Critica Rosa Beltrán la moral del éxito

Carmen Álvarez
Reforma, viernes 10 de mayo de 2002

  • Editan la novela El paraíso que fuimos.
  • La escritora reflexiona sobre una sociedad carente de valores profundos.


Como un espacio de reflexión en torno a una sociedad que avanza en una carrera loca hacia un éxito que no existe, El paraíso que fuimos, la novela más reciente de Rosa Beltrán, deposita una mirada irónica sobre la clase media mexicana, representada por la familia Martínez del Hoyo, y sobre la locura contagiosa de Tobías, el hijo disidente.

"Un vistazo a la moral del éxito que produce triunfadores sin triunfo, de religiosos sin fe, carentes de valores profundos y de contacto genuino en las relaciones humanas".

En la novela, publicada por Seix Barral, Beltrán refleja el insólito cotidiano donde las antiguas verdades se mezclan con estas nuevas profecías del optimismo. Religiosidad pagana con un enorme vacío representado por los familiares de Tobías, un enfermo psiquiátrico, un "iluminado" que sintetiza las contradicciones de un mundo de "triunfadores y perdedores", en el que las jerarquías y los valores se han desvanecido.

"Un mundo dominado por el lenguaje de los medios de comunicación que han producido una nueva realidad", relata.

Resonancia, dice, de la locura externa de un sistema político que resuelve sus problemas de modo absurdo, lo que se hizo presente en uno de los episodios de la novela con el asesinato de Manuel Muñoz Rocha y de un fiscal que decide que el instrumento para encontrar la verdad será una vidente.

"Esta vidente apareció en televisión, echó una maldición a todos los mexicanos y al día siguiente un conductor de noticias, Sergio Vique, hizo una limpia 'por si las moscas'. Eso solamente podía pasar en un País como el nuestro".

La periodista, ex subdirectora de La Jornada Semanal quien en 1995 obtuvo el Premio Internacional de Novela Planeta/Joaquín Mortiz, cuenta que este contexto social hace más difícil que un personaje como Tobías y los miembros de su familia distingan dónde está lo sensato, dónde está lo real, lo que tiene sentido, se va haciendo patente en el lenguaje conforme avanza la obra.

"La novela va volviéndose cada vez más esquizofrénica, como el personaje central. El lenguaje empieza a perder el sentido claro que tiene al principio, en un País que ha tenido episodios de demencia colectiva", dice.

Un entorno, agrega, donde no existe el autoritarismo del pasado, y donde por primera vez surge una autoridad sin rostro que se presenta a través de los medios masivos de comunicación, que no podemos ubicar, que forma parte de este sistema y de la que al mismo tiempo somos sus víctimas y sus victimarios, los herederos del mundo de Franz Kafka.

"La historia de esta familia refleja un vuelco en las costumbres de la clase media tradicional donde el padre deja de ser el proveedor para convertirse en un empresario de éxito, la madre deja de ser la 'abnegada mujercita mexicana' y los hijos ya no están a merced de lo que sus padres dijeran, para convertir ese grupo social en un punto de reunión, de desencuentros, donde Tobías permanece como la figura incómoda, marginada, difícil de clasificar", explica.

No obstante, Beltrán aclara que pretende impedir al lector que pueda concebir algo como una certeza para dejar a la literatura el lugar de las preguntas, de las dudas, de las conjeturas en un mundo donde las respuestas ya no están puestas en ninguna autoridad y mucho menos en la autoridad de un narrador que nos diga cómo es este mundo y cuál es el camino a seguir, como la voz autoritaria de los textos históricos, religiosos y muchas novelas de épocas pasadas.

"Para dejar al desnudo el amasijo de contradicciones de la era actual, la banalización de los valores, el olvido de lo aprendido, un sistema donde todo se rige a partir de las leyes que dicta el mercado como un ente que determina nuestros gustos, nos obliga a pensar el mundo de determinada manera, e incluso a leer de determinada manera, haciéndonos imposible aprender del pasado para encontrar las respuestas del presente", subraya.

Al final, la autora se pregunta si aquellas corrientes dadaísta, que a través del escándalo buscaban hacer pensar a los espectadores, detenerse un momento, son posibles en la actualidad para defendernos del poder exterior sin rostro que es "mucho más opresor y más eficaz en sus formas de censura que el anterior, que nos impide pensar en nosotros mismos".

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez