El año del perro

Eve Gil
Suplemeno Arena, Excélsior, 12 de mayo de 2002



portada-paraiso-punto-230.jpg“Fue en el año del perro. No el año del Astuto Guardián del horóscopo chino, sino el año en que el presidente dijo que defendería el peso como un perro", así comienza la nueva novela de Rosa Beltrán, El paraíso que fuimos (Seix Barral, Biblioteca Breve), que nos remite a un episodio harto fami­liar del México de finales de los setenta, marco de esta historia donde, gracias al recurso paródico, se logra el connubio entre política y religión. Su novela anterior, ganadora del Premio Planeta 1995, La corte de los ilusos, echaba mano de estos mismos elementos, refiriéndose en un refresquero que goza de vasta in­fluencia política —aunque nunca mencio­na que tenga ambiciones de alcanzar la presidencia, así que, calma— y no vacila en valerse de tal influencia para jugarle sucio a la competencia. La mamá, Encamación, empieza siendo un par de bonitas y depi­ladas piernas que incurre repentinamen­te en significativas reflexiones respecto a su propio ser decorativo: "Y lo que Jehová le dio fue una mujer única, que es lo mejor que te pueden dar en la vida. Pero Adán no pudo darse cuenta del prodigio, porque tenía la idea de que eso era lo mejor que se podía obtener por una costilla. Y si eso se obtenía de una costilla, cuánto hecho más distante: el imperio de Agustín de Iturbide, aunque sea el personaje de la princesa Incolaza, la hermana loca y desdentada del emperador, quien aca­para la atención del lector. Ya entonces, esta autora mexicana, nacida en 1960, maravilló a la crítica especializada con su prodigioso empleo del pastiche, que en esta segunda obra pareciera enfatizarse. El paraíso que fuimos es algo más que la his­toria de la familia Martínez del Hoyo, que aunque habite un edén de las Lomas de Chapultepec, es clasemediera de cora­zón. El papá, Rodolfo, es un empresario más hubiera podido obtener por un brazo completo, o por el corazón. Y Adán se dor­mía pensando en aquella otra, inexisten­te. En la mujer que hubiera podido nacer de su corazón" (pag. 85).

Encarnación y Rodolfo no procrean a Caín y a Abel, como pudiera pensarse, sino a dos hijas convencionales y un hijo, Tobías, cuyas ambiciones rebasan por mucho las del padre: quiere ser santo. En este personaje recae el peso de la trama. Es a través de sus enajenados ojos como la vulgar cotidianidad de esta familia adquiere dimensiones bíblicas. Tobías no nace por obra del Espíritu Santo, antes bien, llega al mundo pesando cua­tro kilos ochocientos gramos, detalle en el que la maltrecha madre cree advertir el pri­mer indicio de singularidad en su hijo. Las travesuras del santo están plagadas de autoflagelaciones; sue­ña con ser crucificado, cuando menos, des­cuartizado o ahorca­do, pero sus amiguitos no quieren parti­cipar en sus juegos. Mientras otros niños normales reúnen estampitas de Hannah Barbera, Tobías prefiere las de santos que le proporciona Aurelia, la cocinera. Por otro lado, no le atrae en lo absoluto coleccionar lápices ni lagartijas, si­no costras de sus pro­pias llagas. El que se introduzca un fríjol en el oído y se convierta de pronto en enre­dadera viviente, alerta a sus padres, sí, pero una vez pasado el peligro desechan lo acontecido como una travesura más del niño. Así pues, El paraíso que fuimos transcurre entre las broncas domésticas del resto de la familia Martínez del Hoyo y la inexorable carrera hacia la canonización de Tobías. Rosa Beltrán, nos dice Ute Seydel refiriéndose a La corte de los ilusos en el libro Territorio de leonas (UAM, 2001), "alude a esta función de la literatura deci­monónica, mediante el pastiche y la parodia. Al mismo tiempo se burla de los discursos pedagógicos de aquellas nove­las que pretendían participar, desde la escritura literaria, en la formación de un ciudadano ideal en su educación y en la superación del oscurantismo". Creo que sería razonable atribuirle el mismo leit motiv a su segunda novela, que parodia el lenguaje de los manuales de autoayuda en que suelen apoyarse los empresarios de la calaña de Rodolfo; y las mujeres de éstos, que tarde o temprano terminan por emular la filo­sofía new age de las Cuquitas que le lle­van la contabilidad al esposo, tienen tres hijos de distin­to padre y no vaci­lan en seducir al jefe y hacerse amigas de la mujer de éste (vaya lío).

Rosa Beltrán es doctora en literatura comparada por la Universidad de California. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y actualmente es invitada por universidades del extranjero para impartir cursos y conferencias. Además de las novelas aquí analizadas, publicó dos libros de cuentos: La espera (1986) y Amores que matan (Joaquín Mortiz, 1996), así como un libro de ensayos: América sin americanismos.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez