivel que la alta cultura; empezaba a borrarse esa diferencia. El arte venía de experimentar, la pintu­ra no toda tenía que ver con lo figurativo. Esto eran los años 70. Eran Sartre y Simone de Beauvoir; eran Camus y Lacan, era el boom latinoamericano y ser estudiante y no ser revolucionario es una contradicción, decía Salvador Allende. Era irse a alfabetizar a la sierra con dos compañeras más y estar empavorecidas en la noche porque unos hombres ahogados en alcohol querían tirar la puerta donde dormías y entrar. Era abrir una escuela en el cam­po. Era vivir en un espíritu festivo y de gran libertad. Era pensar. Fue un milagro que yo viviera ese momento. Ahora, pensaba, sí vamos a poder todos vivir en la utopía, en el mundo de la felicidad total. Era, los sábados, ir a la Pinacoteca Virreinal a oír música de concierto entre cuadros, y en la radio oír la música de Los Beatles, de los Rolling Stones, de los Doors y creer que todo lo que decían era una promesa de un mundo diferente que estaba por venir, ya.

Los años posteriores, los ochenta, fueron años sumamente con­servadores. Se empezó a valorar a la gente a través de marcas, de logotipos, del poder adquisitivo. El SIDA y la cultura yuppie trajeron un enorme conservadurismo. La música se volvió muy complaciente, poco experimental. Hasta la droga de moda, la co­caína, era una droga para ser más productivo. Fue la época en que las editoriales nacionales empezaron a vender sus catálogos a em­presas multinacionales. La época en que en Estados Unidos se ter­minó con la educación bilingüe, que ayudaba a los hijos de inmigrantes de habla hispana a integrarse en las primarias.
Todavía hoy respeto mucho más a la gente de la generación anterior a la mía, porque a pesar de su ingenuidad, creen en algo; no perdieron la fe. Es gente aún vinculada a movimientos ecolo­gistas, por ejemplo. Gente que todavía participa en las marchas, en las manifestaciones.

En la gente de mi generación hay un narcisismo exacerbado, un individualismo muy grande, es una generación mucho más compe­titiva quizá porque tuvo más conciencia de las carencias. Es gente que empezó a hacer cosas raras. Amigos míos que estudiaron en la UNAM cuando creíamos todavía que había que abolir las dictaduras en América Latina, que la izquierda tenía alguna opción, con todo y que la criticábamos, también, de pronto se volvió gente que empe­zó a cultivar el cuerpo en el gimnasio, por ejemplo. O a hacer dine­ro a través de los medios electrónicos publicitando justamente ideas con las que estaban en contra. La mía es una generación un poco camaleónica.

Estudiaste la maestría, el doctorado en la Universidad de Califor­nia, ¿por qué esa universidad, por qué específicamente literatura com­parada?

Quería seguir viviendo para la literatura y en la literatura, por­que después de haber trabajado como editora, como correctora, dando clases, vendiendo dulces en una escuela, todos los tipos de trabajo mal remunerados que te puedas imaginar y sin poder ter­minar la carrera, lo último que podía hacer era escribir y leer. La beca en Estados Unidos me ofrecía esa oportunidad y además acep­taba a mi familia.

¿Por qué la Universidad de California? Porque Ernesto y yo consultamos el / Ching, y le preguntamos cuál de las dos universi­dades nos convenía más.

¿Cuál era la otra?

Princeton, que por supuesto significaba el prestigio de las uni­versidades del Este. Con un programa donde la tradición era lo más importante, un alto nivel académico, etcétera. California sig­nificaba la diversidad cultural, vivir una vida más laxa, cerca del mar, donde podíamos pensar en ser tres, no uno. El / Ching nos dijo que el zorro viejo no se moja la cola en los hielos, porque se congela y mata a su progenie, lo cual yo interpreté como que te­níamos que irnos rápidamente a donde hubiera sol para que Ca-sandra, mi hija, fuera muy feliz. Y lo fue, a veces. Y para que Ernesto también pudiera desarrollarse, escribir. Esa era su utopía, la beca le ofreció esta oportunidad. Escribió una novela, También se llamaba Lola, que le publicaron en Era, su primera novela. El dictamen lo hicieron escritores importantes, que no lo conocían. Además de eso estuvo tomando clases de pintura y dando clases de español a las maestras. ¿Cuántos años fueron?

Tres y pico, con maestría y doctorado. Lo hice contra reloj, en un tiempo en el que normalmente no se hace. Son cinco años, pero nosotros teníamos que regresar por el trabajo de Ernesto. Enton­ces, en tres años y poquito lo terminé. Escribí la tesis acá.

¿Qué te dejó esta maestría y doctorado, como escritora?

Pienso en mi vida como en un antes y después de California, porque salir del país te enseña a ver lo que te es cercano como algo exótico, como algo lleno de excentricidades. Ver a México de lejos fue bueno para poder escribir. Estaba demasiado cerca de mi país, de mi lengua incluso. Quizá si no hubiera ido a la Universidad de California nunca se me hubiera ocurrido escribir una novela como la primera, donde claramente se ve la necesidad por un lado de volver a las raíces, de explorar, de escudriñar en eso que es la his­toria patria, dándome cuenta de que no existe tal cosa, de que siem­pre se trata de un artificio y de que nuestra historia, como ya sabemos, ha sido escrita de manera fragmentada y a conveniencia de quienes están en el poder, como única voz. Así la escuchamos y la hemos aprendido.

Estudié literatura comparada, porque estudias varias tradicio­nes de manera simultánea, a través de varios siglos. En mi caso estudié la tradición en lengua inglesa, francesa y portuguesa. Co­nocía la mía. Poder abarcar eso, tanto como se puede abarcar en tres años, concentrándome en los siglos XIX y XX, me dio por lo menos un mapa más coherente de lo que se estaba haciendo al mismo tiempo en distintas lenguas, en distintos países.

Actualmente eres, has sido profesora, ¿qué es para ti enseñar?

Es una de las actividades que realizo con más gozo.

¿Por qué?

Me fascina el contacto con los estudiantes, generalmente gente más joven, aunque no siempre, porque doy clases en el posgrado de la facultad, además de la licenciatura y porque también impar­to talleres. Me gusta muchísimo que exista un espacio de inter­cambio, donde el tema central sea la literatura. Aprendo mucho de la experiencia literaria de otros. Es un perfecto pretexto para estudiar los temas que me importan en ese momento, de manera consistente y sistemática, de leer cosas que me interesa leer y, enci­ma, que me paguen por eso.

¿Qué les has dejado a tus alumnos, sigues en contacto con ellos?

Sí. Generalmente la relación es muy estrecha. Rápidamente, en la segunda o tercera clase tenemos ya un nivel de confianza, entrega y apertura, de complicidad muy grandes. Son relaciones muy afec­tuosas las que se establecen. Aun cuando daba clases en California, cuando estaba tan en boga todo esto que tenía que ver con la correc­ción política y el no acercarse a los estudiantes, para mí era imposi­ble, porque el contacto siempre ha sido muy cercano, de ambas partes. Creo que lo que puedo dejarles es lo contrario de una visión única. Nunca es imponer mi punto de vista sobre la literatura. Detesto eso, y detesté que me pasara en las clases que yo tomaba, pensar que hay que leer a la manera de, escribir a la manera de... Lo único que puedo hacer es prestarles varios pares de ojos que han visto las gran­des obras con profundidad y compartir lo que me ha asombrado y me asombra. Darles puertas de acceso a las obras que a ellos les inte­resa leer, no solamente proporcionando bibliografía y hablando de estos autores y discutiendo sus proyectos, sino enseñándoles a pen­sar en términos de sistemas, dándoles técnicas y sobre todo volvién­dolos expertos en la medida de lo posible en el manejo del idioma, de sus instrumentos.

Me apasiona la teoría literaria cuando sirve para pensar en los distintos caminos del lenguaje, me apasiona la filosofía, la filoso­fía del lenguaje concretamente. Me parece importantísimo saber lingüística. Saber gramática, saber retórica. Y ya después hacer con todo eso lo que uno quiere. O lo que uno puede.

¿Qué nivel tienen los estudiantes de posgrado extranjeros comparados con los mexicanos, tus alumnos de la UNAM, por ejemplo?

Los mexicanos tienen una ventaja, pero como diría Tolstoi, su mayor virtud es su mayor defecto: son alumnos mucho más crea­tivos, es gente que ha tenido que vérselas con la vida de manera más directa porque casi todos trabajan, sin la situación económica resuelta, tienen que estar peleando por un poco más de tiempo para poder leer, para hacer lo que quieren hacer, están llenos de vivencias, están llenos de curiosidad, están abiertos a aprenderlo todo. Pero muy pocos viven para la literatura.

El hecho de vivir en México nos hace sentir que, como dijo por ahí algún pintor, estamos detrás de la cortina de nopal. Esto hace que tengamos mucho más avidez de asomarnos a ver qué pasa del otro lado. La desventaja es que no lo hacemos de manera sistemá­tica, no tenemos la disciplina, muchas veces esta pólvora se quema en infiernitos. Además, esta creatividad nos da una gran confian­za, nos confiamos y pensamos que la literatura no es también un trabajo enormemente arduo, que lleva horas y que implica renun­cias y pérdidas.

Los alumnos de otras universidades, aunque son un poco más previsibles, a través de su disciplina y de su decisión, consiguen hacer cosas importantes. Pero nunca o casi nunca son escritores. Yo no veo la diferencia entre ser escritor y estudiar literatura. Se trata de un modo de ver el mundo.

Ya oí todo lo que haces, pero además estás casada, tienes una hija, tu marido, esta casa que es enorme, de grandes espacios. ¿A qué hora escribes? ¿Cómo es tu disciplina?

Es una disciplina frágil, sometida a voluntades que no sólo son la mía. Creo que eso nos pasa a todas las mujeres. Y a muchos de los que no pueden vivir de escribir, que son la mayoría. Pero sobre todo a las mujeres. Los escritores tienen esposas (o madres, como Flaubert) que se ocupan de la parte práctica y familiar de sus vi­das. Yo escribo todo el tiempo que puedo, diferentes cosas. Trato de escribir todos los días, todas las mañanas. Leo después de dar mis cursos y ver alumnos y revisar tesis, por las noches. En las épocas en las que tengo algún bloqueo, en las que no puedo seguir por alguna razón práctica o familiar o de otra índole, me impongo disciplinas. Por ejemplo, un despertador. Duermo un número de horas, me siento a escribir y no me levanto hasta que no suene el despertador. Herencia del colegio donde estudié, probablemente. Aunque me gusta pensar que se debe a una necesidad que es más fuerte que yo, que desconozco.

Pero no solamente escribo de esa forma. Tomo notas continua­mente, estoy pensando en lo que estoy escribiendo, hay lapsos en el proceso en los que la novela, o el cuento, o el ensayo, lo que estoy trabajando, me tiene absorbida por completo y entonces me acuesto pensando en eso y me levanto, y voy al banco, hago la cola y pago y sigo resolviendo eso que no sale. Y si no sale confío en que hay una parte inconsciente que va a saber resolver lo que de manera conciente no entiendo. El proceso de creación es un pro­ceso de veinticuatro horas, que tiene que ver, pero no es el mismo, con el proceso del nacimiento de la escritura. La creación se da todo el tiempo y de pronto en algún momento eso que era una nebulosa se convierte en la palabra escrita, y nos sorprende, por­que la palabra escrita, se quede o no se quede, siempre es una cele­bración, siempre es un milagro.

¿Cómo vive tu familia tu ser escritora?

Sufren mucho el vivir con una persona que habla de los perso­najes de los libros como si fueran gente. Mi hija de pronto me dice: "¿no puedes hablar de otra cosa que no pase en los libros?". Pero a veces también encontramos un enorme placer en contar­nos historias. De niña lo sufrió más, recuerdo que me decía: "Ay, mamá porque tienes que ser tan ñoña. ¿Por qué no vamos a Reino Aventura y te subes a la Canoa Krakatoa y gritarnos durísimo?

Vas a ver qué felices vamos a ser". Ella tiene una personalidad muy extrovertida, le gustan las reuniones, los conciertos en gran­des estadios, la gente. A mí todo eso me aterra.

Para mi pareja, Ernesto, creo que es realmente muy difícil te­ner una compañera escritora. Quien escribe es muy neurótico, necesariamente, sobre todo durante el acto de la escritura. Des­pués cuesta mucho trabajo conectarse con el mundo de la reali­dad. El escritor es generalmente una persona obsesiva, con la que se está en continua competencia, porque tienes que sacarla de ese otro mundo, que es tan absorbente porque es un mundo ideal. La pareja de un escritor tiene más celos siempre de su literatura que de la posibilidad de que esa persona encuentre otra pareja.

Pero también es muy estimulante vivir con una persona como Ernesto (y espero que para él vivir conmigo) a quien le apasiona la literatura, con todo y su carga neurótica. ¿Cómo es vivir con al­guien que no abra un libro? Ha de ser aterrador. Así es como me imagino yo el infierno. Un lugar donde nadie lee, salvo tú y no hay con quién compartirlo. Aunque hay una posibilidad peor: que sea un lugar donde todos pueden leer menos tú, que estés conde­nado a no volver a leer por toda la eternidad.

Tus referentes literarios, ¿cuáles son?

A los que siempre estoy regresando, que para mí son los gran­des maestros del estilo, son en primer término Flaubert, por su­puesto, Madame Bovary, sin ninguna duda. Es impresionante el nivel de penetración que logra a través del manejo del punto de vista. ¿Quién habla cuando leemos a Flaubert? ¿Es de verdad un narrador? ¿Es alguien que lo hace por los personajes, desde la conciencia de los personajes y al mismo tiempo desde sí mismo o son ellos, los personajes, o todas esas voces a la vez? Las frases son absolutamente perfectas, todas. Los protagonistas están increíble­mente vivos. Es una obra íntegra, a la que no le sobra ni le falta nada, y que releo continuamente. Me gusta revisarla a la luz de otras obras que derivan de alguna manera, ya sea a través del tema o a través de la estructura de esta misma novela. Por ejemplo, de pronto puedo leer Madame Bovary y Boquitas pintadas, de Manuel Puig, que es una Madame Bovary revisitada pero escrita desde la subliteratura o así considerada subliteratura, en la novela de folle­tín, el radioteatro, las notas necrológicas, etcétera. Y El loro de Flau-bert, de Julián Barnes, que es una obsesión por el fetichismo flaubertiano y una revisión de Flaubert mismo, la persona y la obra. Entre los franceses está también Stendhal, que escudriña en las pasiones de un modo que difícilmente lo puede hacer un autor como Balzac, por ejemplo, que es muy bueno dibujando exterio­res y hablando de multitudes, pero que difícilmente entra a la minucia del sentimiento. Por no decir Proust, que sólo él es un siglo que se abre y se cierra.

Pero como conjunto, mi literatura favorita es la inglesa. Es una tradición basada en la excentricidad y el humor, "ese pequeño Dios que tiene la capacidad de provocarnos algo inexplicable como la risa", como dice Hugo Hiriart. Claro que puedo maravillarme con otro tipo de obras, Mann o Broch. Pero mi temperamento es más bien antisolemne. Ojalá fuera antisolemne al modo de Kaf­ka. Claro que entonces amanecería convertida en escarabajo, pa­garía las consecuencias.

Los ingleses son mundos originales. Lewis Carroll, Lawrence Sterne, Stevenson, Chesterton. A pesar de la crítica, El retrato de Dorian Gray, de Wilde es muchísimo más que ingenio. Los ingle­ses son mundos inflables en miniatura para que uno se refugie en ellos. Ahora bien. Pasamos a palabras mayores. Virginia Woolf. Loca profunda. Loca y excéntrica. Y ya que hablamos de una tra­dición y la tradición está en la lengua, Beckett, Nabokov, Jean Ryhs, Naipaul, Coetzee, la grandísima Alice Munro y Arundati Roy. La mejor literatura inglesa no se está escribiendo por ingle­ses sino por escritores de Trinidad, de Sudáfrica, de Canadá y de la India. Esto me encanta, también. Es otra prueba de su excentri­cidad. De coherencia poética, en su incoherente imperio. Una más es Borges.

Pero lea lo que lea, siempre regreso a los autores que hablan mi lengua. Porque con ella pienso. Con ellos aprendí a leer y con ellos aprendo cómo suena el idioma. Los cubanos me gustan muchísi­mo. Me parecen un prodigio verbal. Los autores del boom fueron una escisión, marcaron mi vida. Haber leído a Gabriel García Márquez me dejó tan trastornada como sus novelas dejaron al Quijote. Claro que después de leer Cien años de soledad uno se la pasa persiguiendo molinos de viento por un buen tiempo. Pero como esto no es un examen, ni se trata de hacer un listado comple­to, no pienso hablar de cada uno. Sólo diré un nombre más: Cor­tázar. Pero el Cortázar de los cuentos.

De escritores mexicanos, por supuesto que Juan Rulfo es el par-teaguas. Sigue teniendo el mismo misterio, fuerza, humor para mí que en las primeras lecturas. Leer a Rosario Castellanos y es­cucharla, porque tengo sus discos, la colección de Voz Viva, es una enseñanza. Igual que a Josefina Vicens e Inés Arredondo. Hablando del humor, Jorge Ibargüengoitia. Y de los autores vi­vos, anteriores a mi generación, el primer Fuentes y Sergio Pitol; Elena Poniatowska, a quien admiro muchísimo como mujer y como escritora, y de quien me gusta mucho Hasta no verte Jesús mío. Elena Garro, sobre todo sus cuentos. Me sigue gustando Arrán­came la vida, de Ángeles Mastreta, que he leído más de una vez. Me gustan los experimentos formales y la manera en la que inte­gra ensayo y ficción Margo Glantz. A María Luisa Puga la leo con gran placer y admiración.

Tendría que seguir con la poesía. Sin estar leyendo continua­mente poesía no podría escribir. La narrativa me enseña a contar historias o a organizar las historias que yo me invento. Pero la poe­sía no solamente es siempre una lección de estilo y de lenguaje, sino que me ayuda a limpiarme de lo conocido y me da esa primera vi­sión, como si el mundo naciera. La poesía barroca, Quevedo y Sor Juana. López Velarde, Gorostiza. Me gustan muchos contemporá­neos, pero ya volvimos al listado. Gonzalo Rojas. Elíseo Diego.

En cambio, he aquí un agujero en mi vida. Me gustaría tener un nivel de conocimiento de la lengua inglesa tan grande que me permitiera conocer a Shakespeare. Sólo lo he leído en traducción. Un agujero igual que los libros que no he leído todavía, que son un paraíso que me espera. No sé quién dijo que le daba un gran placer ver en su librero los libros que aún no había leído. A mí también, pero igual me da angustia saber que ya no tendré tiem­po. Quisiera tener otra vida en la que sólo viniera a leer. A veces, cuando pienso que la humanidad no tiene remedio me retracto en seguida, sólo por los libros que ha escrito y los que faltan por escri­birse.

En tu primera novela, La corte de los ilusos, nos abres el mundo íntimo de un personaje público, Iturbide, y lo conviertes en personaje de ficción.

Yo quería escribir una novela donde el personaje público apa­reciera en su vida privada, fuera expuesto en su vida privada. El tema del hombre público siempre me ha interesado. Dije hombre, no dije ser humano. Me interesaba mucho poner de relieve a las mujeres, esos extras de la historia, que aparecieran en primer pla­no, y contrastar esta forma de narrar los acontecimientos, porque yo sabía que con sólo cambiar el orden, la interpretación de los hechos iba a ser muy distinta. Darle autoridad a otra voz. Ahí está otra vez Flaubert: cuando leemos un hecho histórico, ¿cuál es la voz que oímos?

Por supuesto que era un trabajo arqueológico, pero no sola­mente en el sentido de que había que ir a las fuentes, sino porque había que explorar en el mundo más soterrado de la imaginación histórica, porque la vida privada no es la que registramos. Son muy recientes los estudios sobre la vida privada. Antes no se valo­raba esto. Tuve que inventar toda la vida doméstica de Agustín de Iturbide y sus mujeres. Ponerlo a hacer lo que hizo, pero frente a ellas, siendo interpelado por ellas.

Hacerlo me parecía muy atractivo, atractivo como es cualquier travesura, cualquier juego. Pero era algo más que eso. Porque mostrar al hombre público en un ámbito incómodo, ver que el poder termina donde el matriarcado inicia, es hablar de una for­ma de ejercicio del poder que tiene que mostrarse a través de un ocultamiento.

Por otro lado, Iturbide era un personaje del que nunca se había hablado. Todos los libros contradicen las versiones. Es un perso­naje que es visto como el libertador y que es también vilipendia­do, que es odiado. En la presentación de mi libro, uno de los presentadores dijo que le extrañaba que yo hubiera elegido a un tirano como Iturbide, para hacer la apología de su vida, que sólo faltaría seguir con la del Doctor Francia, o algo así. Creo que el sólo nombre del personaje impedía hacer una lectura que no fue­ra la que ya teníamos en mente.

Ahora, ¿por qué mi personaje central es un hombre y por qué en la novela más reciente también? Supongo que porque escribir me da la oportunidad de vivir en un género que no es el mío, ser quien no soy. ¿O no es esto escribir?

¿El lector promedio está preparado para verse retratado, por ejemplo, en tu segunda novela El paraíso que fuimos.? ¿A qué tipo de lector te diriges?

Escribir es cuestionar la realidad que vivimos o las formas en las que decidimos vivir de manera complaciente esa realidad. Uno de los objetos de la literatura es también decir lo que no puede ser di­cho. Cuestionar, descubrir, saber lo que antes no sabíamos. Yo con­fío en el lector que quiere transformarse en el proceso de la lectura, el que sabe que no va a salir ileso y que no va a ser el mismo después e leer la obra, porque yo misma me he transformado en el acto de escribirla, porque he descubierto cosas que no sabía que estaban urriendo aquí, ahora, ahí afuera y dentro de mí.

Pienso que lo que hace la literatura es transfigurar la realidad; enrarecerla. Renovar el significado de las palabras. Lo que hago cuando escribo es buscar algo que yo misma ignoro. Algo así como desnudar el inconsciente. Así que pienso que el lector promedio es ese otro yo. Otra parte de mí que va a leerme. Y si logro hablar­le desde ahí, si logro decirle algo significativo creo que podrá ser leído por cualquiera. Hay un lugar que es el lugar que sale a relu­cir con la buena literatura donde nos encontramos todos. Lo que yo quisiera es escribir bien y poder llegar ahí.

¿Pero te diriges a hombres, a mujeres?

Desde luego que no escribo exclusivamente para mujeres. Y por supuesto que lo último que me interesa es ser aprobada exclu­sivamente por los hombres. Es más, es algo contra lo que tengo que luchar continuamente, pensar en términos de dicotomías. O buscar la aprobación. Me resisto, no la necesito.

¿ Te resistes o no la necesitas?

Me resisto a creer que es necesaria la aprobación para escribir bien. Para escribir una gran obra.

¿Después de publicada tu novela, cuáles fueron las reacciones de los historiadores, la familia, los herederos de Iturbide —que viven en Estados Unidos— reaccionaron de alguna manera, te buscaron?

A Dios gracias, no! ¿Qué podría yo decirles a los herederos? La escena de unos herederos reclamando posturas sobre hechos del pasado parece más bien material para una película de Buñuel. Graciela Iturbide, la fotógrafa, me dio información muy valiosa. También Guillermo Tovar y de Teresa, que además me aconsejó dónde buscar.

La visión de los historiadores es muy interesante para mí, por­que me invitan a hablar en congresos de historia sobre ese periodo, sobre Iturbide, y yo lo único que puedo hacer es hablar como escri­tora, como alguien que ha hecho una obra de ficción. Estas confe­rencias, que se vuelven muy polémicas, consisten de mi parte en estarlos convenciendo de que eso es ficción, y de parte de ellos de convencerme, a su vez, de que esa es la historia de Iturbide.

¿Cómo recibieron tu novela en España? ¿Qué fue para ti esta ex­periencia de publicar en otro país?

Desde que Planeta España compró los derechos para hacer una edición distinta, en pasta dura, de La corte de los ilusos empezó un proceso muy activo. Fui invitada a las ferias del libro en Madrid, en Barcelona, en Colombia, en Jerusalén, en Santo Domingo. In­vitada a dar cursos y conferencias en universidades. Obviamente que fue muy satisfactorio. Que se lea una obra de un tema tan local, que uno supone que le interesa solamente a los mexicanos, en países que no son México, es quizá un síntoma de que algo debe tener de universal la experiencia que se narra. Y el uso del lenguaje, que siendo tan mexicano como es, pueda decirles algo, llenar de significado una lengua que los distintos hispanohablan­tes usamos de manera diferente. Aunque también me daba pudor hablar tanto de la novela, o me aburría de decir lo mismo. Enton­ces empezaba a hablar de otra cosa, de alguien más, de otros escri­tores; siempre hago eso en los congresos, siempre acabo hablando de otros autores que, además supongo que conozco mejor, que de lo que yo misma escribo.

¿Qué efecto tuvo, qué te significó recibir el Premio Planeta-Joa­quín Mortiz de Novela?

Tener la conciencia de ser vista y leída. Un premio, una publi­cación sirven en la medida en que te permiten seguir escribiendo. Y uno escribe para eso: para seguir escribiendo.

Después del premio sentí que algún derecho tenía de decir que vivía para la literatura. No solamente para la docencia de la litera­tura, para la edición o la corrección de estilo o para cualquier otro de los oficios que he tenido, sino para la escritura, que yo podía avalar de alguna manera que me ganaba honradamente el pan, digamos, de la escritura.

Por otro lado, fue haber entrado a las ligas mayores. Fue existir en un mundo que no conocía. Y gracias al premio empecé a cono­cer, a tratar personalmente a escritores que han enriquecido mi vida enormemente.

También, fue el estar consciente de un miedo que no conocía. Mientras uno experimenta, uno es un diletante, y los diletantes se equivocan. Esa es su esencia. Pero después de esa primera novela, seguir escribiendo con los ojos puestos en el trabajo que yo estaba haciendo era difícil, porque me imaginaba qué iba a decir la críti­ca, cómo iba a recibir esa segunda novela, estaría esperando que yo me repitiera; de hecho, incluso tuve la oferta de muchos edito­res de escribir novelas en el mismo estilo y el mismo tenor de la primera. Yo sabía que no podía traicionarme, que hubiera sido demasiado fácil y que eso es lo que yo no estaba buscando. Ahora quería enfrentar algo nuevo y distinto, que fue lo que hice, y que me ha dado tanta satisfacción porque es algo auténtico y porque la crítica más especializada habló muy bien de esa segunda novela.

Además, después de un premio uno ya nunca puede, creo yo, ser el mismo, en el sentido de que uno escribe desnudo. Estás to­talmente vulnerable, si antes tú tenías formas de ocultamiento y una de ellas era el anonimato, que te permite como a un niño ju­gar, experimentar sin ninguna censura, equivocarte, eso es ahora más difícil. En este caso, equivocarte y jugar, significan una acti­tud voluntaria de matar al censor, de saber que estás desnudo, con este cuerpo que no es ni perfecto, ni joven, ni hermoso, y que no importa, porque es tu cuerpo.

¿Qué es el cuento para ti? ¿Qué experiencia prefieres?

Es una experiencia completamente distinta de la novela. Cuan­do escribo cuento tengo toda la historia completa, desde el princi­pio hasta el final. Conozco la historia y conozco la voz. En la novela tengo que conocer la voz, tengo que ir conociendo al personaje. Que es más caprichoso. Quiere hacer sus cosas, ir por lugares don­de tú no pensabas ir. Entonces piensas: mañana, ¿qué hará? ¿No me meterá en un lío del que no pueda salir? Pero hay que hacerle caso, hay que seguirlo a donde vaya, ni modo. Porque la novela es suya, la novela es el personaje, mientras que el cuento es la situa­ción. Por eso, la novela implica un proceso más largo y absorben­te. Voy a estar durante un largo lapso tratando de descubrir eso que está escondido allí, esa voz. Y tengo que ser tan paciente como para esperar que sea ella la que empiece a hablarme. Mientras no lo haga no hay novela. Puedes ir en la página cien y no haber no­vela. Hay que romper y tirar. En cambio el cuento es un trabajo de intensidad que obliga a contar algo de manera vertiginosa, para no perder nada de su esencia, que tiene que ver con esa integri­dad, con ser coherente con el tono y con ese pequeño mundo, sin salirte a respirar, sin que haya altibajos. El cuento se escribe para el final, eso es lo que se ha dicho. Creo en esa definición tradicio­nal del cuento que va desde Poe hasta Cortázar, de que al lector hay que ganarle por nocaut. Pero no deja de ser una metáfora del mundo masculino, algo machista. Golpear a alguien y además ¿ por qué al final? ¿No debería sacudirlo todo el tiempo? Aveces, cuan­do pienso en autoras como Alice Munro que es tan sutil, me pre­gunto de qué otra forma podría definirse. Capa sobre capa donde se narra una historia encubierta y otra visible, y la última es la que le da sentido a la segunda historia. Algo así.

¿Qué se me facilita más? Ninguna de las dos cosas. Son ende­moniadamente difíciles. La facilidad literaria no tiene que ver con el género sino con la mala literatura. Hay literatura muy simple en apariencia y es quizá la más difícil de lograr. Pero igualmente difícil es hacer un ensayo, porque un ensayo literario tiene mucho de ficción y otro tanto de poesía. Sin embargo, cada uno implica intenciones y actitudes distintas. Momentos emotivos distintos. Formas de enfrentar la vida de manera distinta.

¿Qué sigue para Rosa Beltrán, la escritora?

Seguir escribiendo.

¿Qué te apasiona, a qué le temes?

Creo que por malos que sean, por terribles que sean los instin­tos que puede desatar la pasión amorosa, siempre son mejores que los que desata el instinto de muerte, la indiferencia, el desinterés por los otros. Uno de los miedos más grandes que tengo, es sentir­me completamente sola en el mundo. ¿Has visto esta película de El pianista, de Polanski? Ahí hay una escena en la que el persona­je sale a una Polonia totalmente devastada y uno supone que va a ser el final, que no hay más. Bueno, la idea de un ser humano en un mundo totalmente devastado, donde no haya otro como uno, que no es piedra, que no es agua, que no es animal, sino que es alguien como uno, me aterra. Prefiero vivir con otro al que detes­te, solos en el mundo. Siempre será mejor compartir la existencia con otro ser humano, y eso implica una pasión amorosa. El odio es una de las formas de la pasión amorosa. Felizmente he tenido siem­pre a quien amar. No detesto a nadie, no tengo grandes odios, no tengo enemigos. Y luego está la pasión literaria, la pasión por des­cubrir, la pasión por experimentar a través de los sentidos, es otra forma de pasión erótica también. La música me fascina, me en­canta. A veces siento que si no me hubiera dedicado a escribir, me hubiera dedicado a la música.

Y volvemos a la pasión.

Yo resumiría a la pasión por vivir como la forma más decanta­da, más perfecta de la pasión erótica. ¿En qué crees?

Creo que la vida siempre puede sorprendernos. Es decir, creo en la capacidad de la vida de organizarse de modos que no esperá­bamos. A pesar de todo, creo en la solidaridad humana. A pesar de todo, porque la vida parece empeñarse en demostrarnos lo con­trario todo el tiempo, continuamente, cada vez más; la manera de atacarnos unos a otros es cada vez más brutal, la destrucción es masiva, la violencia en las ciudades es más grande cada vez; sin embargo, siempre hay muestras de lo que es capaz de hacer un ser humano por otro. Creo en la amistad mucho más que en el amor, porque el amor puede estar atravesado de odio y hacemos daño en nombre del amor. Y se puede vivir para odiar a otra persona. Creo en el arte. Creo en el poder corrosivo, totalmente subversivo, re­volucionario, transformador del arte. Creo que potencia la vida de un modo que uno ni siquiera se imagina a veces que pueda potenciarse.

¿Qué es para ti terminar un libro?

Terminar un libro es despedirse siempre. Y esto implica que uno conocerá nueva gente, pero también es un proceso de pérdi­da, hay un duelo. Uno mira ese tiempo invertido en la escritura del libro de manera nostálgica. Son tantas las horas que ese libro nos ha acompañado, que nos ha ayudado a vivir; para mí la litera­tura ayuda a vivir, no solamente la que uno escribe, sino la que uno lee. La literatura, como el amor, nos ayuda a entrar en con­tacto con lo que no acabamos de entender. Y que quizá no acabe­mos de entender nunca, porque la literatura es también ese silencio.

¿De no ser Rosa Beltrán quién serías o qué te hubiera gustado ser?

No puedo concebirme de ninguna otra manera. Me cuesta mucho trabajo creer en la reencarnación, por ejemplo, a pesar de que admiro muchos elementos de la teoría budista. Así que no creo que pudiera ser ningún otro ser vivo. Probablemente sería lo que fui antes de ser Rosa Beltrán: polvo de estrellas.

Si tuvieras que escoger un lema personal que te caracterice, ¿cuál sería?

Quizá no vale la pena tomarse tan en serio, porque la vida se va a reír de ti de todos modos.  

 
 
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez