Los usos de la epidemia

Rosa Beltrán

 

Hay dos momentos que no existen: ayer y mañana. De los dos, uno se ha vuelto más improbable. Desde el 24 de abril de 2009, a medida que fuimos escuchando las noticias, el futuro era cada vez más una vaga idea: la esperanza de encontrar un cubrebocas, gel antibacterial, alcohol o cloro; la fecha de caducidad de la comida en el refrigerador. Hasta antes de este momento, pensábamos que lo que hiciéramos con nuestras vidas traería consecuencias determinantes. De pronto, la única repercusión de nuestros actos fue negativa: podíamos contagiar o ser contagiados. El mal estaba a la vuelta de los días, de la esquina, del sofá. No se veía. El problema es que a diferencia de otras catástrofes sociales el virus era un anuncio tras otro oído en la radio, un espacio en los titulares de todos los periódicos, varias cifras contradictorias y una amenaza fija. Grado 6. Pandemia. No veíamos gente caer a nuestro alrededor salvo en la pantalla televisiva: una toma o dos, varias repeticiones de alguien mayor en una camilla. ¿Era la misma o era otra persona? Varios transeúntes con tapabocas azules realizando compras de pánico, long shots de Paseo de la Reforma casi vacío, titulares en las noticias extranjeras sobre México: “Argentina y Cuba cierran sus fronteras”; “En Chile tratan a la selección mexicana como a apestados”. Pregunta de un reportero español desde el aeropuerto de Barajas a una turista mexicana: ¿A dónde viaja? Respuesta de la pasajera: A México. P: ¿Y no tiene miedo? R: No, ¿por qué? P: ¿No le dijeron que hay una epidemia de gripe porcina? R: Sí, mi mamá ya me explicó y aquí traigo mi tapabocas. P: ¿Y qué vino a hacer a España? R: A conocer Europa. Visité cinco países, estuve en Madrid, París, Roma… P (interrumpiendo, atónito): ¿Cinco aeropuertos en quince días? R: En realidad seis, por las conexiones. P (demudado): ¿Volvería a hacerlo en estos momentos? R: Claro que sí, fue un viaje precioso. Titular de la nota: “Los mexicanos no temen morir… ni matar”.

Para llenar la tensa espera, que es otra forma de decir, para saber si la ruleta detendrá o no su giro en el orificio cargado del cañón, comparar las noticias, arraigado en casa. Observar los cambios de imagen: “no debe llamarse Influenza Porcina porque se caen los precios de la carne de cerdo.” Propuesta de Israel: llamarla gripe mexicana. Explicación no pedida: todos los contagiantes han sido mexicanos. Medidas higiénicas: use tapabocas, no salude de beso, no dé la mano. Pregunta de una radioescucha al noticiero de Radio Red: ¿Bajará el índice de natalidad para el 2010 en nuestro país, a causa de estas medidas? Tosa a la altura del codo, en el brazo. Otra radioescucha, al aire: Que no se alcanza el codo, que qué hace. Actuar como Sherlock Holmes: encontrar el factor común; la razón que explique por qué sólo se mueren los mexicanos contagiados. Respuesta del Secretario de Salud: No podemos dar los nombres de los fallecidos “por respeto a su identidad”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué cuando uno muere de otra cosa, un paro cardiaco, un asesinato, un accidente, prácticamente cualquier cosa no hay este estigma? ¿Tienen alguna culpa los contagiados? ¿Al temor de enfermarse habrá que añadir un obituario vergonzoso? Las preguntas también son contagiosas. La que a mí me ronda en estos tiempos es ¿por qué en un país donde hasta hace días todo era violencia, secuestros, feminicidios, muertes atroces por narcotráfico, recesión en caída libre y desempleo, tenemos tantas ganas de vivir los mexicanos?
 
  2009
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez