Amores que matan

Ana García Bergua



portada-amores-norma-230.jpg¿Qué es el amor? El amor puede ser muchas cosas, desde luego muy distintas del cliché que lo suele mostrar como un éxtasis prolongadísimo o como una perdurable bonanza espiritual. Los cuentos de Amores que matan, el libro de Rosa Beltrán que ha merecido ya varias reediciones por parte de Editorial Planeta, nos muestran lo que solemos imaginar como amor y que finalmente son una serie de representaciones, de las que se desprenden distintas visiones, todas ellas entre cómicas y dolorosas. ¿Qué es necesario hacer, parecen preguntarse los personajes que actúan en estos cuentos, para sostener esta fantasía, este apego siempre un poco enfermizo, algo bastante parecido a un engaño, un juego en el que siempre alguien pierde, y en el que el goce y el dolor se balancean en un estrecho subibaja?

“Tengo un amante 24 años mayor que yo que me ha enseñado dos cosas. Una, que no puede haber pasión verdadera si no se traspasa algún límite, y dos, que un hombre mayor sólo puede dar dinero o lástima.” La protagonista del cuento “Shere-Sade”tiene que encarnar, en cada noche, a una de las mujeres de aquel hombre que le lleva 24 años, digamos que ese es el límite a traspasar. Por él se coloca en todas las posiciones y hace lo indecible para mantener cada noche el engaño y, al igual que Sherezada, evitar que él la olvide y con ello la haga desaparecer.

Huni, el chino del “Manual de autoayuda para chinos”, no habla, aunque es un romántico. Su amante habla todo el tiempo, pero en realidad una tras otras sus palabras son como esas cajitas chinas: cada cosa que dice disfraza otra. Y Huni no suelta prenda hasta que, en venganza por el desamor, hace una llamada anónima.

“A nadie se le puede reprochar que odie y ame a la vez…” dice la esposa en “Tiempo de morir”. Este cuento retrata el amor conyugal en sus una rituales, rituales cada vez más vacíos que, paradójicamente, lo llenan todo  hasta la asfixia. Consecuencia de éste podría ser el relato “Vacaciones”, sobre un hombre que vacaciona con su familia. En vacaciones, nadie quiere cargar con el peso de la representación familiar. Aquí la familia se dibuja con las hostilidades y las culpas derivadas de convivencias viciadas, el borde en que los verdaderos sentimientos se manifiestan, a un paso de realidades que, de suceder, serían atroces.

Uno de los cuentos que más me gusta es “Graffiti”, el de la señora que entra a la facultad a estudiar letras clásicas y va al baño de mujeres donde descubre en los grafitis de la puerta de la cabina del w.c., una extraña forma de comunicación entre mujeres, un mural de pasiones, urgencias, deseos e incluso gritos de auxilio: “ayúdenme a abortar”. Curiosamente la mujer encuentra en aquella puerta pintarrajeada un vía hacia otras libertades.

“Réquiem”, el cuento del amor materno, es terrible: una madre muere y sus hijas cumplen el ritual de llorar y preparar té. Luego se dan cuenta de que su mamá no las abandonará: “Mamá no entra en los zapatos”, empiezan a decir. El amor materno, como todos sabemos, es el lugar más tierno, dulce y asfixiante que puede existir. Al igual que “Antesala”, el cuento de los viajeros encerrados en un vagón de tren, este cuento tiene un elemento un poco fantástico, pesadillesco. De repente la realidad amenaza con romperse, dando paso a simbolismos inquietantes.

También de la madre habla “Isadora”, aunque del otro lado, el del amor filial, sobre la bailarina que escribe a su madre y miente sobre sus desdichas y sus sacrificios. “Madre, ¿entenderás que pueda sentirme tan feliz, tan libre?”, le dice.

“El hombre de esta mujer usa trajes Sidi” trata de los objetos del deseo, del paraíso que vive en las imágenes de los anuncios y la televisión. ¿Dónde viven estas imágenes? “Ambos seguían siendo una pareja de adultos elegantemente vestidos a crédito –dice en alguna parte- y, no obstante, a partir de sus encuentros furtivos con el amor poseían una energía extraña, una sonrisa impertinente  que hacía suponer que hacían cómplices a los demás de un plan secreto”. Quizá este cuento es el que aborda más claramente el amor como representación; al igual que los religiosos, amamos las imágenes del amor y, desde luego, al amor como marca comercial.

Es curioso cómo en estos cuentos de Rosa hay una insistencia en el vacío, como en “Diletantes” o el amor en la posmodernidad, que trata de la fantasía de un viaje, de la posibilidad de una nueva vida representada por una beca en una universidad de Los Ángeles, con su sol un poco postizo, la comida naturista, los cursos de meditación. “El futuro no existe”, dice uno de los personajes.

¿Cuánto pagaría una a cambio de unos instantes de sentirse amada? ¿Hasta dónde puede perderse el control, dar de sí, a sabiendas de que el otro escapará con algo de uno mismo? Esto parece preguntar “Primer amor”, donde una vendedora de libros entra en un juego de seducción con un joven estudiante.

“Entreacto” aborda los rituales de la espera y las pequeñas certidumbres de un amor que ya es “un poco triste” pues ya se ha vuelto costumbre. La espera se manifiesta aquí como un momento que atrapa, que asfixia, al igual que a los viajeros del tren.

Amores que matan tiene también una gran carga de ironía, de risa contenida, pues en todas las representaciones del amor existe, a fin de cuentas, un elemento grotesco. “Liberación femenina” habla por sí solo: “Al grito de ‘yo no soy criada de nadie’, Juanita abandonó el lecho conyugal.
Volvió pronto, porque se había olvidado de tender la cama.”

La heroína realiza una liberación bastante relativa, que sigue hablando de nuestros apegos: aunque el otro no nos quiera, aunque nos utilice, siempre habrá algo para lo que se nos necesitará, un motivo de apego, algo en lo que tenemos que estar. Mejor ese vacío que dar el salto al otro, al gran vacío de la soledad. O como dice Amanda, la chica que vende pastillas para el aliento en el cuento del mismo nombre, cuando le dice a su familia que quiere ser aeromoza: “Pues sí, voy a ser gata, pero gata de angora".

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez