Rosa Beltrán está borracha

Nicolás Alvarado  
(El Universal, diciembre 4, 2011)

Por mi honroso pedigrí de lector de cuentos y de periodismo narrativo y mi dudoso linaje de antiguo editor de una revista cultural ya a todas luces olvidada (la quebré yo solito) tengo particular interés y creo que alguna destreza en hacer lo que en la jerga al uso se llama cabecear. Verbo que, cuando entre editores y escritores se emplea, no refiere a echar un coyotito involuntario, sino a poner “cabeza” –es decir, justamente, título– a un texto.  

A menudo, como aquí, me gusta hacerlo con una frase declarativa, mejor si juguetona y desconcertante. Acaso sea ésta, sin embargo, la más osada que haya producido, Anticipo que más de uno pasará los ojos por esta cabeza, declinará leer el texto –para qué tomarse la molestia, y más por lo que escribe un señor que sale en la tele– y, en la próxima oportunidad que tenga de hablar con Rosa Beltrán, le espetará un “¡Ay, Rosa! ¡Cuánto te compadezco! ¿Cómo te sientes después de lo que escribió sobre ti en El Universal el pinche ex gordito ése de los lentes blancos? ¡Mira que andarte exhibiendo! ¡Como si a él no se le pasaran también las cucharadas! ¡Qué falta de caballerosidad!”.  

Pero, en aras de la honestidad intelectual, tengo que decir lo que tengo que decir (ya que lo diga de manera aviesa, traviesa, es otra cosa): Rosa Beltrán está, en efecto, borracha. Lo que es más, se le cruzó. Y tiene mal alcohol. Eso –oh, paradoja– es, en términos literarios, maravilloso.  

Rosa Beltrán está borracha de literatura, o al menos a eso parece apuntar su más reciente novela –escribo esto y me siento culpable ya, y es que en esa más reciente novela figura un chiste cruel y lucidísimo sobre el tipo de gente que emplea la expresión “su más reciente novela”– Efectos secundarios (Mondadori). Está hasta atrás como sólo puede ponerse aquel al que le da por mezclar: un dedo de Woolf y un chorrito de Wilde, dos partes de Kafka y una de Carroll, dos medidas de Rulfo y otra de Lowry, coctel potentísimo expresado en pastiches, parodias, citas y homenajes que recorren toda la novela, que parte de una premisa divertida –la de un señor que no tiene más ocupación en la vida que presentar libros de otros– para redundar en una intoxicación literaria, que postula que todo en esta vida es literatura –una historia que nos inventamos y nos contamos, un constructo– y que apuesta, como todos los buenos libros, por la capacidad de redimirnos que tiene esa literatura pero que también se abisma (he ahí el mal alcohol) en los efectos secundarios de ésta, en su capacidad perniciosísima para ocultar, para enajenar, para destruir.  

En la primera parte del libro aparecen de cuando en cuando escenas de violencia redolentes de las que genera el crimen organizado en México (mucho descabezado), aparentemente ajenas a la trama principal, falazmente emparentadas con esos atentados terroristas que integra cada tanto Buñuel a la narrativa de Ese oscuro objeto del deseo nomás para apuntar hacia una metáfora (o no). A diferencia de las de aquella película, sin embargo, éstas terminan por encontrarse con la trama pura y duramente literaria hasta fundirse, perturbadoramente, en una sola. Al final viene el caos, el pandemónium, el día de la langosta. Al final, los poetas abjuran de su estatuto y toman las calles para gritar consignas, para traicionar, como predijo Julien Benda, su misión eterna y universal y trocarla por una local y coyuntural, de ocasión.  

Es el fin de los tiempos.  

Y es una gran novela.

 
 
 
Siguiente >

 

 

 

Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez