Efectos secundarios

Mayra Santos-Febres




Cuento Leonidas Alfaro Bedoya -autor de la narco novela- "Tierra Blanca".

“Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Hitler ordenó cerrar el suministro de goma de opio que partía desde Marruecos, Turquía y Afganistán hacia el mundo Occidental. La materia prima era necesaria para producir la morfina indispensable para atender a los heridos de los frentes de guerra:

En Estados Unidos, el presidente Franklin D. Roosevelt decidió buscar otros lugares para producir la adormidera, y México fue el territorio elegido para resolver el problema de abastecimiento.

Concretamente, las zonas serranas de los estados de Chihuahua, Durango y Sinaloa, territorio conocido desde hace tiempo como el "triángulo de oro".

El presidente estadounidense firmó un convenio con su par mexicano, en aquel entonces el general Manuel Ávila Camacho, para que se sembrara la planta en el triángulo, empleando agricultores de origen chino. Y con la amapola, llegaron los encuentros violentos a Sinaloa.
(…)

Y desde entonces se han escrito muchas historias, se han difundido al mundo notas periodísticas, y han surgido ensayos, cuentos, relatos, novelas y canciones que narran la historia del narco en estas tierras.”

La literatura narco es uno de los fenómenos más importantes  en Latinaomérica. Fundamentalmente,  dicha literatura se practica en países como México y Colombia; pero que se extiende por todo el Caribe- dando pie a la publicación de importantísimas novelas  tales como “Palomos” de Pedro Juan Valdés (Rep- Dom) , La belleza bruta-  de Francisco Font Acevedo (Puerto Rico), “Balas de plata” de Elmer Mendoza (México),”Sin tetas no hay paraíso de Jorge Franco (Colombia). Muchas de estas novelas trabajan desde los estatutos de la realidad. Parten de investigaciones históricas o  periodísticas y de la concepción balzaquiana del novelista como “cronista  de sus tiempos” para intentar poner en palabras el horror que la cultura narco impone en la vida de toda una región.

Sin embargo, también en América Latina ha venido cogiendo mucho impulso otra tendencia literaria  que se da paralela a la de la narcoliteratura o la de la consabida novela histórica mayormente estancada en la revisión de las revoluciones fundadoras de naciones. Creo yo que esta “otra” corriente literaria  es tan interesante como su hermana , la ocupada en desentrañar realistamente los rostros de la violencia. También considero que ambas tendencias responden a un mismo dispositivo- el de intentar apalabrar lo que pasa  (la experiencia humana) en nuestras sociedades cada vez más violentas y decreidas de los valores de la moral, el orden y el progreso.

De todas las novelas que he leído en esta corriente “otra” la más que me ha asombrado es Efectos secundarios de Rosa Beltrán.

Y es que en verdad, “Efectos secundarios” es una novela asombrosa.  Su narrador no es un cronista, sino un lector; es decir, el que narra la novela no es necesariamente una voz que “presencia” lo que pasa, sino que vive abstraído por lo que piensa y lee mientras el mundo “le pasa” por el lado.  Sin embargo, dicho “lector”  de repente se topa con  un trabajo supuestamente idóneo, el de “presentador de libros”. Lo acomete con pasión,  inclusive con convencimiento, hasta que empieza a darse cuenta de que todos los libros que presenta son “los más vendidos del mundo”. Muchos de esos libros resultan ser de “autoayuda”. Predican la felicidad en un mundo corroído por la desconexión y la violencia; un mundo en donde la literatura tiene otro valor de cambio. La reflexión acerca de esta literatura lleva al lector/ presentador/ narrador a transformarse profundamente, tanto que  termina convirtiéndose en lectora/presentadora/narradora.

Todo parece muy confuso, pero en realidad no lo es.  Lo que sucede en “Efectos secundarios” de Rosa Beltrán es que Virginia Woolf meets Juan Rulfo. Un solo modelo literario no da para narrar lo que la autora propone como “realidad”. La novela debe “mutar” como muta esa realidad ante los ojos del lector , delos lectores (de multimedia, periódicos, libros qque somos). De ahí nace este hermosísimo trabajo que nos regala la insigne escritora mexicana.

Sucede que  ese “yo” que narra la historia de “Efectos Secundarios” de repente se encuentra en medio de una cuidad asediada por narco-mantas, por balaceras, por marchas de cuidadanos exigiendo que se detenga la violencia. El/la tan solo quería presentar un libro en esa cuidad. Se da cuenta de que el rito no puede sostenerse. Comienza a desaparecer libros, a dejarlos en la cuidad, en la calle, en bancos de plazas. Pero nadie les hace caso. Son cuiadanos de tercera, destrozados sus cuerpos de papel.  Ante el asedio de la violencia, el lector/narrador se mujeriliza, se convierte tambien en un cuerpo que atrae exterminio,  en una de las tantas maquiladoras desaparecidas, violadas, mutiladas de la frontera. Desea escapar a un mundo donde la muerte no llegue, ver si puede regresar al orden que ofrecía la literatura de antaño. Pero algo pasa, algo interrumpe el fluir de su deseo. ¿Una bala, quizás? ¿La muerte? El lector ahora convertido en lectora no se da cuenta y sigue en su frenética huida, encontrándose ya del otro lado de la realidad con todos los seres que han caído víctimas de la violencia- los seres de carne y hueso y los literarios. Es decir, que “Efectos secundarios o daños colaterales” nos hace reflexionar acerca de todo lo que muere en este mundo- la ilusión de un orden, la necesidad del valor de la “belleza” frente al imperio de las cifras- del conteo de ventas o de cadáveres como dato real inquestionble vs. la vida y la  literatura.

Lo que resulta sorprendente en la novela es que Rosa Beltrán haya podido cazar el mundo “de la fantasía”  con la cruda realidad de la violencia transpolítica.  Y lo doblemente asombroso es que “Efectos secundarios” se adentre en la cosmología íntima de un momento histórico manteniendo un tenue balance entre el ying y el yang, lo masculino y lo femenino, la metaliteratura y la literatura como crónica. Pero eso ya se lo había enseñado su maestra Virginia Woolf y también su maestro Jun Rulfo. Ver el mundo como mujer no es lo mismo que vivirlo como hombre.  Tampoco es lo mismo ver el mundo como vivo, que verlo como muerto. Cambiar de sexo (o de estado de existencia) a su antojo podría ser un arma reveladora de realidades. Pero como el “yo lector” pretende ser “asexual” y “atemporal”- lo mismo hombre que mujer y en un estdo alterado de existencia- suponen los  críticos literarios- Rosa Beltrán escoge a ese personaje “lector” como el punto cero desde el que parte para poner en marcha las transformaciones de su novela. El “mutante” de  la novela “Efectos secundarios” de Rosa Beltrán, tenía qu ser lector- un ser extraño, casi en peligro de extinción, enamorado de los libros, del intelecto y capaz de sentir al otro a través de las palabras, de vivir realidades a través de las palabras. El giro magistral de la noevla es que  ella/él vivo/muerta  resulta extrañamente común para  todos los lectore de Efectos Scundarios, sobretodo para nosotras las mujeres- seres acostumbrados a vivir en el mundo intelectual de los hombres;  así, más o menos, vivo/muertas  para ser parcialmente, temporeramente, consideradas como “iguales”. Nosotras, las lectoras/escritoras debemos convertirnos en hombres a través del discurso para poder pasearnos por los extraños mundos editoriales delibros más vendidos del año y quizás, quizás, pescar el ojo de otro lector cómplice que descifre nuestro tránsito. Que entienda esta propuesta “otra” de lo que es literatura.

Rosa Beltrán es una de las escritoras internacionales a  quién más respeto; no tan solo por lo que escribe (y cómo lo escribe) sino por su preparación intelectual. En este mundo en el cual la “literatura de mujeres” tiene un extraño valor de cambio y una aún más extraña campaña de promoción  y ventas, encontrarse a una escritora- en el buen sentido de la palabra- es una bendición. Por eso, me ha alegrado tanto la publicacieon de “Efectos secundarios”. Es una gran novela en espera de lectores cómplices, mutantes que la degusten.

 
 
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez