Rituales

Rosa Beltrán

 

Invento posturas, repito un mantra mientras bajo y subo abriendo ambas piernas y vuelvo a una misma palabra, me concentro. Por poco tiempo. Enseguida oigo un chiflido típico, quizá un trabajador; otro hombre al verme llama a su hijo con desconfianza; el dueño de la casa frente a la que estoy me observa, a punto de llamar a vigilancia. Pero basta con que me incorpore, me sacuda el pasto de la ropa, para que todos respiren y se recobre la calma. Ya no está haciendo “cosas raras”, qué alivio.  El hecho convencional es lo que nos une. No el acto cotidiano, sino el acto convencional. Aunque no tenga ningún sentido trascendente. Aunque nos paralice y haya asesinado algo, no sabemos qué. Frente al sentimiento profundo de la palabra repetida para sí, del movimiento para uno, del “acto gratuito”, frente al rito practicado desde tiempos ancestrales que algo debe hacer a nuestra humanidad, que debe tener un sentido antropológico ¿qué son los ritos convencionales que no nos llevan a nada, que nos vacían como personas? Asideros a eso que hemos dado en llamar “tejido social”.

Si llevo a cabo un ritual vacío de sentido, como comprar varios pares de zapatos, entrar y salir de una y otra tienda, la gente me sonríe. Estoy en el acto convencional. Siento un gran vacío, pero compro zapatos porque es la única forma de saber que pertenezco, como especie. Ejecuto un acto que compone una narrativa legible. Una vez más, la trama sin historia.

Sin embargo, hay ritos que habiendo sido convencionales en esta ciudad se han vuelto exóticos. Como caminar. Pasear sin el apremio de llegar a un punto por necesidad. La poesía y las crónicas modernistas de principios de siglo que hablaban del flanneur, ese imán andante que iba acumulando experiencias al tiempo que sumaba pasos citan a un animal extinto. Ese uso del cuerpo y del tiempo libre es uno de los tantos rituales que probablemente no volvamos a vivir; la conversación en las noches, las visitas a amigos y parientes por las tardes, las tertulias en cafés tampoco. De los rituales a punto de extinguirse hay uno que me ha tenido en un desasosiego permanente. Siento la amenaza como espada de Damocles, pesando tristemente en algunas noticias. Las del fin de semana pasado cubrieron ya las cinco columnas; han pasado por tanto en mi rasero a ocupar el sitio de lo real, desplazando al rumor. Se trata de la crisis de la prensa en diarios estadounidenses (Murdoch) y españoles (AEDE y PRISA). En ambos casos se habla de “malos tiempos”, de caídas de ingresos, reestructuraciones y ajustes. Recetas para escapar de la debacle, una de ellas la fusión de la versión digital y la prensa escrita. Suena lógico, incluso conveniente. El gasto de papel es antiecológico e inútil y si a eso se suman las secciones vacías de contenidos el dispendio resulta inaudito. La globalización de los medios nos hizo constatar la pobreza del periodismo en nuestro país. No hay editoriales de fondo donde no se tenga la sensación de la “rumia” de una noticia y los grandes reportajes ya no existen. Sin embargo, el hábito de leer la prensa escrita en lo que ahora se llama “soporte papel” conserva aún ventajas sobre la versión digital. Comprar el diario donde solía aparecer el suplemento cultural (o los suplementos, en sus mejores tiempos) y leerlo el fin de semana, temprano, con un café, es uno de los rituales que pronto empezaré a extrañar y que no podrá suplir la experiencia de leer delante de una pantalla. No sólo porque me hará falta el sol, la terraza o la calle, sino porque tengo la sospecha de que el medio no sólo es el mensaje sino la forma en la que experimentamos el mensaje. Internet exige velocidad, no rigor. Los lectores son –seremos-- más superficiales por el hecho indiscutible de que quienes escriben para la prensa digital están también obligados a serlo. La morosidad es un lujo que los medios digitales no pueden darse.
 
  28 de febrero, 2009
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez