Historias de santos y mártires

Rosa Beltrán



foto-santos-200.jpgHabía en el jardín de mi casa un cedro enorme que se asomaba a la calle. Yo me subía a ese árbol y desde ahí podía ver el mundo que transcurría allá afuera, junto a la vía del tren. Ya me había dado cuenta de que se trataba de un mundo que existía sólo durante las horas previas a la llamada a comer, pero a veces me gustaba pensar que aunque yo estuviera lejos, en la escuela, por ejemplo, o en mi cama, él seguiría lleno de personas y de acon­tecimientos. Para mí la vida era esto: estar suspendida entre dos mundos, el real, que era el mundo de las cosas que mis ojos se ponían a juntar de fuera, y el verdadero, que era el que me ocurría a mí mientras las contemplaba desde arriba. Ver las cosas desde ese árbol era un placer muy grande: era la garantía de poder estar en el mundo sin tener que vivir en él.

Durante las vacaciones jugábamos al rancho. Talo y Riqui eran vaqueros, Popi y yo éramos los puercos y chapoteábamos con los zapatos nuevos hasta que ellos nos decían "ya". Mis primos hacían pipí en el terreno cuando les daban ganas, porque el baño quedaba lejos y no querían suspender el juego. La primera vez que hice pipí en el terreno llegó mi tía Pachi a decir que una niña no era igual que un niño. Una niña debía ser limpia, buena y sobre todo alegre, y así aprendí que ser buena y alegre era una obligación de género.

Mi hermana y yo teníamos al Sagrado Corazón de Jesús en la cabecera; de un lado, una estampa de la Divina Infanta, del otro a un niño de bucles y bata que era el ángel de la guarda y la bendición de Paulo VI en una pared del pasillo. Vivíamos perseguidas por la idea del deber y queríamos ser como los santos. Íbamos al catecismo y al salir nos daban galletas de animalitos. Escuchábamos historias de santos y mártires. Atendíamos, pero era muy difícil luchar contra los pecados del mundo. Por lo visto, cada santo tenía su modo de hacerlo. Para San Ignacio, luchar contra los pecados había consistido en observar los peca­dos de otros y luego hacerse algún daño, punzarse la cintura o golpearse con una reata muy fuerte. Para San Juan Bautista, no pecar había significado dejarse cortar la cabeza. No pecar era algo difícil, entre otras cosas porque teníamos una idea muy vaga sobre lo que era pecar. No pecar, por ejemplo, significaba "no tocarte tus partes", según me dijo una vez el sacerdote. Yo me angustiaba mucho pensando en cómo haría para no tocarme ninguna parte del cuerpo cuando me ponía el suéter de cuello de tortuga, o talco y después un calcetín. Como no tenía más remedio que tocarlas, decidí hacer acto de contrición, lo cual con­sistía en ponerse a pensar mal de uno mismo a todas horas. Como consecuencia, aprendí a verme con desconfianza.

Hasta la fecha, nunca puedo estar segura de ser buena y alegre porque deseo o porque debo; nunca puedo tener la certeza de pensar lo que pienso, de decir lo que digo y nunca sé cuál es la forma en que va a aparecer explicado mi deseo. Hago lo que me gusta a escondidas, consciente de vivir, aunque no quiera, "tocándome las partes", amando sólo aquello que las toca, pensando y leyendo y escribiendo con todas las partes de mi cuerpo, esperando la justa condena, segura de que cualquier día vendrá lo inevitable y entonces, cuando tropiece y resbale y sepa que ya no hay más remedio, el hombre que va delante de mí —ese hom­bre que camina indiferente por la calle— volteará a decirme, con desprecio: "ya ves, yo te lo decía".

Viceversa, número 47, abril, 1997.

 

 

 

 

Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez