Topografía del cuerpo

Rosa Beltrán

 

Junto con la violencia, el fetiche de nuestro tiempo es la presentación explícita del sexo. Un tópico fascinante que atraviesa todos los periodos de la historia del arte. Invariablemente aparece en compañía de sus primas hermanas: el tabú, la violación del tabú, la culpa y el castigo. Y esto es lo raro: que siendo él mismo desnudez, pierda todo su sentido si se presenta desnudo.

Desde las más antiguas manifestaciones en pintura, escultura y literatura, el juego entre sexualidad expuesta y pudor está detrás del artista, de la obra y de quien observa un cuerpo. Un cuerpo desnudo de mujer. Las zonas erógenas de ese cuerpo. Más exactamente: la vagina. La historia del descubrimiento de ese otro continente, según Ovidio, comienza así: Él (Acteón) es un cazador y sale a una expedición con sus perros de caza. De pronto, descubre por accidente a una mujer desnuda en el momento del baño. Ella (Diana), indignada por la mirada lujuriosa del observador y vulnerada en la indefensión de su cuerpo desnudo convierte al observador en un ciervo al que su jauría, incapaz de reconocer, devora. Fin de la historia. Como mito, resulta terrorífico. Explícito, también: la belleza no puede obtenerse sin pagar un precio. Tampoco el conocimiento, porque ésta es también, quizá, una alegoría de nuestra imposibilidad de conocer la Verdad.

“Diana y Acteón”, la espléndida muestra que se exhibe en el Kunst Palast de Düsseldorf es un ejercicio de pintura y literatura comparadas que refrenda el placer, pero sobre todo el horror, que dispara la revelación desvergonzada de la vagina. Más de 300 obras de colecciones públicas y privadas que van desde representaciones preclásicas en piedra y vasijas, a obras renacentistas, manieristas, impresionistas, fotografías, arte objeto, instalación. Un mismo tema y ningún punto de contacto entre el desnudo que se “ofrece” a la mirada masculina (Cranach, Rubens, Delacroix, Bonnard, Klossowski) y el que refuta esa mirada (Artemisa Gentileschi, Chloe Piene, Noritoshi Hirakawa, Jenny Saville, Liza Lou, Cindy Sherman, Marlene Dumas. Del franco rechazo a la mirada lujuriosa de obras como Susana y los viejos, de Gentileschi, a la brutal parodia que consiste en reducir el cuerpo femenino a una vagina. O a muchas vaginas, porque la exposición tiene una sala exclusivamente dedicada a las representaciones de esta porción del cuerpo, en todo tipo de formatos y materiales. Una crítica rabiosa y un “castigo” acaso más aterrador que el de Acteón convertido en ciervo pues en este caso Acteón, es decir, nosotros, observadores incrédulos, estamos obligados a presenciar no el pudor sino la revelación de esa vagina como si fuera lo único que hay, lo último que queda. Para muestra, cuatro botones: una escultura de tela dorada que representa una mujer sentada con las piernas detrás de la nuca, sacando la lengua, exhibiendo el sexo y con las manos en posición de orar (The Heretic, Liza Lou, 1969); el video de una mujer de pie, tomado desde abajo, en el que se confunden la vagina y la boca (Self Portrait, Piene, 1997); 18 fotografías de jóvenes japonesas vestidas con faldas cortas, en cuclillas, mostrando el sexo desnudo y con una mirada ajena a su propia exposición (Dreams of Tokio, Hirakawa, 1999); un óleo y fotograma de una mujer con las piernas abiertas exhibiendo el pene que sale de ellas y mirando desafiante al observador (Passage, Jenny Saville, 2004).

Un tema para reflexionar este 14 de febrero.
 
14 de febrero, 2009
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez