La lección de Sheherezada

Rosa Beltrán

 

El caso de la atleta olímpica Caster Semenya muestra una de las situaciones más problemáticas en la era de las sexualidades construidas. ¿Qué hacer cuando un fruto no cabe en el anaquel de las manzanas ni en el de las peras? Desde 1992 la Federación Internacional de Atletismo concluyó que “todas las personas que desde su infancia o pubertad han sido consideradas legal y psicológicamente mujeres deben poder participar en competiciones deportivas femeninas independientemente de lo que digan sus cromosomas”. Para las competidoras que fueron fácilmente derrotadas por Semenya, la discusión no radica en la diferenciación genética sino en la desigualdad de oportunidades. La trasgresión, en caso de haberla, no está en la genitalia masculina ni en el hecho de poseer, entre los 23 pares de cromosomas, una Y, sino en competir contra alguien que es “más”: “más alto, más musculoso, más fuerte”. Esto parecería ser un reclamo justo. Pero a la indignación de algunas competidoras se suma la avalancha de comentarios airados en defensa de Semenya. Buena parte de la opinión pública considera que el sólo hecho de que alguien sea cuestionado en su sexualidad es algo que lo denigra. Mientras tanto, el asunto de la gesta olímpica ha quedado fuera de la contienda.

El tema de la ambigüedad sexual, tan antiguo, aparece en las Mil y una noches, tratado con humor y desparpajo. “La historia de la hija del rey” (noches 574 a 575) narra el episodio de un rey que en vísperas del ocaso de su vida no ha logrado tener un hijo de ninguna de sus cien mujeres. Una de ellas, decide hacer creer a su esposo que ha parido un varón. La mujer se vale de la ayuda de magos y hechiceros para convencer al rey de que no debe conocer a su hijo antes de que éste cumpla siete años. La hija es criada, educada y vestida como chico, de suerte que al llegar a una edad propicia, su padre “cada día más ufano de aquel hijo suyo” decidió casarlo con una princesa, hija de un rey comarcano. En la noche de bodas, la hija del rey se topa con un efrit en el bosque y le narra el apuro en que se encuentra. El efrit le propone trocar de sexo para sacarla del atolladero. Gracias al buen uso que hace de él, la princesa-príncipe logra embarazar a su esposa y según el convenio hecho, decide devolver intacto y sin mengua “el preciado rehén” que “en aquellos nueve meses de vida birlonga se había desarrollado y hermoseado”. Encuentra, sin embargo, que el efrit no puede devolver su prenda, pues en esos nueve meses ha quedado encinta del intendente, que al descubrirla mujer se encandiló con ella. La historia termina cuando ambos acuerdan quedarse como están y aun dar gracias a Alá porque hizo que todo se llevara a cabo sin daño ni perjuicio para nadie. Lo que impresiona a un lector actual de este episodio es la combinación de gracia, malicia y naturalidad con que se aborda un tema que hoy, a cientos de años de distancia, es incapaz de generar historias con final feliz. Una vez sustituida la magia por el tratamiento de hormonas y el efrit por el bisturí nos falta el ingenio para construir el desenlace. Y es que la utopía no se halla en las definiciones esenciales, sino en lo que somos capaces de hacer con ellas.
 
  12 de septiembre, 2009
 
< Anterior   Siguiente >

 

 

 

Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez