De eso se trata

Rosa Beltrán


Cuando los especialistas aconsejan leer por gusto pienso en si habrá otro modo de hacerlo. ¿Es posible leer por el mero disgusto de emprender esta tarea? ¿Leer, digamos, con el secreto interés de eliminar lo escrito al pasar los ojos por las páginas del objeto aborrecido, o sea el libro?  Escribir por disgusto es menos difícil; la crítica literaria está llena de buenos ejemplos. Hay quienes escriben con rabia o con mala fe, incluso con saña, espléndidos libros. Contra Saint Beuve es quizá el mejor ejemplo de cómo se puede hacer teoría literaria a costa de la poética que uno aborrece. Escribir ensayos es un acto narcisista. Y como el crítico que habla sobre otros acaba por hablar más de sí mismo y de su poética, hablar siempre mal de los demás es signo de no estar conforme con uno, además de una pérdida de tiempo. Alfonso Reyes, que escribió tanto y de todo estaba convencido de que la crítica también encomia y aplaude. Leer un buen libro es estar a su altura y haber sido elegido como lector por él. “Considero que los libros se ocultan a los indignos y se presentan en forma inusual ante quienes los merecen”, dice Juan Villoro. Por eso, imagino que leí De eso se trata porque lo merecía. Me había ganado el derecho a saber que Tomás Segovia honra a Shakespeare al traducir su Hamlet vertiéndolo a un idioma común a la generación de españoles que llegó a México con la guerra civil porque nos da cercanía a una obra que siempre se sentirá extranjera. Como traductor consigue “la ilusión de un idioma”; las palabras que le convienen y no las que corresponden a un clásico que no existió en nuestra lengua.  Merecía, también, conocer la vida secreta de Hemingway; la relación entre la descripción de la Naturaleza y los procesos de la mente en Malcolm Lowry y el arrepentimiento de Mann sobre sus primeros juicios a Chejov, a quien creía un mal escritor porque era un hombre esencialmente bueno. Y saber que mi resistencia a viajar aunque viaje, es el síndrome de algunos autores de la Ilustración: Lichtenberg fue un sedentario con la mente en otro sitio. Una de las mejores definiciones de lo que es la literatura está en este capítulo y en la confesión de este autor que “más que en este mundo, vivía en sus posibles desarrollos”.

En la era superyoica en que vivimos parecemos no concebir que un autor no tenga biografía. Queremos conocer la vida paralela que acompañó sus obras, aunque ésta no consista más que en la pérdida progresiva de pelo sobre el teclado. Estamos dispuestos a creer en su propio mito, devoramos su intimidad y hasta damos por hecho que Homero fue realmente fue Homero y escribió la Odisea (aunque Doctorow lo ponga en duda) y “Anónimo” era un barbero o un cirujano o un caballero diestro, cualquier fisonomía detrás de El lazarillo o el Poema de Mío Cid antes que una voz sin rostro. Porque necesitamos “encarnar” al autor; que nos acompañe en la lectura de su obra; que nos muestre a través de quienes lo han leído amorosamente y bien, otras puertas de acceso. Porque, ya que estamos en plan de merecer, queremos que la lectura de los libros amados no se acabe. Y por suerte, no se acaba: el espléndido libro de ensayos de Villoro nos confirma que leer en compañía hace que una obra tenga infinitas vidas.
 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez