Los mexicanos somos crédulos hasta el escándalo: Rosa Beltrán

Cristina Pérez Stadelmann
1995


portada-ilusos-230.jpgRosa Beltrán, ganadora del Premio Internacional Planeta-Joaquín Mortiz 1995, narradora, académica y periodista egresada de la carrera de letras hispánicas de la UNAM, doctora en literatura comparada por la Uni­versidad de California en Los Ánge­les, y profesora de esta especialidad en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, se refiere a su primera novela La corte de los ilusos como una reflexión en torno al sueño masculino del poder a partir del in­fortunado imperio de Iturbide. Con­tada desde el ámbito de la vida doméstica, es la historia de los breves meses del que quiso ser "el imperio más grande sobre la tierra", la de los sueños e ilusiones de los personajes que rodearon al monarca du­rante los primeros meses del México independiente. Para Alí Chumacera, miembro del jurado, La corte de los ilusos obtuvo dicho reconocimiento porque está perfectamente bien es­crita, además de que tratándose de una obra literaria que refleja es­cenas históricas "tiene vida propia y el uso de los valores estéticos está por encima de los valores históri­cos". Beltrán fue becaria del Conaculta (narrativa) 1991-1992 y del Centro Mexicano de Escritores (no­vela) 1993-1994.

¿Qué representa para ti Iturbide; ¿Por qué te pareció novelable su vida?

Iturbide, como los grandes hom­bres que nos han enseñado a ve­nerar nuestra historia patria, es el epítome del poder. Su vida repre­senta el sueño infinito, necio, ab­surdo del hombre por el poder. Itur­bide es como Aquiles: el modelo del héroe occidental, tiene las caracte­rísticas que nos han enseñado a amar en los hombres: agresividad, espíritu expansionista, energía limi­tada, afán de poder. Por esa nece­sidad, que yo no entiendo, de vivir bajo este modelo, los hombres han renunciado al amor, la sensualidad, la invención de un mundo más vivible, mejor. Es decir, el hombre oc­cidental ha renunciado a compro­meterse con el sueño que tan ri­dículo le parece, salvo cuando escribe de él, del amor romántico. Bueno, mi novela, parte de una pre­misa: no necesitamos héroes. Es mi modo de responder al proyecto de mundo que ha construido el hombre occidental. ¿Parece un sueño ab­surdo, un sueño típicamente "fe­menino"? El mundo es más absurdo tal cual es.

¿Cuáles fueron tus motivaciones literarias para la Corte de los ilusos?

La novela tiene como antecedente mi tesis doctoral, investigaba las re­laciones entre literatura e historia cuando descubrí varios documentos sobre los días del imperio de Itur­bide y la cotidianidad de la época. Debo decir que más que la historia o la literatura, lo que me obsesiona es el lenguaje, las distintas formas de representar de un siglo y otro. Tengo la debilidad de meterme a los archivos y a las librerías de viejo, entre más cosas encuentro, más ga­nas me dan de seguir buscando, un documento traía otro.

¿Quién hace la historia?

Hayden White, crítico estaduni­dense, afirmó que no existe la reali­dad de allá afuera, lo que el historia­dor hace es consignar una serie de datos, elegir el acomodo que les dará, establecer prioridades e inter­pretar, esto significa que a lo que te­nemos acceso es a los modelos de interpretación de la historia. Lo que yo quise hacer con la novela fue confrontar los modos de represen­tación de la historia de Iturbide, desde una perspectiva irónica mo­derna, por eso digo que el tema principal de mi novela no es la his­toria, sino los modos de represen­tación muchas veces equívocos de la misma. Siempre me cuestioné desde la primaria la posibilidad de que hubiera una historia distinta. Mi novela es un documento de ficción, no histórico, heterogéneo, en el cual traté de darle el mismo nivel de im­portancia a la vida íntima, que a la vida oficial.

¿Por qué la vida Intima? ¿Por qué humanizar la historia?

No pretendí humanizarla, sino ju­gar con algunos de sus supuestos. En apariencia se trata de una novela histórica, o eso han querido ver al­gunos críticos. Para mí, en cambio, la historia es un pretexto para ha­cerme algunas preguntas sobre nuestra forma de organizar el pa­sado, que sólo puede darse dentro de un lenguaje previo. Y pregun­tarme sobre la forma de dar cohe­rencia a nuestros actos colectivos en un discurso (el histórico) que no re­vela más que un esfuerzo continuo por desviarnos del caos y la locura, esa mantis religiosa que todo lo de­vora y que siempre acaba por con­taminar nuestros actos más racio­nales. Me interesó recrear a los per­sonajes a través de sus acciones co­tidianas, de sus obsesiones, de sus ilusiones fallidas: me inquietaba imaginarme cómo podía ser la vida de la esposa del emperador, una mujer que la historia ha olvidado, igual que la mayoría de sus pares, porque ha considerado que las ac­tividades a las que estas mujeres se dedicaban no son importantes en términos históricos y no estoy de acuerdo con esto. Creo que ocu­parse de la epidemia, de escarlatina, viruela y sarampión, de criar y edu­car a los hijos, aconsejar al empe­rador, son actividades que se hacen también como sujeto histórico, hay otras batallas que son las domésti­cas, las sentimentales, las batallas de los sueños; éstas son las que me interesan.

¿Cómo asumes tu incursión al es­pacio público?

Mi reacción inmediata fue de ab­soluto terror, sobre todo porque de pronto esto significaba que estaba expuesta a las críticas y opiniones de los demás, realmente no me ima­ginaba en una situación así. Ernesto y yo pensábamos que había posibi­lidades de que la novela se publi­cara, porque nos divertíamos con ella, porque nos gusta, porque es nuestra, no sólo mía. Recuerdo que Casandra, mi hija, se indignó por la respuesta que di a un periodista en relación a si me sentía orgullosa de ser mujer y haber ganado el premio ¡ahora que las mujeres están de moda!, yo contesté "que para mí ser mujer es una fatalidad, algo de lo que no me arrepiento pero de lo que tampoco soy responsable", mi hija escuchó y me comentó que tenía que estar orgullosa de mi sexo y to­mar una actitud distinta, esto es a lo que me refiero cuando digo estar expuesta. Al margen del premio, aquello a lo que yo me dedico es a escribir, esta es mi profesión por cuestiones de sobrevivencia eco­nómica y de la otra: no puedo dejar de escribir.

¿El hecho de ser mujer?

Creo que somos doblemente vul­nerables a la crítica en un país como éste. En buena medida nuestro tra­bajo va a ser juzgado por razones extra literarias, no en balde esa pre­gunta constante. "¿Qué opina sobre la literatura hecha por mujeres ver-sus la masculina?", etcétera. ¿Por­qué nunca a un escritor hombre se le pregunta sobre la literatura mas­culina?, ¿por qué se da por sentado que esa es "La" literatura?

¿Cuál fue la actitud de otros escri­tores frente a una novela premiada?

Me parece injusto que el hecho de haber ganado el Premio Planeta re­dunde en que de antemano algunas personas no quieran acercarse a la novela, porque piensan que es un li­bro que muchos (idealmente) van a leer o que tiene fines comerciales

Estamos muy enamorados de la idea de que el best seller es sinó­nimo de mala literatura, creo que el problema es más complejo que des­cartar el asunto de un plumazo ca­lificando a cierta literatura de enorme gravidez y a otra de enorme levedad. La historia de la literatura nos demuestra que nos equivo­camos muchas veces cuando se ha­bla de literatura light y literatura profunda y todas esas zarandajas, lo que hace que un libro sea valioso, pende de tantos hilos, quién sabe si algo que consideramos hoy como una literatura imprescindible lo sea dentro de un siglo, quién lo puede decir. Siempre he estado en contra de los "opinionated" que creen de­tentar la verdad y tener una opinión sobre todo.

¿Pensabas en el cine cuando es­cribiste la novela?

Pensaba en escribir una prosa de imágenes, para La corte de los ilu­sos, fragmentado en escenas, uni­das por una cronología que existe desde antes de abrir el libro, en la mente del lector, quien tiene su pro­pia historia sobre estos diez meses de imperio. Sin embargo, algunos críticos y amigos me han dicho que encuentran muchos elementos del cine: los acercamientos a los per­sonajes, hasta la distorsión, los tra­vellings por la ciudad de México en el XIX, la edición en secuencias. Esta locura me parece muy intere­sante, pero no fue un propósito de­liberado.

¿Cómo se imagina Rosa Beltrán en el XIX?

Cuando estaba escribiendo la no­vela, era muy difícil salir a la vida cotidiana de este siglo, porque el pa­sado siempre nos produce nostal­gia, pero pensando las cosas de ma­nera detenida, no creo que mi suerte hubiera sido mejor si hubiese vivido en el siglo XIX, de ninguna manera mi novela representa un de­seo real de vivir en el pasado, pre­tender que la historia se repita o pensar que todo tiempo pasado fue mejor, no, para nada, creo que los mismos errores que se cometían en­tonces se cometen ahora, con la sal­vedad de que las oportunidades que existen para un escritor son mejores ahora que entonces.

¿Qué te ha aportado la academia?

No quería dispersarme, y para mí era muy frustrante conversar de li­teratura con mi abuelita y parientes de manera no formal, y los talleres literarios ya tampoco me aportaban demasiado, decidí estudiar una ma­estría y después un doctorado y ocuparme de estudiar el lenguaje desde otra perspectiva a la que no había tenido acceso.

¿Cuándo decidiste poner punto fi­nal a la novela?

Realmente nunca la terminé, la suspendí porque quería meter la no­vela a este concurso y probar suerte, creo que es muy difícil saber cuando un texto está terminado, quizá si los escritores no tuviéramos la exigencia de concluir para publi­car, seguiríamos eternamente; hay anécdotas deliciosas, uno de ellas tiene que ver con Juan José Arreola, que iba a las editoriales, recogía las galeras y reescribía la historia, esto era un engorro para los editores, se la escondían seguramente (ríe), ha­bernos algunos obsesivos.

¿Cuál es tu posición como narra­dora?

Dar el mismo estatus a la verdad y a la mentira. Construir un mundo donde cupieran los hechos que go­zan de credibilidad, los que aparecen en los libros de historia, los que imaginé, los que hubiera dese­ado, los que son infundidos por los detractores, los que desearía que nos mostraran los libros de texto gratuitos. Nuestro sentido histórico debería comprender también la es­fera de lo imaginario. Ya que no po­demos acceder a la verdad histórica, nuestra relación con el pasado de­bería ser menos esquemática, me nos impositiva y crédula. Deberí­amos poder reírnos de esas formas de representar el pasado que emple­amos, de nosotros mismos como partícipes y como consignadores de esa historia. Los mexicanos te­nemos una relación malsana con nuestro pasado histórico; somos crédulos hasta el escándalo. Hay quienes piensan que esta visión de la historia es irreverente. Pero es mucho menos irreverente que la vi­sión de la historia oficial.

 

 

 

 

Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez