Nuevas formas del limbo

Rosa Beltrán



Basta con abrir una historia de la literatura para conocer el tiempo y destino de los libros escritos que hemos decidido recordar. La historia de los que no se escribieron es menos conocida, pero más enigmática. Mi favorita, sin embargo, a medio camino entre ambas, es la de aquellos libros que habiendo sido escritos no llegaron a leerse. En los días hechos de pura duda en que ni siquiera las obras que leo parecen tener la respuesta, me da por pensar en ese paraíso instantáneo y perdido en que algo fue escrito y se esfumó. Un párrafo apenas o bien la versión de aquel manuscrito que quedó oculto para siempre por ese otro, el impostor; un signo de puntuación, una coma que cambió el sentido o la palabra a la que uno puso “delete”, impulsado quién sabe por qué. Como sabemos que el conocimiento que tenemos del mundo es limitado, no es gratuito suponer, a veces, que  acaso el lado faltante se encuentre en esas huellas escritas que ya no nos será dado conocer. ¿Por qué se pierden las palabras? Y si no están perdidas del todo ¿será posible recobrarlas alguna vez y cerrar el ciclo de las dudas?

Aunque según la Iglesia católica el limbo ya no existe, las nuevas tecnologías han venido a dar fe de ese espacio donde ciertas palabras se pierden sin desaparecer y sin que sea posible traerlas a la gloria de la creación o enviarlas al infierno del olvido. Quien use el Internet, habrá vivido la experiencia de ver abducido un texto completo o un simple signo: no es cuestión de cantidad. La desaparición de una letra apenas —más que un impulso eléctrico una voluntad de ser— es prueba fehaciente de que ese no-lugar existe aunque hoy por razones fuera de nuestra fe nos lo quieran de nuevo escamotear. En días recientes, a una amiga se le perdió un documento extensísimo que se fue a un lugar llamado “archivo temporal”, es decir, en buen mexicano está “en calidad de mientras”… por toda la eternidad. Nadie ha podido dar con él. Otro escritor, amigo de fiar, perdió un correo electrónico que juró haber mandado a una dirección precisa. A mí, hace un par de meses, se me perdió la arroba. Lo que da pie a una interesante cuestión. Si no existe el limbo ¿a dónde se van los archivos que se pierden? ¿Qué hacen allí? ¿Conviven de algún modo con las palabras de otros archivos igualmente perdidos? Pero sobre todo: por qué se van. Si fueron bautizados y hasta recibieron la bendición antes del “clic” fatal ¿cuál es el criterio de su desaparición, quién lo decide y para qué?

Una respuesta provisional aunque no satisfactoria es que Borges y antes de él tantos otros tenían razón: ni somos arquitectos de nuestro propio destino ni existe la originalidad. Algo, alguien nos escribe. La propia computadora nos enmienda la plana, escribe sobre nuestra escritura, obedeciendo quién sabe qué oscura voluntad. La mía escribe “Chichón” en vez de  Chichén (Itzá), “masteriza” por “pasteuriza”, “undo” por mundo. Una forma velada de censura. Una prueba más de la existencia de Dios —el dios de la escritura— que ejerce desde la posmodernidad su mandato y manifiesta su rechazo al acto de crear, corrigiéndolo, este ser de impulsos eléctricos o de tinta que inventamos con el fin de atenuar nuestra orfandad y hacernos compañía.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez