Rosa Beltrán: visiones y ficciones

Roberto García Bonilla
Los Universitarios, abril de 1997



La escritora Rosa Beltrán es conocida sobre todo por su novela La corte de los ilusos (Premio Planeta, Joaquín Mortiz, 1995); antes publicó La espera (SEP/ CREA, 1986), y recientemente apareció Amores que matan (Joaquín Mortiz, 1996) y América sin americanis­mos (Facultad de Filosofía y Letras/ Coordinación de Humanidades, 1996), ensayo en que su autora indaga sobre el discurso de los textos que sobre América se ha desarrollado; ese trasfondo que ha creado una imagen de América como continente que no fue ni es más que la visión que el poder, —ya sea disfrazado o descubierto— ha es­bozado, delineado y configurado no sin sanciones, inquisiciones, leyes y certificaciones, pero también desde textos donde la memoria, la ficción, la fe y los patrocinadores de esos viajes han dejado una historia que va del hito al mito.

portada-corte-01-230.jpgLa corte de los ilusos rescata la figura del emperador despojado de su etéreo poder; alcanza su intimidad. La escri­tora observa: "la vida privada siempre ha quedado fuera del registro de la historia —donde las mujeres siempre han sido los extras de esta gran pelícu­la—"; así se explica que en esta novela la escritora, académica y periodista tenga como protagonista central a la princesa, hermana del emperador. Le­jos de la historia oficial, tan numeral como cuestionable, funde con intensi­dad anímica y precisión estilística ca­racteres y formas de vida observadas por quien sostiene que el escritor debe de aspirar a una verdad humana y no a la verdad histórica.

Corría el año de 1821, el último vi­rrey Juan O'Donojú acepta negociar con Iturbide; el 27 de septiembre el Ejército Trigarante, con Iturbide al frente, hizo su entrada a México. Ocho meses después Iturbide se proclama Emperador. Abdicará el 19 de marzo de 1823. Esta referencia cronológica, sin embargo, está lejos de designar esta novela como histórica. La corte es, sobre todo, un rescate del habla cotidiana, porque para quien escribe —observa la escritora— lo más importante es el em­pleo que hace del lenguaje y ese em­pleo, así sea coloquial, debe ser un acto previamente pensado de esa manera. La suma de todo dio como resultado este libro que es una especie de arqueo­logía de la vida privada y —si se quiere de un modo más frívolo— un relato de los chismes que rodearon un momento de la mexicanidad".

Amores que matan recoge la mayoría de los cuentos de La espera y agrega varios más, quedando doce textos cu­yo tema itinerante es el amor, en cuyos distintos enfoques, la presencia narra­tiva de la mujer es predominante. Rosa Beltrán penetra en la intimidad aními­ca de sus personajes, que sin ser proto­típicos —los paradigmas se erosionan día a día, más a más— se representan un momento reconocible en nuestra realidad, cuyas huellas más palpables no están en la búsqueda vehemencial, el riesgo desenfrenado o la dicha pro­longada.

En estos cuentos las narraciones dan cuenta de realidades reconocibles en el presente; pero rebasan la linealidad anecdótica a través de un constante interrogatorio a lo largo de las histo­rias. Y si la materia con que se tejen anécdotas y situaciones son los senti­mientos, Rosa Beltrán los disecciona, en el devenir de experiencias y dudas de sus personajes. No se queda en la­mentosos y lamentables regodeos sen­timentales. Y aunque su visión y su experiencia, como mujer y escritora, siempre están presentes, marca la dis­tancia necesaria para que cada voz, cada ocurrencia, cada afirmación, apa­rezcan naturales; sin el engolamiento de los autores que al escribir no se pue­den separar de sus personajes.

portada-amores-booket-230.jpgEse distanciamiento se logra con la delimitación de registros que no se pierden en quejidos susurrantes ni en imprecaciones altisonantes. Y el intimismo de estos cuentos no se sostiene en las anécdotas, sino en la elaboración formal del texto: la verosimilitud de las voces no está en sus afirmaciones con­vincentes, sino en frases que se meditan en el mismo instante de su pronuncia­miento. La elaboración de las narraciones es directamente proporcional a su naturalidad. (Hace algunos años decidi­mos entrar en el matrimonio con la alegre certeza de quienes entran en su perdición. No es que no nos guste la intimidad; a ella debemos una serie de canonjías insospecha­das. "Amor conyugal"). La duda y la sospecha "sombrean a las narradoras de Amores que matan, pero el desenfado es medio propicio para que el pesar o el hastío no se transformen en drama. (Una no sabe gran cosa de otras áreas por­que acaba de entrar con cuarenta años y una pobre cultura a hacer la carrera, pero puede imaginar que salvo los nombres, na­da cambia, en esencia, en los salones conti­guos. "Grafitti").

Sin proclamar posturas defensoras de la condición de mujer —como suelen decir de las posiciones feministas—, las narradoras de Rosa Beltrán aceptan sin aspavientos que la zarandeada igualdad entre los sexos es inexistente. No hay tragedia; la desdicha no tiene sexo (Una vida cercada por un muro que sin duda sabemos hermosa y familiar, pero oprimente. Finalmente como todo muro, una distancia [...] sólo en función de esa distancia con la que algún día fuimos, todos los hombres somos en cierto modo desgra­ciados, aunque no sea sino por el mero hecho de tener que vivir acordándonos de algo.)

Después de todo la fuerza discursi­va se revela tan poderosamente en las relaciones individuales como en las institucionales. Y sólo la estrechez del pensamiento y la ceguera de los prejui­cios pueden ver la incomprensión en­tre los sexos con revanchismo. Nadie se salva, ([el] deleite casi voluptuoso que experimenté en el momento de darme cuen­ta de que la intención de este hombre, que me había amado unos minutos antes, era realmente la de robarme [...] Me levanto de la banca, él me grita, no lo oigo, me insulta. Qué más da. Esta vez, yo he cubierto todos los gastos. "Isla en el lago").

La ironía es un recurso estilístico que permite a la escritora en estos cuentos ser crítica sin solemnidad ni espesores fraseológicos. El proceso escritural sirve al habla cotidiana y a la acción por igual, dando consistencia a los textos. (Al grito de 'Yo no soy criada de nadie', Juanita abandonó el lecho conyu­gal. Volvió pronto, porque se había olvi­dado de tender la cama. "Liberación femenina").

Estos cuentos marcan a una escrito­ra que está lejos de las complacencias anecdóticas, y en cuyos futuros textos se avizora la hondura vivencial y la imbricación escritural.

Rosa Beltrán es doctora en literatura comparada por la Universidad de Ca­lifornia en Los Angeles. En América sin americanismos, el lugar del estilo en la épica rebasa las implicaciones lingüís­ticas de su título. Rastrea los distintos discursos que sobre América se han forjado desde los textos escritos por los cronistas de Indias, los viajeros y los aventureros que llegaron a América con la avidez de tesoros y explotación de recursos naturales. Desde el siglo XVI hasta nuestros días se entremezclan y se sobreponen las ideas sobre América y lo americano; lugar de utopías; tierras exóticas; edén recuperado, cuyos habitantes destacan más por ser antropófagos que por la exuberancia y riqueza de sus culturas, totalmente inéditas para la visión que de nuestro continente han tenido Europa y la América sajona.

portada-america-230.jpgAl confrontar textos cuyos fines y autores son disímbolos, Rosa Beltrán se responde cuáles —a más de medio milenio de distancia de nuestro ingreso a occidente— son las ideas que sos­tienen la pertenencia de América a Oc­cidente. Más aún: “¿cuáles son los engranajes ideológicos y discursivos que hay detrás de los autores que in­tentan redefinir las nociones de Amé­rica y los americanos a través de los textos [...]. Mi impresión inicial es que el escritor americano se encuentra bajo el dominio de un discurso sobre Amé­rica impuesto durante el siglo XV, y que este discurso mediatiza sus intentos de autodefinición y lo obliga a asumirse, a través de la lengua, como parte de la cultura de la que se pretende diferen­ciar". Desde una perspectiva histórica, la investigadora ahonda en las distin­tas poéticas que permitan expresar la constante necesidad del escritor de re­valorar y a la vez oponerse a la tradi­ción.

Qué hay detrás de Los Cuatro Diarios del Almirante de Cristóbal Colón, o de crónicas como las de John Smith; en el primero la premeditación en un desti­natario y en True Relation of Ocurrences and Accidentes in And in Virginia ayuda a la edificación de la retórica de la per­secución y cautiverio que más tarde se reflejará en el discurso político y do­méstico de Estados Unidos. Dos casos particulares serán Bernal Díaz del Cas­tillo (La verdadera historia de la conquista de la Nueva España) y Guarnan Poma de Ayala (Nueva crónica y buen gobierno), cuya visión confronta las crónicas sa­jonas. Es un "discurso oscilante que duda de sus posibilidades de repre­sentación y que cuestiona la validez del propósito de la conquista".

América sin americanismos analiza los procesos discursivos literarios, la trans­formación de las visiones que al paso del tiempo han creado y difundido la idea de lo que es América, y destaca los textos que han conferido una identi­dad latinoamericana. Implícitamente queda en entredicho la idea de la ver­dad histórica: "si la hay, no es el resul­tado de la imposición de una visión, sino la imagen que proyecta una infini­dad de voces que coinciden, se alter­nan, se yuxtaponen, se cuestionan y contradicen.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez