Contra la barbarie*

Rosa Beltrán

 

He aquí la pregunta de nuestro tiempo: ¿cómo puede el ser humano conocer el significado, el valor y la verdad si éstos ya no son expresados por el lenguaje? Los últimos acontecimientos en Wall Street y el engaño bancario han atizado el fuego que calcinó las esperanzas tras la primera y la segunda guerras y la invasión de EU a Medio Oriente en el siglo XXI y han reducido la fe irrestricta en la democracia. Hoy, también está puesta en riesgo la credibilidad.

¿Cuál es el sentido moral de nuestra época? ¿Y el sentido estético? Dostoievsky y Baudelaire ya habían previsto que la modernidad “es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente”. Pero esos que fueron conceptos nuevos para el siglo XX hoy se ven reforzados por el avance imparable de las tecnologías y el mercado como único rector. De modo que como sociedad nos sentimos arrobados por la novedad, la velocidad y el progreso ¿igual que antes? No; mucho más que antes. La sensación de cataclismo económico no nos hace desear menos, al contario, nos lanza a la acumulación y el consumo y si esto no es posible, nos insta al menos a su veneración. Y cada vez más, a la expulsión de la Historia. Que el pasado no sea más que el presente inmediato: tengo memoria en tanto sea capaz de recordar lo que deseo hoy. Queremos el mundo (global) y lo queremos ahora. Y si ese mundo está hecho de plástico, fosfatos y nano cables, mejor. No queremos oír nada que tenga que ver con la revisión del pasado, nada que no suene a absoluta, fragmentada, llena de clichés pero experimental novedad. La eternidad es lo que ocurrió anoche, y ocurrirá el próximo fin de semana si la memoria nos permite acordarnos. ¿Para qué pensar en lo trascendente si tenemos tan poco tiempo?

La inexorable consecuencia es que el significado ha dejado de existir. O, en términos menos catastróficos pero más angustiantes: ¿dónde está? ¿Qué  es lo realmente importante? Si está en algo, es en lo arbitrario y en lo provisional. En la fiesta a la ausencia de valor. Vivimos en duelo, en huida, en terapia permanente (lo único permanente, quizá) a causa de la pérdida –que data ya de un siglo—de la eternidad. A merced del presente y de lo efímero. ¿Qué hacer entonces?

 
a) Vagar, apresurados y atosigados, a través de un mundo carente de sentido, perseguidos por la falta de tiempo. Esa es una opción.
 

Hay otra.

 

b) Volver al humanismo, que es la forma anterior de llamar a la democracia. Volver al arte.


Pero, ¿a cuál humanismo y a cuál arte? ¿Deberíamos sentirnos conformes si fuéramos capaces de encontrar algún sentido de la eternidad en lo efímero, algún sentido de lo efímero, si fuéramos capaces de encontrar al menos algún sentido? Thomas Mann describió la esencia del ser humano como el “eterno enigma que el hombre constituye para sí mismo”. La elección que hemos hecho hasta ahora es el centro del enigma.


*En torno al libro Nobleza de espíritu, de Rob Riemen, UNAM, Dirección de literatura-El equilibrista, México, 2008.
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez