El relato sin historia

Rosa Beltrán

 

A los que tienen un deseo insatisfecho, Dios les reservó un programa de televisión. Este programa es el Show de Cristina. La conductora, transformada en hada madrina de los hispanos radicados en el país de los sueños hará cualquier cosa por complacer el deseo de sus televidentes. Una mujer de edad indefinible pero con un sobrepeso bastante bien definido, tímida y ajada, modosa aunque también nerviosa, salida de unos cuarenta y tantos infiernos ha pedido por escrito su deseo: quiere una ovación cerrada. Que le aplaudan durante cinco minutos seguidos, sólo eso. La anfitriona ha preparado un estadio en Miami, con reflectores especiales y con quince mil voluntarios que a una señal comenzarán a aplaudir sin detenerse durante cinco minutos. Los reflectores se encienden, María Evelina Cardoso sale enfundada en un vestido de lentejuelas rojas, gorda y brillosa, como una foca bordada, muy maquillada, muy peinada de chongo, y de pronto, irrumpe triunfal, es decir, sale como puede a escena, mira a Cristina, ve la señal, el público empieza a aplaudir y ella agradece, humilde, con las manos cruzadas en el pecho, como ha visto hacer a otros, después levantando un brazo en señal de victoria, finalmente inclinando la frente presa de un llanto irrefrenable que le arruina el maquillaje, que le impide moverse, que le impide hacer nada, hasta que transcurridos los cinco minutos alguien viene por ella y se la lleva. La conductora reaparece, visiblemente conmovida. Qué hermoso es conceder un sueño. Sonríe satisfecha antes de irse a comerciales, presenciar el sueño de otro es volverse protagonista, es formar parte de él. Culmina así una emisión más del Show de Cristina: un gran salto para un hombre y un pequeño paso para la humanidad.

Asombrado, el televidente apaga el aparato. No sabe qué hacer, qué ha ocurrido aquí. En apariencia, todo lo que ha visto es auténtico. Vamos a ver, piensa. La gente que aplaude es auténtica, la emoción de la invitada y la de su anfitriona también, la emoción del público, el aplauso. Sólo que a uno le aplauden por algo. Un aplauso es un símbolo y aquello que el símbolo representa es lo que no está aquí: el motivo del aplauso. Un elemento esencial. Y eso hace de este aplauso, un aplauso vacío. 

El televidente sigue pensando durante el día en lo que ha visto. La emisión de este “show” le parece muy significativa, un emblema del mundo en que vivimos. Un mundo que privilegia la forma por encima del contenido o, mejor: un mundo donde el contenido ha sido sustraído en favor de la forma. Un tiempo que hace de la superficie de las cosas el contenido. Y que obliga al arte a expresar este hecho de un único modo posible: hablando de la superficie desde la superficie. No hay razón alguna detrás del aplauso y ése es el sentido. Es ahí donde radica la novedad. En el hecho de que el material de nuestros deseos esté hecho de relatos sin historia. Ver televisión puede o no ser algo frívolo, ver ese tipo de programas de alto raiting sin duda lo es. Pero ahondar en el significado de una escena como ésta, en cambio, no es algo fútil. Todo lo contrario: nos lleva a una reflexión sobre los modos en que los medios electrónicos y la cultura de masas han cambiado nuestra forma de leer y de representar el mundo.
  2009
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez