Migrantes de nosotros mismos

Rosa Beltrán

 

El signo de nuestro tiempo es la migración. Decir escritura es decir mutar, gente que migra y viaja. Pero migrar es poner en marcha la imaginación para suponer una diversidad de maneras de hacerlo. Desde las errancias a otros países y latitudes hasta los viajes hacia nuevas formas de identidad. La señal más determinante de la migración es la propia conciencia del cambio. Transformación perpetua, vertiginosidad, novedad. Si se habita en la urbe, saber que ninguna realidad espacial es permanente; que, en cierto modo, y aun sin habernos movido un ápice, todos somos migrantes continuos y somos por tanto exiliados de nosotros mismos. Nadie habita el lugar donde nació aunque siga viviendo en él. La transformación de la ciudad del XIX a las megalópolis del siglo XXI es tan vertiginosa que casi ningún barrio urbano es el mismo de hace siquiera diez años, cinco. Pero migrar es también reconfigurar lo que ya se percibía como lo distinto a principios del siglo XX. ¿Cómo explicar el matiz que hace diferente la imagen de “un hombre solo entre la multitud” y el de una mujer que se reúne en un café con tres amigas, y cada vez que se dispone a hablar con ellas, suenan los teléfonos móviles de las otras tres? ¿Cómo expresar la sensación de incomunicación cuando, aunque se tengan tres conversaciones simultáneas en escena, alguien no se ha reunido con las demás si, de hecho, está reunida? La situación opuesta es la de esperar que todos estemos disponibles para todos todo el tiempo. Cierto: hay mecanismos para huir del de la cita permanente a que nos llevan el correo electrónico, el móvil, el teléfono y todas las formas de requerimiento social, es cosa de pulsar el botón de “apagado” y listo. Sólo que no lo haremos. No podemos renunciar porque sin ese llamado nos sentimos excluidos. Diseñamos entonces estrategias parciales de indisponibilidad: huida de apenas unas horas, unos días a lo sumo. Hay quienes por su modo de vida no pueden estar desconectados ni ese tiempo. Las nuevas generaciones estarán –están ya, estamos—inmersos en la paradoja extrema y en un sentido, contraria, a la modernidad. La “conversación incesante”, la comunicación en el vacío que no cesa. Frente al fraile medieval que decidió destinar su vida a los otros renunciando a sí mismo y el burgués posmoderno que no tiene más remedio que hacerlo no hay tanta diferencia, aunque la motivación de ambos sea distinta. Como dijo Camus: no es el fin el que justifica los medios, son los medios los que justifican los fines.
2009
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez