Del lacrimario al posmodernismo

Rosa Beltrán



En la película Besos brujos (1937), Libertad Lamarque se lanza contra el canalla que la ha secuestrado buscando echarlo de su vida, pero antes le exige: “devuélveme los besos que me robaste” y acto seguido se hace cargo de la devolución, es decir, lo besa. La primera vez que vi esta escena mi reacción fue de pasmo y fascinación. Sabía de amantes despechadas que tras la ruptura pedían la devolución de cartas, anillos, listones. En cambio, no había sabido de nadie que pidiera la devolución de sus besos. Las frases del cine mexicano de la “época de oro” son algo más que el kitsch que hoy vemos con distancia. Son el retrato hablado —nunca mejor usado el término— de nuestra educación sentimental tan cercana a ciertos pasajes del absurdo que sin embargo vivimos como “lo auténtico”. Esas escenas hablaban y hablan de un modo de sentir que está en nuestro inconsciente colectivo y nos hace ser como somos, para sorpresa de otras idiosincrasias. Lo sorprendente de las reacciones que vivimos como únicas posibles es que no son nuestras. Van precedidas de imágenes extraídas del museo visual que según Susan Sontag nace con la fotografía pero culmina en el cine. El mexicano provee los gestos y las posibilidades de ser que aún nos definen. Si no, ¿de dónde viene el orgullo hiperbólico de un mexicano herido? ¿El orgullo, digamos, de un político atacado en su dignidad, aunque no la tenga? ¿Y el llanto? ¿De dónde viene tanto llanto? ¿Por qué lloran en pantalla, tan a gusto, los pobres, los ricos, las pérfidas clases medias, formando un lacrimario nacional del que más tarde se desprende la así llamada Industria de la lágrima?

El llanto, que sigue siendo un elemento estético y moral (hay una ecuación que se pretende lección ejemplar: abnegación igual a cromosoma XX) es también un recurso de poder, aunque el cine no lo exhiba. El poder matriarcal del llanto y el chantaje operan de un modo inverso a los argumentos del cine de los cuarenta, y hacen de las relaciones algo no explorado en la literatura. No hay una obra en la que una madre, o una esposa naveguen a su Ítaca particular sorteando exitosas las corrientes del mar de su propio llanto.

A veces me he preguntado de dónde viene la naturaleza trágica de los mexicanos para quienes la Conquista y la Revolución están ya lejos. Creo que de un elemento cromático. En las películas que vieron sus padres no había más forma de sentir el mundo que a través del blanco y el negro, sabiendo siempre que predominaría el negro, por supuesto. Estas imágenes construyeron la imagen edénica de un México que nunca fue más que a 24 cuadros por segundo pero en el que las siguientes generaciones creemos o queremos creer porque ésta es quizá la única forma de sobrevivir al cerco de violencia que rodea nuestras casas y nuestras mentes, a un país donde no nos explicamos que se haya visto en el cielo algo más que la amenaza de un sino fatal detrás de los cables. Por contraposición, me interesa la literatura que ahonda en el sentido vital del absurdo donde el mundo del revés descubre el lado fútil y ridículo de la vida pero también el sabor agridulce de la risa. Un fruto prohibido en el edén del llanto del cine nacional y en el paraíso de las ideas y las representaciones hieráticas sobre la vida, donde la herencia no nos permite pensar que reírnos de nosotros mismos es, puede ser, un recurso de Arte Mayor. Un estilo donde lo que se exalte sea el escándalo de lo solemne y el divorcio con el humor que en cambio ha estado presente en todos los grandes autores, desde Shakespeare y Cervantes hasta Rabelais y Kafka.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez