Las páginas de un emperador. Iturbide revisitado*

Miguel Ángel Granados Chapa



portada-corte-02-230.jpgFue breve el experimento. Apenas duró 300 días, contados entre la exaltación al trono y la abdicación de Agustín de Iturbide, emperador de México. Y aun si agregamos siete meses, a partir de la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Ciudad de México e incluimos los días de la junta provisional gubernativa y de la regencia, el paso del Generalísimo por el poder apenas merecería ocupar unas líneas en la centenaria biografía de esta Nación.

Y con exceso rigorista, quizá ni siquiera un renglón, pues sus adversarios anularon su renuncia por haber sido ilegal su nombramiento, con lo que redujeron a polvo, a la nada, los atribulados días del alumbramiento de México.

En ese apretado lapso, Iturbide enfrentó sin éxito una crisis política que lo elevó y lo dejó caer, preso de su propia paradoja. Su entronizamiento lo malquistó con los antiguos insurgentes, que aspiraban a la República, y no le ganó el ánimo de los realistas en cuyo interés había pactado con Guerrero. Los españoles acaudalados, en cuyo beneficio, en último término, se había proclamado la Independencia, se pasaron al lado enemigo tan pronto descubrieron que tendrían no a un Borbón en el trono mexicano, sino a un príncipe autóctono, por más criollo que fuera. La salida de capitales, junto con sus dueños, empobreció una economía ya desfalleciente, caldo de cultivo de toda agitación social. La única fuerza social realmente organizada, el Ejército, abultaba en exceso los requerimientos fiscales, y sus hambrientos soldados, sin paga durante meses, estaban siempre listos para la defección. Yorkinos y escoceses trazaban sus proyectos de nación y estorbaron la capacidad de maniobra política del Emperador, cuya impaciencia soportó sólo unos meses el cogobierno del Congreso. Fue menor, sin embargo, el tramo en que rigió como monarca absoluto, y llamó de nuevo a los diputados sólo para abdicar ante ellos, y conseguir seguridades para su marcha al exilio.

Ése es el panorama que, con mayor o menor detalle, exaltando o deturpando al Emperador, aparece en los libros escritos por protagonistas, testigos o historiadores. Pero en los meses en que con desgano creciente ciñó Iturbide sus sienes con la corona imperial, hirvieron en su propia alma, y en torno suyo, pasiones y temores, ansias y deseos. Ambición y mezquindad se dieron la mano, como se hermanaron serenidades dulces y turbulencias febriles. Ese paisaje interior, las pulsiones humanas de quienes mandaron el país en los meses iniciales de la historia propiamente nuestra, estaba por ser pintado.

No son el sitio ni la ocasión para examinar la intricada relación entre historia y ficción. Menos habría que intentarlo en presencia de Carlos Montemayor, que debido a su cultura clásica ha encontrado rendidores senderos de enlace entre ambos mundos. Ni en presencia de Rosa Beltrán, cuyo libro La corte de los ilusos hoy presentamos, autora también de una tesis doctoral donde revisa los caminos que de ida y vuelta vinculan a esas dos formas de escritura, esas dos maneras de percibir la vida, sus cuitas, sus glorias y sus planicies.

Sin entrar en tan laboriosa tarea, sin embargo, cabe suponer cómo convirtió Rosa Beltrán hechos secos, surgidos de documentos yacentes en archivos; o episodios breves recogidos en textos contemporáneos, o casi, de sus personajes, para someterlos a su alquimia metamorfoseadora, para hacer de la historia literatura, para hacer historias a partir de la historia.

“Yo no lo sé de cierto, pero supongo” el plan de trabajo de Rosa Beltrán. La imagino primero en la selección del trozo de pasado mexicano en que se instaló con donaire, como quien está de regreso de todas las cosas, no con el artificio  petulante de la recién llegada. La veo trazando el panorama de la época y descubriendo nombres y conductas que más tarde se convertirán en los ilusos de la corte de pacotilla a  los que vemos deambular en su novela, como antes ella los vio en las calles empedradas, en el palacio de Moncada, en la casa de descanso del antes remoto San Agustín de las Cuevas, hoy cabecera de la delegación de Tlalpan, ya ni siquiera prolongación de la Ciudad de México, sino parte suya indisoluble.

La presumo leyendo, por ejemplo, la biografía de Santa Anna, de autor anónimo, impresa por primera vez en 1949, en los talleres del pachuqueño Vicente García Torres, cuando aún faltaba una Presidencia en la vida del protagonista, cuando todavía no llegaba a ser Su Alteza Serenísima y, antes bien, sufría la repulsa de los mexicanos a quienes en esa hora estaba cercenándoles su territorio que lloraba como mujer luego de que no supo defenderlo como varón.

Al hablar allí de la princesa María Nicolasa de Iturbide, se recuerda que “el emprendedor Santa Anna, amigo del brillo, enamoró a aquella respetable señora y trató de casarse con ella. El señor Iturbide, que conoció la ambición de Santa Anna, se negó al enlace con amarga burla y lo mandó a Veracruz…”

Ése es el escueto dato en la narración de la vida de un hombre que se apresura en pos del poder. Visto en esa perspectiva, provoca sólo asombro, o se registra simplemente, el oportunismo inescrupuloso de ese brigadier de 28 años, frente a cuya codicia política no se erigieron nunca barreras de ningún género. Pero con el hilo de esa minúscula anécdota, tejió Rosa Beltrán el entramado de una locura de amor en que una Juana criolla idealiza a un Felipe jarocho, rengo más tarde, voluble siempre; lance al mismo tiempo perverso y patético, enternecedor y triste, la farsa y el drama, la comedia y la tragedia de la hermana del Emperador.

Este don de adivinación, este arte poético de ver más allá de las apariencias, permitió a Rosa Beltrán construir la historia al México independiente, ofrecernos esas otras Noticias del Imperio, el primero, el que dio origen a la república no el que pretendió interrumpirla, así ambos escribieran sus epílogos ante el paredón de fusilmiento. Porque en la novela de Rosa Beltrán hay no sólo narraciones que mantienen en vilo la atención, sino que a menudo las imágenes poéticas, las metáforas que sugieren y aún deslumbran, trazan retratos vívidos, veraces, verosímiles.

Eso es cierto, especialmente tratándose de las mujeres. La galería femenina dibujada por Rosa Beltrán constituye buena parte del nutritivo valor de su novela. Aun las que figuran borrosamente (Ana Iraeta de Mier, Loreto de Vivanco, Ana Ozta, Ignacia Rojo de Cacho, las condesas y marquesas que mal se avienen a los nuevos tiempos) son comparsas situadas en el lugar preciso, sin cuya presencia un grosero desequilibrio privaría al escenario de sus armonías. El papel y el carácter de otras fulge en breves trazos: Basilia y María Justa, ineptas criadas de la casa imperial. Justina, la lavandera, habilitada como sobrina del concupiscente obispo Pérez Martínez. La madre Benita, sabia y resignada superiora del convento de Santa Rosa. Joaquinita de Estanillo, marquesa de Salvatierra, dama de honor de la Emperatriz, en vano acallada por su marido cuando dice lo que opina.

Y, sobre todo, la Corregidora, Doña Josefa Ortiz de Domínguez, negada a pertenecer a la corte imperial, porque siendo soberana en su casa, malamente servirá en la ajena.

Rosa Beltrán acercó su lupa para definir con mayor precisión el ser y el modo de ser de cinco mujeres, las más próximas al Emperador. Ellas son, la primera, madame Henrriette, la modista francesa que vio crecer al futuro Emperador y lo amortajó cuando, en el único traspié de la novela, aparece con oportunidad casi tramposa cerca de la remota aldea donde Iturbide es fusilado. Es, por supuesto, evidente la intención simbólica de hacerla figurar en el orto y el ocaso de Agustín, pero el arbitrario recurso de hacerla residir en lo que hoy es Tamaulipas es un artificio de que el arte de contar de Rosa Beltrán hubiera podido prescindir.

Fue en cambio, un acierto de la novelista acogerse a ese juego de referencias literarias que los críticos llaman intertextualidad para darnos apenas un esbozo de María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, sucesivamente viuda de López de Peralta, de Briones, de Elizalde. Presentar de cuerpo entero, con la contundencia que fue su rasgo principal a la amante de Iturbide, hubiera hecho girar en torno suyo, únicamente en su torno, la fugaz biografía del Imperio. Y si bien su tenue presencia adquiere fuerza en la obsesión de la Emperatriz por su rival, la querida no demasiado discreta, Rosa Beltrán parece dar por supuesta la lectura, o remitir a ella, de La güera Rodríguez, de don Artemio, o las obras de que éste es tributario, debidas a un descendiente de la famosa mujer, Manuel Romero de Terreros Vinent, en que se habla de esa improbable madre y sus hijas Josefa, Paz y María Antonia, “Venus y las tres Gracias”. Nuestra autora, sin embargo, se mantiene lejos de la paráfrasis servil. Compuso su propia apreciación de esta inspiradora de grandes pasiones: “Un ángel con ojos y cuerpo de pecado capital”, “un rostro tan perfecto (y) tan en desacuerdo con el carácter de la dueña”.

Rafaela Iturbide Mejía y Arregui, primera marquesa de Alta Peña, camarera menor de la corte y prima hermana del Emperador, resume en sus tensiones las que hicieron reñir al efímero intento monárquico y el espíritu republicano. Víctima de una esquizofrenia cuya porción democrática se impuso al fin, esta integrante de la familia imperial vivió un desequilibrio mental casi tan agudo como el de su prima Nicolasa, aunque sublimada por la confusión con un ideal político. Seducida por el demonio llamado Servando Teresa de Mier, lo amó de lejos y llegó a su corazón por aproximaciones sucesivas, hasta convertirse si no en la mujer de sus sueños sí en una militante fiel y activa de la causa republicana. A través suyo se calibra mejor el perfil de ese sacerdote revolucionario y cosmopolita, a quien ya habíamos conocido, no sólo como sujeto de biografías como la escrita por su paisano Alfonso Junco, sino convertido en personaje de novela, la de Reynaldo Arenas, El mundo alucinante, una reescritura de las propias memorias del dominico relapso, del predicador contumaz. De la comparación entre ambas versiones, la del propio fraile y la inventada por Rosa Beltrán, resulta que nuestra autora remedia un defecto de la realidad, pues pinta como cómplice de una de las fugas carcelarias de fray Servando, que él se empeña en narrar como pecado solitario, a la propia parienta del Emperador. En una inspección ocular a su recámara del propio palacio imperial, el huésped principal la descubre como propagandista de la subversión. El enemigo en casa, pues.

Menos cerca de Iturbide de lo que ella misma hubiera querido estar, su esposa Ana María Huarte, es decir, Ana María Josefa Ramona Huarte Muñoz y Sánchez de Tagle, es el vivo retrato de la ambigüedad, del conformismo, del contenido que toma la forma del continente. Al mismo tiempo leal y resentida, dotada lo mismo para el rencor que para el perdón y la generosidad, para resignarse que para la rebeldía, recatada y coqueta, púdica y mal pensada, neurótica y comprensiva, Ana María Huarte pareció no advertir nunca a cabalidad su transformación de muchacha vallisoletana en reina de una república incipiente, y luego en fugitiva empobrecida, y al final en madre de más de cuatro y viuda indefensa.

Pero es la princesa Nicolasa, hermana del Emperador, la mujer en cuya génesis se desplegó con mayor amplitud el genio creador de Rosa Beltrán. Descrita con crueldad, sin ahorrarle ni uno de los rasgos que la hacían grotesca al amar, ridícula al ceder a la cleptomanía, por su lecho o su calenturienta imaginación pasaron primero Hermenegildo Huasca y el brigadier Pancho García, hermano del manco Albino, antes de que poseyera su alma o su cuerpo, lo mismo da, esa versión costeña de Belcebú que fue Antonio de Padua María Severino López de Santa Ana, Severino a secas para la hija de Josefa Arámburu y Joaquín de Iturbide.

A ella dedica Rosa Beltrán sus mejores páginas. De Nicolasa, de su locura senil surgen esas páginas mejores, marcadas por la ensoñación amorosa, por un estado febril en que se mezcla la exigencia erótica con el rencor familiar. Todo lo cual provoca la tensión necesaria para el gran final, para la narración en paralelo del tránsito mortal de los hermanos Iturbide, ambos presas del estupor, ambos asaltados por sus sueños, por sus crueles interrogaciones, por la imposibilidad de saber si la vida es sólo esta sucesión de calamidades que a veces se disfrazan de disfrutes.

Saludo la aparición de este libro con entusiasmo de lector silvestre, si no de desprevenido sí de desprejuiciado. De habernos dejado vencer por el estereotipo, quizá tendríamos que tacharla como una novela sospechosa, por haber obtenido un premio, a menudo más instrumento de la mercadotecnia que genuino modo de estimular la creación artística. Su lectura, sin embargo, la deja libre de toda culpa. Cuando sin tolerar interrupción alguna pese a las solicitaciones de cada hora, acabé de leer estas páginas signadas por la inteligencia, es decir por el humor y el amor, experimenté la beatitud golosa del placer lentamente destilado. De allí mi entusiasmo, dicho sin recato y sin rubor.


* Texto leído durante la presentación del libro de La corte de los ilusos, de Rosa Beltrán, por el periodista Miguel Ángel Granados Chapa, colaborador del periódico Reforma. 30 Julio 1995.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez