Conmorir. Destocar. Sinsentir.
La normalidad en El paraíso aue fuimos de Rosa Beltrán

Cristina Rivera-Garza



portada-paraiso-230.jpgHace algún tiempo, una amiga con la que comía un postre tan rico que llegaba al grado de ser pecaminoso, me hizo la siguiente pregunta con aire contrito y serio, sin despegar el tenedor de entre los labios a medio abrir y medio cerrar: ¿Cómo se le hace para ser normal, Cristina? Mi respuesta automática no les resultará extraña a aquellos que me conocen un poco: guardé silencio por tanto tiempo como pude y, después, me eché a reír a carcajadas. Pensé que mi amiga debería de andar verdaderamente muy mal ese día como para plantearme a mí una pregunta de ese tipo. Porque, con toda honestidad, sé algo de historia, otro tanto de literatura, vamos hasta de las fluctuaciones del clima, pero La Normalidad siempre ha sido una de esas materias que me ha doblegado con dolores de cabeza y una sensación de fracaso casi sublime de lo suprema. Mi amiga, un tanto confundida para entonces, ya se había echado a reír conmigo, como si se hubiera percatado en ese instante de su desatino. Luego, las dos con la boca a medio abrir y medio cerrar, nos dedicamos a observar el paisaje alrededor con la melancólica nostalgia que provocan a veces las cosas imposibles. ¿Cómo se le hará para ser normal? La pregunta no dejaba de torturarnos ahora a las dos. En esos días, por supuesto, yo no había leído todavía la más reciente novela de Rosa Beltrán, El paraíso que fuimos. Si lo hubiera hecho antes de la conversación con mi amiga, mi respuesta habría sido seguramente distinta. Con la firmeza de alguien que si bien no ha aprobado la materia sí ha, por lo menos, estudiado el tema con enjundia y ahínco, le habría dicho: si quieres saber algo sobre la normalidad, mejor lee ajé Beltrán. Porque sí, amigo lector, es cierto, El paraíso que fuimos es en realidad un recorrido punzante, irónico y, además, sin piedad, a través de los pequeños y crueles rituales que, uno a uno, van construyendo eso que los demás llamamos, a veces con envidia y a veces con horror, La Normalidad. Y si la hubiera leído en aquél entonces, también le habría dicho a mi amiga que no se amedrentara, que aprender acerca de La Normalidad con Rosa Beltrán no iba a ser una de esos vía crucis lentísimos y graves que uno asocia, de manera por demás explicable, con doctos razonamientos acerca de lo Normal. Porque, una vez más amigo lector, El paraíso que fuimos es ante todo un ejercicio lúdico con el lenguaje, un feroz tú-a-tú con el sarcasmo que no abunda, por cierto, en las letras mexicanas, y que brilla por su ausencia especialmente en los libros escritos por mujeres. En realidad, si hubiera leído el libro tiempo atrás, justo antes de aquella memorable conversación con mi amiga, estoy segura de que me habría sentado a su lado y, sin dejar de saborear el pecaminoso postre, le habría contado la anécdota a toda prisa, sin escatimar detalles y abundando en interpretaciones personales. Me conozco. Seguramente, pues, habría acabado así con el gozo de leer el libro por ella misma. Así que tal vez ha sido bueno que no la he vuelto a ver desde entonces. Pero me queda usted, amigo lector, atento, aquí, frente a mí, queriendo saber, me imagino, todo acerca de La Normalidad (una de las muchas razones que, también estoy segura, no lo trajeron aquí). Así que, a pesar de que no hay entre nosotros postre pecaminoso alguno, déjeme contarle con lujo de detalles y subjetividades de por medio, este recorrido por La Normalidad que nos presenta y disecta y estrangula Rosa Beltrán. Tome esto como una invitación para que goce usted el libro por sí mismo.

En el centro de todo está, por supuesto, la familia. La familia Martínez del Hoyo, para ser más exactos. Una madre: la Encarnación difícil de la normalidad que, en el momento de escoger marido, se decidió por un hombre único, ciertamente, pero lo más parecido a todo mundo como fuera posible. Rosa Beltrán lo relata de esta manera:

"Notó que ella le había gustado y que estaba tratando de impresionarla. Por el modo cuidadoso con que buscaba las palabras, desechando las más vulgares y buscando las más luminosas, como quien va separando pepitas de oro de un lodazal, pudo darse cuenta de que la forma de ser y comportarse de aquel joven no se debía a una condición natural, sino a un esfuerzo consciente por integrarse al grupo de la gente de bien y compartir con ellos una fe y un gusto: el gusto por la normalidad. Y como ella no deseaba otra cosa que tener un porvenir y una familia común del modo en que lo eran las personas normales se sintió atraída de inmediato por aquel muchacho." (p. 35)


Entra, pues, el padre: don Rafael Martínez del Hoyo, un químico, ex-junior como lo será uno de sus hijos, que hereda la compañía de refrescos que construyera su padre, sólo para dilapidarla en oscuros negocios con empresarios y con políticos. Un hombre que lee Scientific American y se recrea a sí mismo en "pasiones vulgares y absurdas", y cuyas manías y excentricidades sólo alcanzan, a decir de su primera esposa (tendrá tres a final de la novela), "una forma de anormalidad de lo más corriente".

Entre ellos dos producen el sutil, y a veces grotesco, aburrimiento de la familia normal de clase media mexicana. Todo normal en la superficie, todo esperado, todo natural y, sin embargo, todo de alguna manera sin acabar de embonar. Porque el malestar de la esposa que después de leer todos los manuales de auto-ayuda en el mercado, de someterse a todas las dietas posibles, y de llegar al grado de atreverse a experimentar hasta con limpias primitivas y los doce pasos de Alanon, no cesa. Como tampoco cesa el desapego del marido, su radical indiferencia ante cualquier cosa que llegue un poco más allá de su propio ombligo. Beltrán lo describe de este modo: "Nada estaba bien, nada en la vida del hombre medio típico era normal. Cada ritual, cada obligación, cada hábito con los que el hombre común y corriente comenzaba un día eran la vivida expresión de una manía", (p. 92) Y, después, de manera por demás creativa: "Convivir era más bien conmorir, pensaba ella. Conbeber. Destocar. Sinsentir". (p. 119)

Para mitigar esa incómoda sensación recurrente, sin embargo, llegan los hijos que, sin embargo, sólo acentuarán, cada cual con su manía o su daño, la ausencia de paraíso de la cultura moderna. Entran, pues, un júnior tan preocupado como el padre mismo por su propio ombligo. Magdalena, la hija promiscua que confunde a cuanto hombre se le cruza en el camino con la figura inalcanzable del padre. Concepción tan preocupada como la madre (al menos en una de sus tres etapas: recuerden La Encarnación de Chepina, Cocette Chanel, La Amarga López) por cosméticos y baratijas. Y Tobías, el del "pequeño problema" mental, el aprendiz de santo, el nervioso profeta de metro, que termina poniendo a toda la familia en jaque. Y Aurelia, la sirvienta cuya relación cercana con Tobías le permite darle a conocer todo lo conocible sobre los santos Este concierto de personajes, cada uno con sus hondos abismos deslavados, llenan la novela de todos y cada uno de sus esfuerzos imposibles por arribar a cierto sentido de satisfacción, cierto asomo de paz. Ahí están, por ejemplo, las sesiones de terapia colectiva, los centros de desintoxicación, la comida macrobiótica, el famoso Fheng Shui, la yoga, el analista, el padre confesor. Entre risibles y grotescos, todos estos esfuerzos no logran, como era de esperarse, sacarlos de la rutina pre-establecida de ser como todos, de embonar a la perfección en la maquinaria feroz, inalterable y, sin embargo, fragilísima de La Normalidad.

Porque ser normal requiere esfuerzo, sacrificio, voluntad, tezón, renuncia. Porque La Normalidad no deja de ser una utopía enferma y demandante de un sistema social y familiar que no conoce la compasión y carece, sobre todo, de cualquier traza de sentido humano. Digo todo esto y regreso a la pregunta de mi amiga. ¿Cómo se la hace para ser normal? Ahora estoy segura de que, de haber leído la novela antes de conversar con ella, no habríamos tenido al final de nuestra plática esa pátina de melancólica nostalgia que ocasionan a veces las cosas imposibles. Seguramente nos habríamos reído de nuestro súbito deseo de ser como todo mundo y, de inmediato, nos habríamos dedicado a disfrutar con más ganas de ese postre pecaminoso. Y habríamos pedido un segundo plato, un tercero, tantos como el tiempo lo hubiera permitido. Quiero decir que, si hubiéramos leído la novela con anterioridad, nos habríamos sentido orgullosas de nuestra deformidad, de este andar en el margen de las cosas, de esta serie de excentricidades inútiles, entre las cuales escribir debería ser la más preciada. Y habríamos respondido a todas esas demandas burocráticas, académicas, genéticas, de educación, alrededor de las cuales se tejen los hilos malignos de la Normalidad, con el más fresco de los gritos: qué viva mi anormalidad! Y eso digo hoy, qué viva, que nada la destruya, que crezca para siempre nuestra común anormalidad. No creo que exista, de verdad, otra manera de salvarnos. Otra manera de decir que estamos verdaderamente, profundamente, dañadamente, atrozmente, vivos.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez