Rosa Beltrán y sus Efectos secundarios

Mónica Lavín  
(El Universal, diciembre 17, 2011)


Beltrán ha escogido la particularidad de la novela corta, incisiva como el cuento y capaz de desarrollar a un personaje como la novela.

La novela más reciente de Rosa Beltrán, “Efectos secundarios”, es una experiencia de lectura sorpresiva y fascinante.

Para mí su novela más original y provocadora. Beltrán ha escogido la particularidad de la novela corta, incisiva como el cuento y capaz de desarrollar a un personaje como la novela, para contarnos la breve e intensa saga de un personaje de nuestro tiempo, de nuestro país, de nuestra escena cultural o mejor dicho del mercado de libros en que se ha convertido la escena editorial.   

El personaje es una presentadora de libros, una apasionada de la lectura que ha hecho de la presentación de novedades editoriales de éxito comercial, básicamente libros de autoayuda, su oficio.   

No porque lo suyo sea ese tipo de publicaciones pero sí porque es lo que le es solicitado sin paga alguna más que la esperanza de que le obsequiarán los libros que desea.   

El presentador en cuestión que ha sido, como lo explica, secuestrado por la lectura, intenta referirse a los autores y obras de su devoción mientras presenta libros como La felicidad es contagiosa, No conspires contra el gozo de vivir… Pensarán que me he equivocado al mencionar a un presentador que había sido presentadora algunas líneas más arriba.   

Pero ello es deliberado, como lo es en las propias páginas de “Efectos secundarios”, donde el personaje que habla de si mismo como un él, de pronto es la gorda para la mamá que le recrimina que no se ha casado por estar metida entre libros.   

Justamente es ese poder de los libros de tomarnos para si y convertirnos en los Raskolnikovs, Madame Bovarys, Sanchos, Kareninas de las páginas impresas, el que comienza subrayando Rosa Beltrán cuando el personaje lector es él o ella, es otro y está en Dublín, La Mancha , Ruan o Cuernavaca bajo el poder transmutador de la prosa.   

A la par que Beltrán va señalando los rasgos que definen a un lector, y haciendo de ellos la esencia del personaje: ella o él son lo que leen, y contando la progresiva batalla por defender las lecturas esenciales de el lector/lectora contra el avasallamiento de libros por presentar donde cada uno, como reza el cintillo, es el libro más leído del mundo, una realidad atroz de muertes acumuladas, de cuerpos decapitados, de mantas en puentes, de espacios minados se va desplegando frente al lector-presentador.   

“Una vez abierto el libro, echo los ojos a correr por su cuenta y los dejo libres, como adolescentes que se estrenan en la vida”, afirma la lectora, hasta que ya no es posible detenerlos sólo en el impreso pues aquellos muertos o las marchas de los deudos o ciudadanos solidarios agredidos por el miedo o la pérdida crecen y ahora los ojos intentan descifrar ese libro que es la realidad, esa realidad que es la más vendida de todas.   

Esa realidad que congrega a todos los lectores en un mismo escenario. Ese libro que se lee a pesar de no leerlo.   

Ese cintillo que no es necesario colocar porque la realidad absurda de un México secuestrado por una guerra entre narcos, contra narcos, se vende solo.   

¿Es la ficción una manera de leer la realidad o es la realidad una manera de la ficción que leemos aunque no nos lo propongamos? Aquel mundo que nos rebasa porque se escribe sin que se escriba o porque siempre se está escribiendo así como siempre se está leyendo más allá de los bordes del impreso o la pantalla, es la paradoja donde Rosa concentra su original mirada, su reflexión profunda acerca de nuestro presente.   

Mientras leíamos sobre un personaje que leía el libro más leído del mundo nos hemos tropezado con lo evidente.   

Somos parte de la trama del gran libro país que nos tiene secuestrados. La posibilidad redentora de la literatura que busca hurgar en el corazón humano no encuentra la manera de hacerlo con esta nueva historia.

No existe refugio alguno. Beltrán ha otorgado a la realidad que nos rebasa el carácter de ficción.   

Una ficción que no es de este mundo. Tal vez por ello, me topé con su colocación, absurda para reiterar la mirada de Beltrán, en una tienda que vende de todo (incluso libros), en el estante de Ciencia ficción.   

Podrán reír mientras leen a Beltrán y podrán desear que realmente fuese ciencia ficción, pero sus ojos exigirán otra cosa.  

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez