La erosión de la modernidad mexicana: una propuesta de lectura de El paraíso que fuimos

Diana Sofía Sánchez Hernández
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

La regla máxima de la vida consiste en evaporar los dra­mas reales

Carlos Fuentes, Las buenas conciencias

Aura mediocritas, esa "mediocridad dorada" que es el
fantasma que amenaza a todos los satisfechos del mun­do.
Como en el Paraíso terrenal del Génesis —donde
Adán y Eva lo tenían todo, gracias al orden divino
y natural de la creación.

Fernando AInsa. La Edad de Oro

  

portada-nada.jpgEn la trayectoria que ha forjado la literatura escrita por mujeres en México hay una vertiente que se caracteriza por alejarse de los cáno­nes literarios y de los prejuicios que catalogan la literatura de autoría femenina como banal o pueril. En el panorama de la generación de medio siglo se puede distinguir por un lado, a Amparo Dávila, con una obra breve pero singular por su inclinación al tratamiento de lo monstruoso y el terror psicológico; por otro, a la narradora y dramaturga Elena Garro, quien no dejó de presentar obras abiertas a los aconteceres políticos y sociales de su momento. En esta misma línea, se puede identificar a algunas escritoras actuales como Cristina Rivera Garza, Carmen Boullosa o la propia Rosa Beltrán, entre mu­chas otras.

La gran diversidad temática que impera en las obras contemporá­neas, más allá del sexo de sus autores, muestra algunas coincidencias. Por ejemplo, destaca el análisis y la crítica de la historiografía mexi­cana y la problemática para representar el presente; la complejidad de las relaciones humanas y la imposibilidad de catalogar los com­portamientos de género; la manera de interpretar y convivir en el mundo actual, inmerso en el fenómeno de la globalización; la trans­formación constante de la vida económica global y el surgimiento de nuevos modelos de conducta, influenciados por los medios masivos de comunicación, etcétera. Es posible identificar tales tópicos en las obras de la escritora Rosa Beltrán (D. E, 1960), cuya propuesta li­teraria se caracteriza por el humor inteligente, el eclecticismo y la búsqueda constante de respuestas.

Rosa Beltrán, académica y escritora, incursionó en el universo de las letras a través de la narrativa breve, para después destacar co­mo novelista y ensayista. Su primera publicación fue el volumen de cuentos La espera (1986), al cual siguió la novela La corte de los ilusos (1995), merecedora del Premio Planeta / Joaquín Mortiz. Al año si­guiente publicó Amores que matan, libro de cuentos; el ensayo Amé­rica sin americanismos: el lugar del estilo en la épica (1997), el cual ob­tuvo el Florence Fishbaum Award. Las novelas: El paraíso que fuimos (2002) y Alta infidelidad (2006); y el volumen Mantis (2010), que reúne sus reflexiones sobre escritores contemporáneos, una mezcla de ensayo y crónica, en apreciación de la propia autora.

Rosa Beltrán escribe con "saludable irreverencia" (Mendoza), tan­to de relaciones amorosas como de acontecimientos históricos. En sus novelas conjuga la investigación de archivo, los debates teóricos, las preocupaciones de actualidad, la ironía y la imaginación. Con este marco de reflexiones, no es extraño que al iniciar el siglo xxi Rosa Beltrán haya publicado una novela en la que medita sin reserva los fracasos y errores de las últimas décadas del milenio anterior.


El paraíso que fuimos está ubicado en el período en que inicia el declive del proyecto de nación propuesto a principios de los años ochenta, hasta las consecuentes crisis económicas. "Beltrán logra pre­sentarnos una radiografía descarnada de un mundo que se derrum­ba" (Mendoza): del fracaso de la modernización planteada en el sexenio de José López Portillo hasta el momento de transición de un partido que había permanecido setenta años en el poder por un partido de vertiente conservadora, el Partido Acción Nacional (pan). Las voces narradoras, como la mayoría de la población mexicana, se inclinan por la necesidad de un cambio, el triunfo de un nuevo par­tido, según el desarrollo de la novela, significa, desde su ascenso, más que una efectiva transformación política un futuro lleno de dudas.

En este contexto descorazonador, se incorpora otro tema: la "nor­malidad". El paraíso que fuimos, explica Cristina Rivera Garza, "es en realidad un recorrido punzante, irónico y, además, sin piedad, a través de los pequeños y crueles rituales que, uno a uno, van cons­truyendo eso que los demás llamamos, a veces con envidia y a ve­ces con horror, La Normalidad". Precisamente, en el transcurso de la novela, los integrantes de la familia Martínez, a través de rituales aprendidos o inventados, intentan no perderse en un mundo que les es cada vez más extraño e incomprensible. La "normalidad" que pre­tenden se vuelve absurda e irreal. Los personajes de la novela se en­frentan a un mundo que se caracteriza por la fugacidad de la reali­dad que implica incorporarse a la globalización, la búsqueda de la eterna juventud, los constantes avances tecnológicos, las terapias grupales, los libros de autoayuda y los medicamentos psiquiátricos. Las bases de la cultura nacional, cimentadas en la época postrevolucionaria, aunque propuestos desde el siglo xix, se fracturan ante la nueva "realidad mexicana".

El presente ensayo versará, por lo tanto, sobre dos aspectos: 1) la representación de la familia en relación con su búsqueda de norma­lidad; y 2) la reconstrucción puntual de los fracasos y absurdos de la política mexicana. Entre ambos se incorpora, como discurso impe­rante, la religión católica, y como estrategia, la ironía.


La familia, el priísmo y la religión católica: bases de la cultura nacional

El personaje central que permite el desarrollo de la trama es Tobías, Primogénito de la familia Martínez: santo, profeta, niño mimado, demente, mesías... Tobías actúa como un eje que impulsa desde su inmovilidad voluntaria y aparente autismo a los personajes que lo rodean. Su desvarío da sentido tanto a la vida de Encarnación y Ro­dolfo, sus padres, como a la de sus tres hermanos menores: Magda­lena, Concha y El Nene; incluso a pesar del esfuerzo que hace cada integrante de la familia por ignorarlo.

La cordura de Tobías es puesta a prueba cuando decide suicidarse emulando a Judas Iscariote. Ante la aceptación de su búsqueda espi­ritual como un mal psiquiátrico, la familia de Tobías se ve obligada a llevarlo a urgencias, y años más adelante lo internan en un hospital para enfermos mentales: Creta.1 Entre los requisitos del nosocomio está la participación de los familiares en el grupo terapéutico que or­ganizan los mismos parientes considerados como "sanos". Cada uno debe contar su propia historia en relación, directa o indirecta, con el enfermo:

 
Para asistir a esas juntas, para ver al hijo, había que hacer un viaje hasta el principio, había que dar un orden y un valor distinto a los recuerdos. Había que pensar, por ejemplo, que lo que no importa es realmente lo que importa. Y llegar con un manojo de llaves dispuestas a abrir los ar­marios atiborrados de culpas de su conciencia (143).


La enumeración de las características que debía cumplir cada re­lato es precisamente el plan narrativo al cual se enfrentará el lector de El paraíso que fuimos: regresar al punto primigenio (el génesis); un orden distinto de los recuerdos; contar lo que no es importante; abrir las culpas de la conciencia. La novela expone, en un orden apa­rentemente caótico, las fechas y los datos contados, lo que contrasta con la enumeración progresiva de los capítulos (del uno al once).

La narración toma como punto de partida la crisis existencial de Tobías y su intento de suicidio. Frente al grupo de miradas anóni­mas que asisten a la terapia grupal del hospital Creta, cada perso­naje buscará cuáles fueron los momentos decisivos que moldearon su vida hasta llevarlos al presente de la enunciación. Sin embargo, la novela no está narrada en primera persona, o no sólo en primera persona, sino que juega con la participación de distintos tipos de narradores, y también incluye diversos puntos de focalización. Así, la novela inicia con un aparente narrador omnisciente, para luego adoptar la primera persona del plural, un nosotros que al final de la trama descubrimos que son los miembros que asisten a la terapia; y después cede la voz a alguno de los personajes, o al narrador omnis­ciente; las combinaciones son múltiples. La focalización presentada en la obra marca una distancia entre la voz que narra (cualquiera de las anteriores) y la perspectiva que dirige la narración, que es la que finalmente define la selección de la información que será transmiti­da, es decir, en la novela no siempre coinciden la voz que adopta el acto de enunciación con el punto de focalización, hay una serie de mediaciones que permiten un distanciamiento con lo contado.

En conjunto, el lector está ante una serie de relatos fragmenta­dos que se mezclan entre sí, obedeciendo al orden arbitrario de los recuerdos de cada personaje.2 Las variaciones en el tiempo y el espa­cio, las múltiples voces narrativas y la inclusión de la perspectiva de todos los que integran la familia, e incluso de algunos personajes es­porádicos (un terapeuta, la sirvienta, una amante, una enfermera, un paramédico, etcétera), sugieren la noción del tiempo pasado como un punto de referencia móvil, cambiante y polisémico, moldeado a partir del presente desde el cual se narra.

Por otra parte, los acontecimientos de la política mexicana que se filtran en los relatos permite, en este aparente desorden narrativo, ubicar temporalmente cada uno de los episodios vividos por la fa­milia Martínez. Los sucesos en la hegemonía política se encuentran en íntima relación con la vida de los narradores. Así, tanto los mo­mentos de crisis como de bonanza de la familia se corresponden con distintos hechos políticos que los narradores traerán a colación para ampliar y distinguir el contexto en el cual conviven y se desarrollan las penalidades de los personajes. Esta correspondencia entre el con­texto político y el contexto familiar está presente desde las primeras líneas: "Fue en el año del perro" cuando Tobías se cuelga de uno de los barrotes del baño, es decir, en el mismo año que el presiden­te López Portillo dijo la fallida y folclórica frase de que "defendería el peso como un perro y acto seguido lo devaluó" (9). Se refiere a 1982: momento en el que la familia Martínez, y con ella el resto de la población, "es expulsada del paraíso": "Había llegado el momento de hacerle caso a Rodolfo y hospitalizar [...] a su hijo [...]. Desde que Dios los vio tratando de probar el fruto, acercándose al Árbol del Conocimiento, cada uno a su modo, y los corrió del paraíso" (139). Inicia el declive familiar: "Eran las consecuencias del Año del Perro: el Año del Aulladero. Era el fracaso de la actual administración. El fin de la promesa" (141).

La novela además de abrir los "armarios" de los recuerdos, y con ellos las culpas aprendidas o generadas a lo largo de la vida de cada uno de los integrantes de la familia Martínez, es también una expo­sición de los errores, tropiezos y corrupciones encontrados en el seno de la vida política mexicana. Es un recuento abreviado de setenta años de una "dictadura populista" (223). Recuento que puede inter­pretarse como un dejo de nostalgia3 motivado por la culminación de un siglo y, al mismo tiempo, el "derrocamiento" de un partido que emergió en los años que siguieron a la Revolución Mexicana, insti­tucionalizando, con su nombre, dicho movimiento social.

La coincidencia, en un mismo espacio ficcional, de la política y la familia, conforma una tensión dramática en la obra, ya que den­tro del ideario mexicano ambos conceptos están constreñidos a una serie de discursos que por años permanecieron incuestionables. Su base ética y moral se sustenta en gran parte por los valores de la reli­gión católica. La conjunción de estos tres elementos: el catolicismo, la familia mexicana y el partido revolucionario, el pri, llevan a con­siderar que El paraíso que fuimos retoma los discursos de la "cultura nacional" para cuestionarlos, subvertirlos, alterarlos.

Los discursos postrevolucionarios enfocados en la búsqueda y definición de la "mexicanidad" encontraron su cauce en el cine, la música, la televisión, la literatura, el ensayo, etcétera, y se repitieron a tal punto que adquirieron un carácter de "verdad" contundente en la colectividad. Sin embargo, la imagen del mexicano sustentada por su "aztequismo, priísmo y guadalupanismo" (Val 71), entró en conflicto a partir de los años ochenta, al notar que en sí mismos contenían una contradicción, ya que en su conjunto eran la imagen del ideal de un estado moderno y laico (61). Como explica Roger Bartra, el carácter de "mexicano" no puede explicarse más que como una "entelequia artificial", ligada a "la unificación e institucionaliza-ción del Estado capitalista moderno" (17).

Precisamente, la novela se incorpora en esta discusión y plantea además el posible camino al cual se dirige la sociedad mexicana, a través de las experiencias y los cuestionamientos que se formulan los integrantes de la familia Martínez. De esta forma, los discursos del nacionalismo postrevolucionario no sólo se muestran caducos, sino contradictorios e insuficientes para describir la nueva organi­zación denominada "familia", para definir el papel del sujeto como "individuo"4 y para comprender —dentro del universo ficcional— la metamorfosis de la realidad en la que viven. Sin embargo, los Martí­nez no se encuentran totalmente desamparados, en el horizonte sur­gen nuevos discursos, nuevas formas de definirse y de ser, aunque no son menos discutibles o menos absurdos que los anteriores.


S
imulaciones y disimulos: la ironía

Los críticos y reseñistas de las obras de Rosa Beltrán coinciden al identificarla como "una narradora de gran capacidad irónica" (Men­doza). Por ejemplo, de su novela La corte de los ilusos, Ute Seydel comenta que "[a]unque no pretende humanizar la historia, Beltrán se decide igualmente por el uso de un tono intimista y de burla. Se sirve, asimismo, de la ironía en tanto ácido retórico y de la sátira" (344). Su novela más reciente, Alta infidelidad, es apreciada como "llena de ironía y buen humor" (Espadas). El paraíso que fuimos, como ya se veía, no escapa a tales calificativos; es a través de la ironía que el lector, y con él, los narradores, pueden acercarse a la vida de la familia Martínez y su vínculo con el devenir político del país.

La ironía se presenta en la literatura como una figura de pensa­miento cuando "afecta a la lógica ordinaria de la expresión", o como una figura retórica, es decir, un tropo que es identificado y los narra­dores pueden acercarse a la vida de la familia cuando se "invierte el sentido de palabras próximas", por ejemplo, al incluir en un mismo término tanto su sentido convencional como su antónimo (Beristáin 271). En la figura de pensamiento, explica Juan Pellicer, "la identi­ficación del nuevo significado rebasa el marco textual ya que la idea allí expresada debe interpretarse en forma distinta a la que supon­dría la sola lectura de la oración o párrafo correspondientes" (56). Depende, éste último, de un contexto más amplio, fuera del texto o implícito en el mismo párrafo para desentrañar su sentido.

En síntesis, la ironía se caracteriza por el "desdoblamiento del sentido" (57): uno literal y otro, tácito, es decir, el lector se enfren­ta a un juego de apariencias que debe desentrañar. En sí, no existe una definición unívoca para el fenómeno de la ironía, sin embargo, es evidente la exigencia en el lector para identificarla (Hutcheon y Valdés 38). La ironía es provocada por la complicidad del lector a partir de las posibles coincidencias entre los conocimientos de éste y lo referido en el texto.

En El paraíso que fuimos, dentro de esta revisión, el juego de con­trastes, disimulos y simulaciones, que permite la ironía, se puede identificar en el tratamiento que se hace de los discursos, pasajes, palabras y figuras católicas que imperan en la novela. Por ejemplo, en el caso del personaje Tobías, su insistencia por defender y probar su santidad lleva a un desquiciamiento de los valores de sacrificio y bondad intrínsecos en la vida de los santos o de los mártires. En los nombres de los personajes que conforman a los Martínez (Encarna­ción, Magdalena), no existe una correspondencia entre la referencia bíblica y su comportamiento, al igual que el "huerto del Edén", que también modificará su sentido literal.

A través de la ironía, acompañada o provocada en ocasiones por el símil, la exageración y la yuxtaposición de referentes, lo sacro de la religiosidad católica es banalizado, puesto en ridículo o en contra­dicción. Acorde con lo anterior, la aspiración mesiánica de Tobías es calificada como demencial y desde el punto de vista del psicoanálisis tiene su origen, más que en una epifanía, en el complejo de Edipo:

 
Y como ocurre siempre con las grandes pasiones, entre más violenta amanecía ella [su madre] más se aferraba él al gesto de quienes no aspi­ran sino a la conquista de efímeros imperios: el reino de un olor, la mo­narquía de un beso. Y a pesar de la derrota en lo que podríamos llamar su Cruzada, sonreía (12).


El halo de espiritualidad de Tobías se debe a los elementos "ma­ravillosos" que rodean su nacimiento y que permanecerán a lo lar­go de la novela; sin embargo, esta "espiritualidad" no tiene ninguna justificación religiosa. Después de obligarlo a nacer con el auxilio de los fórceps, primer indicio de su diferencia, el médico señaló que "había sido un varón de cuatro kilos y ochocientos gramos, aunque en ese hospital nadie había nacido pesando cuatro kilos y ochocien­tos gramos" (11), con lo cual su nacimiento es interpretado por él mismo como extraordinario. Al ver al recién nacido, Encarnación es invadida por un sentimiento de terror, momento que el narrador, desde la perspectiva de Tobías, equipara al día de la crucifixión de Cristo, quien antes de morir, propone a Juan como hijo de María: "Ella miró horrorizada al producto y Tobías pudo saber lo que a tan­tos toma una vida de búsqueda y desgaste: hijo, he ahí a tu madre" (11).5

La descontextualización elimina la rigidez semántica impuesta precisamente por el carácter bíblico de los fragmentos seleccionados; con ello se violentan los valores éticos, morales y cognitivos que le son inherentes, aunque no cancela totalmente su referente original. De hecho, a partir de su identificación, al desarticular cada cita, el discurso religioso adquiere un carácter humorístico:

Cuando terminó la bonita montaña construida a base de gajos de cabelle­ra, la madre se refirió unos cuantos pasos del espejo, se miró complacida y decidió juntar a sus retoños. Se asomó entre los barrotes de una de las ventanas que daban al jardín, vio a Conchita, la llamó, vio a Magdalena, la llamó también, siguió buscando, buscando y por fin, al fondo, des­cubrió a Tobías, revolcándose, sólo Dios sabía por qué o para qué. [...]. La madre miró al hijo sin entender, dejó caer los hombros, se sonrió perdida. [...]. Qué inútil el mundo, Señor, cuánto padecimiento. Volvió a gritarle, en un último esfuerzo [...]. Dios te salve, Reina y Madre, Ma­dre misericordiosa. El mismo no comprendió este hecho, las ganas de seguir revolcándose, y se encontró dando vueltas, gimiendo y llorando, como un desterrado hijo de Eva en este valle de lágrimas. No le importó que el traje de pequeño señor se ensuciara, con la corbata de moño y la camisa... (15).


El ritual que lleva a cabo Encarnación para ir a comer con el abuelo al Casino Español en una fecha importante, el día del "Rey del Hogar o Rey de Reyes" (14), se quebranta ante la sordera volun­taria de Tobías. Encarnación, como Job, siente que su paciencia es puesta a prueba. La alteración del ritual, reafirmación de la armonía y el orden del hogar, llena de impotencia al personaje femenino. El suceso es enmarcado con la Salve, oración católica dirigida a la Vir­gen María, a quien se le ruega, como "hijo de Eva", el consuelo por vivir en "el valle de lágrimas" al que ha sido desterrado. La mezcla de la cotidianidad con el discurso católico contamina ambos sucesos y a un mismo tiempo hiperboliza el sufrimiento de Encarnación y banaliza los sucesos bíblicos.

En congruencia con lo anterior, los nombres de los personajes principales mantienen deliberadamente un vínculo con los relatos bíblicos o son referencia de algún fenómeno religioso. Como explica Aurora Pimentel, en el nombre se condensan semánticamente los atributos del personaje, sus actos "y el principio de identidad que permite reconocerlo a través de todas sus transformaciones" (63). Entre los tipos de nombres, Pimentel destaca el referencial, el cual parte de códigos ya establecidos por "la convención social y/o litera­ria" (64) y depende de la competencia del lector para que éstos pue­dan ser reconocidos y, en ocasiones, sirvan como orientación para la comprensión, e incluso, predicción del relato (65). Precisamente, los nombres que serán descritos en seguida son una pista de interpreta­ción para al lector, ya que el destino impuesto a través de su descrip­ción nominal no coincidirá en un sentido literal con la situación, el perfil o las acciones del personaje.

El padre, Rodolfo: aunque su nombre no tiene pertinencia reli­giosa, es definido en la novela como el que posee el verbo, el que tiene la palabra. En el sentido religioso, el verbo es "la palabra del Señor": "En el principio es el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1), es decir, la figura divina está acompaña­da de la palabra, del verbo que a su vez significa acción y contiene en sí mismo a Dios. Rodolfo se define también a través de su palabra: "Y supo, tal vez desde los catorce o quince años, que lo suyo iba a ser el verbo. Su rollo era su valor" (202), y más adelante, "Daba charlas para aumentar la productividad, para fijar prioridades [...]. Pues sí, su verbo era su valor. Lo que siempre supo. Sí, exactamen­te: era un predicador de los nuevos tiempos" (209). Rodolfo es su palabra, vive de ella y lo define; mas su palabra no es precisamente el verbo creador de Dios, ni tampoco su predicación corresponde a la divulgación de una moral y una ética cristiana; se vincula, en este caso, con el mercado; es un artificio, una herramienta de engaño para convencer a un público que es "consumidor": "su trabajo no valía un cacahuate, pero su chamba consistía en convencer a otros de lo contrario" (209).

La madre, Encarnación: alude al acto en el cual el Espíritu Santo es el Espíritu "de la Encarnación", es decir, "Aquel en quien y por quien el Verbo de Dios hace irrupción en la historia", es la materia­lización del Espíritu Santo en la presencia de Jesucristo (Brobinskoy 103). Encarnación es, entonces, el recipiente cuyo vientre contiene el Verbo de Dios, es decir, la "palabra" de Rodolfo, y entonces emer­ge, "el Verbo Encarnado", en este caso, Tobías.

Tobías, el primogénito: además de ser equiparado con Jesucristo (el "verbo encarnado"), apunta al libro de Tobit, en el cual se narra la vida de Tobit padre y Tobías, su hijo. El nombre de ambos signi­fica "el Señor es bueno", lo que coincide con la benevolencia con la que Dios trata a ambos personajes por su obediencia y moralidad cristiana. En el relato religioso, Tobías es educado por su padre y por el ángel Rafael (Leonardi 2123), mientras la madre siempre está preocupada por las obligaciones que el padre impone al hijo úni­co. Con la experiencia del padre y el hijo se fomentan los valores cristianos de la bondad, la rectitud moral y la honradez, la obedien­cia a Dios y a los progenitores; los beneficios de la caridad (la limos­na, principalmente) y las virtudes del matrimonio y el hogar cris­tiano, ya que al final, al igual que su padre, Tobías se casa con una mujer obediente y religiosa.

La educación espiritual de Tobías en El paraíso que fuimos es res­ponsabilidad de Aurelia, la criada de la casa, originaria de Tlalixtac de Cabrera, Oaxaca. Como ferviente católica, conoce la vida y mi­lagros de santos y mártires de distintas partes del mundo. Consulta el Calendario del Más Antiguo Calvan y asiste a misa cada domin­go. Tobías, maravillado por las historias que Aurelia le narra, decide emprender su propia travesía espiritual para "quitar los pecados del mundo" y colecciona, como figuras ejemplares, estampitas de los santos que Aurelia le obsequia. Mas la humanidad a la que quiere redimir, no lo comprende:

La medicina moderna sabía lo que los hombres todavía ignoraban. Sabía que no se trataba de casos de posesión, por ejemplo. Ni de actos diabólicos. Estaba perfectamente al tanto de que no eran ilusos, ni en­demoniados; que no eran malditos. Ni tampoco santos. Ahora eran sólo pacientes. ¿Y sus familias?, familias de pacientes (160).


En el nombre de Tobías, la novela trae a cuenta la idealización del matrimonio, donde los integrantes de la familia (madre, padre, hijo), constituyen una trinidad que se sustenta por sus valores morales y éticos según su fe cristiana. Tobías, hijo de Encarnación, en su de­mencia, corrompe dicha trinidad, pues altera la armonía que expresa la familia bíblica; anula todas las esperanzas del padre en trascender, como se espera, a través del primogénito: "supo que no sólo era el fin de un país, el omnipresente triunfo del engaño. Le habían saqueado el tiempo vivido, el esfuerzo, y ahora, la paternidad" (45) y evapora las ilusiones de Encarnación por tener una familia "normal".

Magdalena: en las Sagradas Escrituras la figura de María Magda­lena es descrita como la favorita de Jesucristo, una mujer llena de virtudes y bondades. A partir del siglo ni es vinculada con la presen­cia de otras mujeres bíblicas anónimas: "María Magdalena asumió gradualmente el papel de la pecadora, que con las lágrimas del arre­pentimiento y con la audacia de su amor obtiene para sí la curación del alma y rescata el pecado de Eva" (Leonardi 1615-1618). Las ac­titudes de Magdalena, hermana de Tobías, corresponden cabalmente a este rasgo pecaminoso de su nombre: en la adolescencia y juventud fuma marihuana y se acuesta "con un hombre distinto un día sí y otro también" (97). Sin embargo, no es sólo la imagen que conjuga a una Eva incitadora y a una Magdalena prostituta, representa a la mujer autosuficiente, activa y trabajadora, madre soltera, de pensa­miento racional y frío: "no se cuestionaba nada que no fuera lógico o práctico o pertinente" (161). Pertenece a una nueva generación de mujeres liberadas del modelo tradicional femenino, aunque no sabe exactamente qué hacer o hacia dónde llevar esta libertad. Esta inquietud se refleja en el padecimiento de un insomnio crónico, ya que duerme sólo bajo los efectos de benzodiacepinas.

Concepción: alude a la descripción del momento en que María recibe al Espíritu Santo y queda embarazada sin cometer pecado, es decir, a la Inmaculada Concepción. En contraste con la figura ante­rior, su nombre manifiesta la virtud de la pureza virginal, la timidez y el recato. De hecho, a diferencia de su hermana mayor, Concha es débil de carácter y se caracteriza por ser maternal; vive en una depresión crónica, ya que está incapacitada para las relaciones amo­rosas: se divorcia al poco tiempo de casada y no tiene hijos. En la visión profesional de los psicólogos, la conjunción del divorcio con la esterilidad es causa efectiva de frustración y negación personal, lo contrario sería un síntoma de "locura":

El día que firmó el divorcio sintió que se quitaba un peso de encima. Pero su madre, siempre tan preocupada por la normalidad, insistió en que su alegría era una forma oblicua de vivir el duelo [...]. Y resistió la primera sesión [...]. Y fue sintiéndose peor cada vez hasta caer en el estado en que estaba ahora. ¿Por qué pensar que eso era parte del proceso, por qué suponer que ese estado sí era normal! (188)


Paradójicamente, trabaja en el Consejo de Mujeres Abusadas, a.c., donde precisamente ayuda a mujeres que se encuentran en si­tuación de violencia psicológica o física. A pesar de tener una labor que le agrada, no puede salir de su depresión, "con todo y el bien que le hacía ayudar a las parejas con problemas, ahora que ya ella no los tenía (ni las parejas ni los problemas)" (173).

"El Nene": el último de los hijos, se caracteriza por su triunfo financiero y es "tan parecido al papá que, bueno... qué se podía es­perar del nene" (97). Con la semejanza anunciada entre ambos per­sonajes se podría pensar que el hijo menor representa la continuidad de patrones de conducta y aspiraciones del padre; sin embargo, su contexto económico, social y político es tan particular que no hay antecedente que lo defina. Como su apelativo sugiere, es una identi­dad en construcción:

Siete minutos después el nene daba vuelta en Avenida Constituyentes porque el Periférico iba lleno. Pensó: tomar los antioxidantes, tomar la pastilla para la energía, tomar tres cucharadas del limpiador de colon con tres vasos de agua. Rebasar los límites (propósito). Escaladora, nivel de esfuerzo seis, programa Montañas Rocallosas, tiempo cincuenta mi­nutos. Once días para el maratón, quería correr en el maratón, Vamos nene, Vamos, ¡Sí Se Puede!, ¿no había votado contra setenta años de dic­tadura populista? ¿Y se había podido o no se había podido? ¿No había ganado la derecha? Tenis Nike Air, rodilleras, ABS shaper, noventa y nue­ve abdominales, poleas de Nylamid, vencer los propios límites (223).



La carga semántica religiosa de los nombres no es desdeñada por los personajes, de hecho, en una ocasión, Encarnación reniega ha­berle puesto "nombre de profeta" a Tobías, ya que éste no obedece ni parece comportarse dentro de los parámetros esperados. O Mag­dalena, quien al presentarse ante el grupo de asistentes a la terapia del hospital, comenta: "que se llamaba María Magdalena y estaba ahí por Tobías. Qué chistoso ¿no? Yo una pecadora y mi hermano un santo" (190). Los nombres definen de manera sesgada el destino, características, enigmas y sufrimientos de los personajes, ya que a pesar de conservar su referente bíblico o místico, no es determinan­te. La esencia monolítica del discurso religioso es anulada por una pulsión personal, el discurso médico-psiquiátrico, mercantil, sexual, terapéutico, que también se atreve a clasificar y clarificar el perfil y el camino de cada uno de los personajes, aunque fracasarán ante su personalidad inasible.

En el caso del Nene, quien a falta de nombre propio acepta el apelativo como signo de identidad, refleja en esta partícula, mas que la descripción de sí mismo como individuo, el augurio de una nueva realidad, un "nuevo orden mundial" (203) que se proyecta a través de otros discursos, otras aspiraciones y otras categorías que pelean por resolver el extrañamiento que provoca en los personajes el adve­nimiento de lo desconocido.


L
a expulsión del paraíso: el nuevo orden mundial

La novela inicia con un párrafo que engloba los primeros años de 1980. Habla de cuatro aspectos importantes: la devaluación del peso mexicano, los asesinatos de John Lennon y Anuar Sadat, premio Nobel de la Paz; el divorcio de los duques de Cádiz y, finalmente, la invención del minitel francés, un primer proyecto o antecedente del World Wide Web: el internet.

Ante esta serie de hechos, nacionales y extranjeros, el narrador presenta una nueva problemática, la incapacidad de conocer al mun­do: "De ese año, se decía cualquier cosa [...]. Se decía cualquier cosa con tal de no decir lo que queríamos y no podíamos decir: se nos había olvidado cómo nombrar las cosas" (9). A partir del presente de la enunciación, el narrador interpreta la confluencia de estos sucesos como la premonición de un posible cambio que en su momento no se supo cómo definir. Eran síntomas del arribo de algo que implicaba una "nueva modernidad", llena de paradojas: por un lado, "el di­vorcio" y "el minitel en Francia" (9), como ejemplos de un progreso tecnológico y social; por otro lado, la devaluación del peso mexicano y los asesinatos de dos pacifistas.

Nombrar por vez primera remite al tiempo primitivo, al génesis6 y a la vez, la imagen edénica, positiva, está ligada a un momento ne­gativo: al exilio, y por tanto, al dolor.7 En el transcurso de la novela reconocemos que no existe tal novedad primigenia del entorno, sino una evasión a aquello que parece desafiar las expectativas que se tienen del mismo y que por ello causan un sufrimiento que los personajes insisten en objetar: "Cuando lograron desmontarlo, Mag­dalena fue la de la idea. Fue la primera que dijo 'suicidio' y su madre le dio una bofetada por andar diciendo estupideces. Luego se quedó quieta, como si no supiera qué hacer" (10).

En la primera página se confrontan dos tiempos: el pasado, que parece borrarse al no servir para explicar los sucesos del presente; el presente que anuncia y es al mismo tiempo el advenimiento de algo distinto. El título de la novela El paraíso que fuimos ubica tem­poralmente al lector en esos dos momentos: un pasado paradisíaco, y un presente que niega o contrasta con ese pasado. En un sentido literal, el título crea la expectación de una representación nostálgica del pasado.

La nostalgia, desde una perspectiva tradicional, se identifica, se­gún Hutcheon y Valdés, cuando "el ideal que no se está viviendo ahora es proyectado en la reconstrucción del pasado; ambos se con­frontan como parte de dos polos opuestos: el pasado es imaginado como 'ordenado, fácil, hermoso o armonioso', el presente, en con­traste, se define como 'complicado, contaminado, anárquico, difícil, feo...'" (31; traducción mía). En un sentido literal, el paraíso del que habla el título puede interpretarse como el "jardín de los dioses", el locus amoenus de la Edad de Oro (Aínsa 86) que se ha perdido. Mas, la idea del paraíso terrestre, explica Aínsa, debe su armonía al hecho de ser "un mundo dado" "que no necesita, por lo tanto, ser cuestionado o cambiado por otro. La felicidad basada en la ausencia de necesidades y en la satisfacción de los deseos primordiales" (86-87). Es la conformidad de aquello que se posee y del lugar en el que se vive.

En el desarrollo de la novela, el pasado, sinónimo de paraíso, no co­rresponde a una descripción idealizada o edénica, sino que evoca una época llena de contrastes y absurdos, definido precisamente, por un lado, por su carácter inamovible, estático e incuestionable y, por otro, como un entorno cambiante e inasible. La nostalgia se presenta des­de la perspectiva de la ironía. Hutcheon y Valdés explican la combi­nación de ambos elementos de la siguiente manera: "El poder de la ironía nostálgica ("nostalgic irony") se encuentra en el hecho de que puede ser una expresión que a la vez condensa la remembranza utó­pica de un mundo que nunca fue [...] y refiere el rechazo crítico de todo aquello que impidió que fuera" (45; traducción mía).

La novela retrata la nostalgia de aquello que no fue, que en algún momento se había prometido o se había intentado convencer, des­de el Estado, que sería, mas este mismo núcleo hegemónico influyó para que la promesa no se llevara a cabo. El tono irónico permite exponer de manera humorística ese "pasado vergonzoso" sin recurrir a la tragedia o a la exageración:

A las seis y veintitrés de la tarde, cuando Tobías ingresó a Urgencias, no había ya nada que hacer: el presidente había congelado las cuentas bancarias tras haber cambiado todo lo que pudo llevarse en dólares. Lo peor, lo terrible para Rodolfo no fue recibir la noticia sino que la llama­da de Encarnación entrara cuando el presidente daba su último informe de gobierno y con él advertía a su pueblo que de ahí en adelante vivían un país de ficción; el otro, el vetdadero, se lo estaba llevando él a una cuenta en Suiza.

"Se nos fundió el país", dijo.

O tal vez eso le pareció que decía, porque acababa de saber por Encarnación que quien se había fundido era su hijo. Su idea de futuro. La vida posible: lo ahotrado, en senrimiento o especie (45).


Durante la época postrevolucionaria, como se menciona líneas atrás, el Estado mexicano sustenta en el discurso su razón de per­manencia y legitimidad, en el cual define las características de la so­ciedad mexicana. A través de éste se genera una imagen de "paraíso terrenal": una serie de aspiraciones, deseos, actitudes dadas que in­fluyeron en aceptarlos como el camino (inequívoco) hacia la moder­nidad. Encarnación Aldecoa es el estereotipo de la joven, de clase media, que bajo estos discursos repite el modelo de la mujer tradicio­nal: busca consumar su triunfo personal a través de la maternidad, el matrimonio y el ascenso de clase social. Al conocer a Rodolfo, más que del hombre se enamoró de la idea de compartir estas mismas aspiraciones, pues según pudo ver en sus actitudes, aquel joven "no deseaba otra cosa que tener un porvenir y una familia común del modo en que lo eran las personas normales" (35). Y con el gusto y el deseo, planearon la ceremonia:

ocho de noviembre de mil novecientos cincuenta y ocho a las cinco cuarenta y tres pe eme se declaraba partidatia del matrimonio, como tantos millo­nes de mujeres, sin necesidad de explicaciones. Iría feliz al altar, sin saber por qué, pero segura de que al hacerlo contribuía en algo a ennoblecer las filas de un grupo sólido y unido por los mismos sentimientos: el grupo de las mujeres casadas (36; subrayado mío).


La convicción de que el matrimonio es el destino que debe cum­plir toda mujer no tiene una base lógica o racional, es un acto de fe equiparable al del sentimiento religioso; un dogma social que impera en la mente de "las mujeres casadas". La ironía que revela el contras­te entre el no saber y el estar segura; entre aquello definido, como es la fecha y la felicidad, en contraste con lo inasible, como son la razón de esa felicidad y el grupo ideal y colectivo de las casadas, prevé el revés al cual se dirige la aspiración de Encarnación. El dogma de la "naturalidad" de sus acciones y aspiraciones no es suficiente para blindar su ilusión del desengaño. La insistencia de Encarnación por mantener su ideal de familia normal, y lo que por otra parte vive dentro de ésta, la llevan a habitar dos realidades paralelas:

Tobías no había hecho más que lo que hacen los niños a los ocho años, o nueve. ¿Por qué ponerse a pensar de otra forma? [...]. Era hijo suyo, en primer lugar. Luego, era hijo de un padre responsable, que nunca estaba. Pero no; no debía pensar así. Más bien: era hijo de un padre que nunca, nunca había faltado a su trabajo. Eso era. Ni cuando ella parió, ni cuando el nene fue a dar al hospital, ni cuando se murió su hermana, la tía Lelia [...]. Y cualquiera se sabría afortunado de tener una familia, y la seguridad de que ésta no se rompiera (30).


Encarnación ejemplifica, en su angustia y esquizofrenia, la noción tradicional de "familia", la cual está cimentada sobre relaciones de poder determinadas por roles preestablecidos a partir del Estado y apoyados por la religión dominante, ya que se basan en la propia "naturaleza" de cada integrante de la familia cuya justificación es la procreación y conservación de los valores civiles y morales del indivi­duo (cf. Ramos Escandón 7-37). Por esta razón, Encarnación entien­de su papel como mujer, y el del resto de los familiares como algo "dado" e incorruptible. Rodolfo comparte este mismo presupuesto:

Fito Martínez del Hoyo, cincuenta y ocho años, padre de Tobías, dijo que era un convencido de que el destino humano estaba marcado, más que por el sexo, por el lugar que uno ocupaba en su familia y por el modo en que ese lugar se relacionaba con la posición de los padres de uno en sus familias (199).



A partir de este modelo aprendido se miden los fracasos o los triunfos personales. Para Encarnación, la separación de Rodolfo es, por lo tanto, un reflejo de su fracaso personal y la disolución incom­prensible de una realidad percibida como monolítica. Para Rodolfo, al saber del sufrimiento de su mujer (su infelicidad matrimonial) y la demencia de Tobías, le devela su verdadera situación: '"Yo soy una negación', pensó. 'Mi única verdad es la mentira que he estado vi­viendo'" (208). En la novela queda claro que la felicidad, concepto inherente a la idea de paraíso, nunca fue un síntoma de vivir en el modelo matrimonial tradicional, repetición especular de la organiza­ción estatal. La validez de la unión de la pareja radicaba en la fe de su "verdadera existencia": "¿De qué servía ser mujeres independientes, profesionales con setecientos títulos y ningún hombre que las mere­ciera? Mejor las generaciones de antes, la verdad. No es que entonces vivieran felices, tampoco, dijo otra (Popi Chula). Pero al menos vi­vían una vida verdadera" (169).

La novela rechaza de este modo la idealización del pasado. La transformación en la vida económica de la familia y, por lo tanto, de la familia misma, es consecuencia de un proyecto nacional deficiente y una política anacrónica aferrada a preservar, a través del discurso, un ideario irreal:

"¡Ya no nos saquearán más!", decía un presidente lloroso y contrito, que desde luego no se parecía al que iba a salir, años más tarde, en la revista Fortune como el quinto hombre más rico del mundo por "uso ¡legítimo del poder". Había llegado rarde, eso era, pensó [Rodolfo]. A la idea de trabajo y familia, al saqueo, incluso, a la posibilidad de medrar. A cual­quier cosa en la que hubiera o no creído (45).


Los años que siguen al sexenio de José López Portillo sólo mues­tran el deterioro de la vida política. Entre los hechos más absurdos, la novela reseña los acontecimientos que siguieron al asesinato de Luis Donaldo Colosio efectuado en 1994. En las noticias la pobla­ción seguía atenta el desenlace:

Habían acordado contratar a un fiscal especial, quien se valdría de la ayuda de una vidente (que luego fue mejor conocida como La Paca) para las averiguaciones [...]. Después de serenta años de fraudes y asesinatos sin móvil, sin responsabilidad y sin agenre, por primera vez en la histo­ria del país se iba a llegar Hasta las Últimas Consecuencias (170-171).


Las averiguaciones que siguen al asesinato del aspirante a presi­dente muestran la decadencia y la falta de pericia de un gobierno para ocultar su descomposición:

[...] la docrora Minerva Cifuentes decidió hablar.

Ese día, de la transmisión real As un suceso real visto, oído y vivido como real por ciudadanos reales fue que decidió que era imposible se­guir callada. ¿Cómo iban los locos a querer salir al mundo de los cuer­dos? ¿Cómo iban ellos, los médicos, los psicólogos, los terapeutas, las mentes lúcidas y norables detrás de la investigación neurofisiológica, los cerebros privilegiados que se dedicaban a regular el comportamiento hu­mano [sic] a parrir de la ciencia; ¿cómo iban los filósofos, los sociólogos, los humanistas, cómo iba nadie, ni el ciudadano más simple, a explicar­les a estos pacientes la diferencia enrre realidad y fantasía? (176).


El problema inicial de nombrar la realidad se vuelve efectivamen­te un propósito infructuoso. El caos y el sinsentido que se vive en el núcleo de la política del país es acompañada por la crisis de sentido que experimenta la sociedad representada, por un lado, por la fami­lia Martínez, y por otro, por los asistentes a las terapias grupales del hospital Creta:

En cuanto a lo demás, nada estaba aclarado y eso era lo que hacía de nosotros lo que éramos. Lo que hacía de nuesttas vidas algo incierto, y de la vida, en general, algo angustioso y a la vez fascinante. Habíamos aprendido a vivir el misterio como algo cotidiano. Y eso hacía que tuvié­ramos ganas de seguirnos viendo en aquellas terapias sin que a ninguno se nos hubiera arreglado nada, sin que hubieran dado de alta a nuestros hijos o hermanos, a nuestros familiares (211).


El derrumbe de una realidad monolítica, sustentada en el discurso de la religión católica, en los valores morales y éticos de una familia nuclear, en el valor del trabajo y la honestidad de la pobreza, etcéte­ra, dejan en el vacío las nuevas formas de organización y de relacio­nes humanas: Encarnación se identifica con su apellido de soltera; Magdalena está soltera y es madre de Mará: "Moderna, decidida y natural: la imagen más triste del éxito" (187). Concha, divorciada, sin pareja y sin hijos; Rodolfo, de cuerpo atlético, casado por tercera vez, "su actual mujer le había traído la paz. Lo había involucrado en el Feng Shui" (209). El Nene vive con su novia, Mari Fá, cuyo lema es: "mejor vomitar que tener el cuerpo lleno de toxinas" (230). To­bías, por su parte, "no quería comprar un coche, una casa, un viaje todo incluido [...]. No hablaba de hacer relaciones, ni de quedar bien con nadie [...]. Simplemente estaba" (213).

El "despertar" que significó el inicio del Año del Perro conduce a los integrantes de la familia Martínez hacia los libros de autoayuda, los discursos del "psi", los fármacos, y a todo recurso que pueda evitarles el dolor de reconocerse fuera de "aquel paraíso" (ilusión de verdad y estatismo) y no perderse en las "arenas movedizas" de su actualidad. Esta última fase de los personajes coincide con lo que Gilíes Lipovetsky explica sobre el individualismo contemporáneo:

En el momento en el que el crecimiento económico se ahoga, el desa­rrollo psíquico roma el relevo, en el momento en el que la información sustituye la producción, el consumo de conciencia se convierte en una nueva bulimia: yoga, psicoanálisis, expresión corporal, zen, terapia pri­mal, dinámica de grupo, meditación trascendental: a la inflación eco­nómica responde la inflación psi y el formidable empuje narcisista que engendra. Al canalizar las pasiones sobre el Yo, promovido así al rango de ombligo del mundo, la terapia psi, pot más que esté teñida de corporiedad y filosofía oriental, genera una figura inédita de Narciso, identifi­cado de una vez con el Homopsicologicus (54).


La individualidad que representa El Nene y su novia, MariFá, en su breve intervención, deja en claro los nuevos modelos que propone la "nueva organización mundial" en una clase social alta, con aspira­ciones siempre de conocer, saber y controlarlo todo.


La
ironía y la nostalgia, ¿nostalgic irony?

La obra señala los discursos aprendidos como parte de una entele-quia que definía la organización social, la cultura nacional y, por tanto, la noción de modernidad. La combinación de ironía y nos­talgia con la cual se efectúa la retrospectiva y el análisis de las insti­tuciones emergidas en el ámbito de la postrevolución (la familia, la religión católica, la modernidad), subraya no sólo una estrategia de escritura, sino las condiciones en las que se forjaron y se dio sentido a tales instituciones. Es decir, las citadas entelequias no pueden ser analizadas desde otra perspectiva: la ironía, el absurdo, la paradoja, son inherentes a los discursos que las instituyeron y, por lo tanto, a la historia mexicana.

Pero el presente no escapa a esta visión irónica de entender la rea­lidad. Precisamente, como explican Hutcheon y Valdés, este modelo de ironía (nostálgica), pone en perspectiva al pasado para reconocer­lo y criticarlo, con lo que se evita su idealización, al mismo tiempo que no descuida al presente (43). La propuesta de calificar a la ironía como nostálgica, implica, según la perspectiva de Hutcheon y Val­dés, un rechazo por el pasado al poner en evidencia los obstáculos que impidieron la realización de una utopía que se preveía posible. Más allá de incluir la novela en la etiqueta de posmoderna, es rele­vante señalar que la obra precisamente marca tales condiciones al momento de retomar el pasado y que, en esta retrospectiva, coloca en primer plano el presente desde el cual se narra. Un presente que también es ridiculizado por la pretensión narcisista de este nuevo sujeto contemporáneo.

En la visión irónica del pasado y en el "nuevo orden" mundial planteado en la novela se encuentran involucrados otros elementos, que por razones de espacio y por los propósitos del presente análisis no fueron abordados, como son las problemáticas que implican la disolución de las fronteras entre la locura y la normalidad; la realidad y la ficción. El fondo ideológico que permea entre la distinción de lo que es normal y lo anormal, desquiciado o periférico, entre lo racio­nal y lo irracional, etcétera. O el análisis de los roles de género, que aunque se mencionan, no se profundiza en sus características y dis­tintas transformaciones hasta plantear una nueva forma de ser y es­tar en el mundo. En este punto cabría preguntarse, ¿en qué clase de mundo? .

NOTAS

1 Creta también es una isla turística en Grecia, se ubica en el mar Egeo y se ca­racteriza por su clima mediterráneo. Esto, evidentemente, contrasta con el lugar en el que es ingresado Tobías.

2 La memoria es discontinua, fragmentaria, encargada de conservar y, a la vez, de olvidar (Todorov 2000), por lo tanto, es selectiva y responde a los intereses del emisor; se opone a la noción lineal y progresiva de la historia.

3 No como la remembranza de un pasado memorable, sino como la reconstruc­ción crítica de ese pasado (cf. Hutcheon y Valdés).

4 En relación con los discursos médicos y psicoanalíticos que aparecen en la novela, es posible identificar esta búsqueda de identidad en los personajes, quienes recurren precisamente a los médicos psiquiátricos o psicólogos para encontrar una definición de sí mismos o de sus emociones.

5 "Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba pre­sente, dijo a su madre: 'Mujer, he ahí tu hijo'" (San Juan 19:26).

6 "Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre" (Génesis 2:19).

7 "A la mujer dijo: multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido", es decir, "tu voluntad será sujeta a tu marido". Y al hombre dijo: "maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida" (Génesis 3:16/17).


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Edición: Rodrigo Martínez  
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