Cicatrices del paisaje

Ana García Bergua  
(La Jornada Semanal, diciembre 18, 2011)

Hace unas semanas, en la Feria del Libro de Guadalajara se conjugaron dos realidades –quisiera decir metáforas, pero por desgracia no lo son– espantosas de nuestros días: camionetas repletas de cadáveres abandonadas en una avenida y un aspirante a ser nuestro presidente que demostró estar hueco de lecturas. A pesar de los pesares, entre el horror y la teatralidad de los políticos que padecemos de manera cada vez más descarnada, vinieron a la feria grandes autores y se presentaron muy buenos libros, entre ellos uno que expuso este drama de manera casi mediúmnica: la novela Efectos secundarios, de Rosa Beltrán.

El personaje principal de Efectos secundarios presenta libros de autoayuda, ésos que se escriben para procurar nuestra felicidad e intenta huir del vacío de su oficio por medio de la literatura, de la verdadera literatura. “Leo y al leer me divido y voy adoptando la vida de alguien más”, afirma. Este lector voraz conforme transita por presentaciones farandulescas, va encarnando y representando aquellos personajes de la literatura que ama, los de Kafka, Nabokov, Oscar Wilde, Virginia Woolf, Juan Rulfo. El presentador se viste y trasviste, buscando refugio en las letras, pero afuera, en la realidad, palabras como sangre, cuerpos, decapitados, cabezas o narcomantas se entremeten sin remedio en esta frágil casa de palabras. Los mensajes brutales de las narcomantas se empastan con los de aquellos libros que se anuncian como el mejor libro o el libro más leído de un país en el que nadie lee, formando un amasijo angustioso y el presentador-presentadora de Beltrán, al igual que el prensador de libros censurados de Una soledad demasiado ruidosa, del checo Boumil Hrabal, se empeña en rescatar a aquella literatura encarnándola, transmutándose en ella:

“Leer enerva. Leer es sobrevivir a una explosión de energía cósmica. Es vivir con la huella de la irracionalidad impresa en el hemisferio izquierdo, el de la razón, y hacer como si nada. No puede decirse: soy bipolar, soy maniaco depresivo, soy obsesivo compulsivo, soy esquizoide, he matado, he mentido, he hecho cosas que nunca imaginé que haría. He asesinado a mi padre. Me he acercado cautamente, sin el menor temblor, le he clavado un cuchillo en la espalda y he sobrevivido al crimen. Después, me he levantado fresco como una lechuga, he cargado con el balde de cerveza y, siendo la mujer corpulenta que soy, gracias a Carson McCullers me he acercado al portal del Café Triste y me he enamorado perdidamente de mi primo jorobado, a sabiendas de que no es mi primo y de que el desenlace será terrible. He hecho cosas que atentan contra mí. Cosas inauditas. Esto es leer. Leo. Y por tanto estoy obligado a hacer lo que sea con tal de sobrevivir en medio del diluvio.”

En este caso no es un Estado autoritario el que censura los libros y los manda prensar para que desaparezcan, sino una realidad sangrienta y el vacío de los mensajes mercadológicos los que amenazan con destruirlos igual que si los prensaran: es el fin del humanismo, de las ideas y las frases que anclan en nosotros para nutrirnos de la vida que la vida no da. “Un lector es un animal que vive con la sensibilidad a flor de piel pero es, sobre todo, un detective. Aprende a leer la poesía del mundo, que tarde o temprano se convertirá en la cicatriz del paisaje.” La desesperación de este lector, que transita en medio del México en el que nos hemos convertido, es una voz que se transmuta permanentemente y al hacerlo va creando su propio texto literario. Podría ser ensayo, pero no lo es; la novela de Rosa Beltrán es literatura que expresa su propia necesidad de existir para darnos sentido.

Ya he dicho en este espacio que Rosa Beltrán es una narradora que entre muchas otras cosas se pregunta en qué consiste la llamada felicidad. Su acercamiento a los libros de autoayuda es parte de este abordaje, entre humorístico y melancólico, de la insatisfacción. Siento que en este libro da un salto hacia una literatura más audaz, permeada por nuestra época incierta y a la vez cuestionadora de la identidad: ¿seremos lo que (no) leemos? Un libro al que la realidad puso en escena de manera tan ostentosa y brutal en la Feria de Guadalajara, debe ser un gran libro.

El año que se va se llevó a escritores entrañables que acompañaban con su obra y su presencia esta extraña marcha por el desierto en que se está convirtiendo nuestra vida pública: Eliseo Alberto, Tomás Segovia, Daniel Sada. Mi homenaje será leerlos.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez