Cortázar revisitado

Rosa Beltrán

 

Cuando de aniversarios se trata, convivir con la impostura es una tentación. ¿Por qué se siente tan bien hablar de los autores consagrados, reiterar los elogios hechos por otros sin cambiar el punto de vista un ápice? Y, sobre todo, ¿qué nos da el ensalzar emociones que uno no ha sentido sobre una obra avalada por el consenso a través del tiempo? Nos da autoridad, claro. Nos da prestigio. Nos hace sentirnos parte de una cofradía de elegidos (lo enigmático es que ese clan es cada vez más grande, pues hoy opina todo mundo). Hay algo en el hecho de insistir sobre el lugar común no comparable a ninguna otra experiencia. Y si uno no ha leído el libro del que habla el placer se acrecienta, como lo confirman los artículos sobre el éxito editorial del libro Cómo hablar de libros que uno no ha leído, de reciente aparición en varias lenguas.

En el caso de Cortázar es pasmoso ver la exactitud con que se repiten los adjetivos para calificar su obra. Para mí ha sido digno de atención que generaciones sucesivas hablen —sigan hablando— de Rayuela como ejemplo de novela infinita y que sus protagonistas sean vistos como la “pareja ideal” por los jóvenes. ¿Cuáles jóvenes? ¿Quién dice esto? Me parece que aquí hay un tema que merece atención. El de las lecturas “cristalizadas”. El del mito construido por el propio autor que lo vuelve de una vez y para siempre en esto o lo otro. Hasta que deja de serlo, claro. Cómo leemos un libro fuera del libro o de qué modo la crítica nos impide leer un libro realmente. Planteo esto a modo de aclaración. No tengo interés en fungir de lector macho. O lectora hembra (la sola clasificación hecha por el genial cuentista argentino es, como salta a la vista, “sospechosa”). Me interesa leer. Me interesa la literatura. Una vez dejado esto en claro, hay una pregunta retórica que me gustaría que alguien me respondiera: ¿por qué en la celebración anual a Cortázar hay la misma lectura de sus personajes, el mismo interés de constituirlos en arquetipos? Hacer la relectura de Cortázar observando el modo en que se reinterpretan y se transforman sus temas y sus personajes es hablar de que su obra es algo más que ese cadáver obligado a hablar de sí mismo, en idénticos términos, en cada aniversario.

Ni siquiera en mi adolescencia pude ver a la Maga y a su ardiente compañero como un modelo a imitar. La diferencia con Boquitas pintadas, de Manuel Puig, es que confrontada con Rayuela, la segunda hace del “ideal estereotipado” de la feminidad y la masculinidad una parodia. Al ser narrada por alguien –un hombre-- en tono hierático, no es raro que en Rayuela enmudezca la heroína. La amada inmóvil nos ha seducido por siglos… hasta que nos convertimos en ella. Lo  significativo aquí es que la crítica siga tomando a los protagonistas de Rayuela como el prototipo del amor libertario que permanece inmóvil, él también, durante décadas. O que finjamos tomarlos. O que querramos seguir fingiendo. Porque una lectura crítica del estereotipo habla de una forma de pensar y vivir la pareja que ya no opera. Hoy Anna Karenina no se lanza bajo las vías del tren; Emma Bovary no se queda al lado de Charles; Mme. de Tourvel no se suicida de amor por Valmont en un convento y lo más probable es que Penélope —a sea que despida o no a los pretendientes cada noche— no sepa tejer ni le interese.

Claro que esto no es lo que hace o deja de hacer de una obra una obra maestra. Tampoco habla esta columna de la falta de frescura, la técnica que empieza a sentirse como un fardo, en Rayuela. Ni de la sorprendente actualidad de cuentos como “Final del juego”.Final del Juego o La noche boca arriba no podemos no ver que a los protagonistas de Rayuela las líneas de expresión se les han vuelto arrugas profundas, que han encanecido... y cojean.
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez