Reciclaje

Rosa Beltrán

 

Empachados de pavo y romeritos y todavía con los kilos de más que dejó el maratón Guadalupe-Reyes miramos con escepticismo dos saldos incontrovertibles: el año que se fue y los regalos que nos trajo. El regalo como tema o motivo literario aparece en la ficción muy temprano. Está en los cuentos populares que giran en torno al esquema de los tres deseos (siempre con funestos resultados, como castigo al pecado capital de la avaricia); en los cuentos con genios o figuras tutelares que otorgan presentes (desde Aladino y la lámpara maravillosa hasta Cenicienta) o en narraciones donde alguien es objeto de un conjuro que le otorga un don permanente en que se finca su desgracia (el rey Midas, por ejemplo). No hay, sin embargo, un cuento que hable de un regalo que en nuestra tradición goza de cierta prosapia: el roperazo. No podría decirse que el anillo mágico que va de mano en mano haciendo que su portador sufra cambios extraordinarios (enamorarse de lo primero que ve, como una mujer, su ministro o un río) sea o haya sido un roperazo, porque para serlo éste debe cumplir con, cuando menos, dos reglas básicas: a) ser un objeto inútil y b) ser reconocido como roperazo. La recesión ha sido buen pretexto para continuar con esa costumbre que los mexicanos hemos ejercido por años. Sólo que ahora vino acompañada de una causa que la legitima. Son tiempos de vacas flacas. En las recientes fiestas el roperazo no sólo fue símbolo de previsión sino de sensatez (sólo un loco habría echado la casa por la ventana comprando algo oneroso con el fin de regalarlo) o de probidad (¿quién habría podido costearlo sino un narcotraficante o un político?). Tras los despidos masivos y la enésima crisis –que esta vez se distingue de las anteriores en el hecho de que no la padeceremos solos-- no haber sucumbido al roperazo fue para algunos sinónimo de falta de comedimiento o arrogancia. Según ellos, sólo el pretencioso o el necio pudo darse el lujo de obsequiar. Tal como están las cosas, dar un regalo a otros fue como escupirles en la cara.

Lo anterior no es ni pretende ser una apología del roperazo. La idea que anima este artículo tiene en cambio la intención de explicarme por qué habré recibido tantos. Mencionaré sólo dos, porque me parecen símbolo de algo, aunque no sé de qué. El primero consistió en un sello para lacrar cartas. Además del hecho de que nadie manda cartas lacradas está el que la inicial no es la mía (tampoco la de quien me dio el regalo). De esto concluyo que hubo un tercer participante, es decir, que el sello de lacre es el resultado de un triángulo. El segundo regalo es mucho más enigmático. Se trata de una mascada o “pashmina” que me dio una tía. La primera sorpresa consistió en que al verla, reconocí en ella el regalo que yo misma le di a esa tía en la navidad del año pasado. El segundo enigma, de índole menor, si se quiere, fue comprobar que olía al perfume de la tía, es decir, que había sido usado. Y el tercero y más misterioso asunto es que se trataba de un regalo que alguien me dio antes de que yo se lo diera a la tía: el único roperazo que he dado. Aquí se abren dos cuestiones: ¿Por qué, mientras yo pensé que la pashmina era de gusto tiíl (algo que respondía a las expectativas de una tía) mi tía pudo pensar que era de gusto sobrinil (algo apropiado para una sobrina)? Y ¿por qué regresó el regalo? La lección moral que obtengo es que hay un mundo paralelo, lleno de objetos de los que uno no se puede ni se podrá deshacer y por tanto convendrá pensar de qué modo afectará a la literatura esa práctica posmoderna que se acentúa en los tiempos que corren: el reciclaje.
 
17 de enero, 2009
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez