Provocación del cuento

Mónica Lavín



portada-amores-booket-230.jpgHay un cuento llamado “Can can”, del autor italo canadiense Arturo Vivante, que Rosa Beltrán y yo descubrimos por separado y que un día por azar comentamos como un texto que nos fascina y que resulta muy eficaz para atrapar a los alumnos, convocarlos a la sutileza del género, a sus bordes y su provocación, seducirlos al cuento. Por fortuna, cuando un cuento con ese poder de la brevedad y la exigencia de la forma nos subyuga, lo comentamos, lo compartimos. El cuento que tanto nos apasiona nos ha hermanado por azares del destino, aunque pareciese parte de un plan perfectamente armado desde que presentamos nuestro primer libro juntas, en la colección Letras nuevas, para autores menores de 30 años, con los comentarios Aline Petterson desde el estrado y los de Josefina Vicens desde el  público. Rosa Beltrán publicó entonces presentó su primer libro de cuentos La espera, y recuerdo como me asombró que al final leyera de un cuaderno donde escribía a mano el fragmento de una novela en ciernes. Recuerdo escuchar aquellas palabras que palpitaban de intimidad por ser leídas en público desde su lugar secreto en el cuaderno. Estábamos en un punto donde no sabíamos que vendría después, como que Rosa ganaría el premio Planeta con La corte de los ilusos, que se volvería doctora en letras comparadas por la Universidad de California, que escribiría con muy buena fortuna El paraíso que fuimos seguida de Alta infidelidad, mucho menos que nos encontraríamos en el camino de nuevo, que compartiríamos el trabajo en proceso, las zozobras literarias y que yo tendría el privilegio de su amistad. Quien iba a saber en 1986, que estaríamos, como en el principio, otra vez en una presentación alrededor del cuento un género que nos seduce, que nos lanzó a la aventura literaria y al que volvemos con fervor como escritoras, antologadoras, editoras. Porque hay que decirlo Rosa no sólo ha seguido escribiendo cuento sino que ha sido responsable de hacer la selección y el prólogo de Los mejores cuentos del 2006 que publicó editorial Planeta el año pasado, retomando una muy acertada iniciativa que en Estados Unidos- país donde el short story tiene gran tradición- ha ocurrido desde hace más de cien años de ocurrir. A través de la selección de cuentos publicados en diversos medios durante un año, reveló una interesante panorámica de las voces, estilos, intenciones y temas del cuento mexicano en el siglo XXI, que quien guste del género no debe perderse.
Hoy nos convoca la reedición, bajo el prestigiado sello de Seix Barral en la colección Biblioteca Breve, el volumen de cuentos Amores que matan, que en el título, podrá advertirlo el lector, lleva el tono de lo contado y esa sutil ironía que caracteriza la pluma de la autora. Muchos de los catorce cuentos aquí reunidos han sido traducidos al inglés, francés, italiano y holandés. El volumen cierra con un cuento que es ya un clásico multicitado y un ejemplo notable de minificción. Me refiero al que lleva por subtítulo Amor por los ideales y que se titula “Liberación femenina”. Es tan breve y tan Beltrán que no resisto citarlo:

Al grito de “yo no soy la criada de nadie”, Juanita abandonó el lecho conyugal.
Volvió pronto porque se había olvidado de tender la cama. 

En Amores que matan la autora da cuenta de una galería de amores: amor por la familia, amor de madres, amor por las letras, amor por los viajes, amor filia, amor por el ritual, amor platónico, entre otros, a través de historias donde despliega su ironía y su complicidad con los personajes atrapados por su sed de altura, de épica, de éxito. En “Réquiem”, las hermanas se reúnen alrededor de la madre muerta que crece desparramándose en el lecho, aplastándolas porque como dice la protagonista, la madre cumplía su última promesa, ejercía más allá de su muerte la monarquía de la bondad. Frases como estas rebelan la mirada incisiva de Beltrán que encara los desatinos de la condición humana y confronta un fin de siglo de amores fugaces, de vanidades intelectuales, de chinos que venden falsas marcas, de falsos amantes y policías involuntarias, de felicidades esotéricas, de verdades tambaleantes, de insatisfechos y solitarios. He leído Amores que matan desde su primera versión y ya entonces el humor de Rosa y los mundos que convocaba me fascinaron. De la galería de amores primeros, el amor por las vacaciones, el amor por la familia, el amor platónico donde una mujer ama al hombre que usa trajes Sidi en la pantalla de televisión y él a la que aparece en los espectaculares bronceándose en alguna playa,  elegí para antologarlo el amor por las letras, que se cuando una señora con la vida resuelta que decide tomar clases en la universidad se encuentra con el mensaje grafiteado en las paredes del baño: Ayúdenme a abortar. No resiste la provocación y, trasgrediendo también, ella  contesta: Abortar es un crimen, que dios te ayude. A partir de allí se da un diálogo que revela dos miradas al mundo y una interesantísima manera de abordar esta historia a través de un narrador poco usual: Una… (Una puede ser mujer de cierta edad, usar gafas…).  En el nuevo Amores que matan, que ahora podemos disfrutar, esta exploración por la forma por las maneras de contar reflejan la avidez literaria, la afición por el riesgo y el logro de Rosa Beltrán. No me canso de leer una y otra vez, los dos cuentos maestros que aparecen en esta edición. Me seduce su poder, la tragicomedia que subyace en ellos,  el tono que Rosa logra, el punto de vista  y el mundo al que me mete con la precisión de las palabras y  una agudeza sorprendente. El cuento que abre el volumen, “Shere-Sade” está dividido en las muchas noches de amor de una joven de la generación X y un escritor que le lleva ventaja en conocimientos intelectuales, eróticos y  acumulación de experiencias amorosas. Por eso ella, conforme avanzan las noches donde obedece el dictado de las posiciones que le permiten al amado recordar a la Extremadamente Delgada de Cintura, la Escorpiona, la Amada Inmóvil, porque ella las reúne a todas, se condena en la perpetua emulación a salvarlas del olvido a través de su cuerpo. Que Rex le corte la cabeza significa el fin de todas ellas. La chica es la Scherezade contemporánea que alimenta, para salvarse, el poder del amante, el ego del escritor. En este cuento de lectura gozosa, Rosa desgrana su mirada sobre el juego de poderes en un tiempo donde sólo aparentemente no existen ya las diferencias entre el hombre y la mujer. No es casual que el libro arranque con una Scherezade nacida en los setentas y que termine con Juanita levantándose a hacer la cama. A Rosa, sin que un sesgo feminista, le interesan las mujeres de nuestro tiempo y le interesa el juego de poder que se da entre hombres y mujeres. Le interesa y posee una de las miradas más críticas y atentas a los símbolos y hedonismos de nuestro tiempo: al mundo de la imagen, del éxito, y de la falsedad.

El segundo cuento que ahora aparece en Amores que matan, “El manual de autoayuda para chinos” es un prodigio no sólo de gracia y de absurdo, cuando el chino Huni-Ly, enviado a México con el dinero de muchos familiares chinos para hacer fortuna, vendedor de falsos Ferragamos, bolsas Louis Vuitton, Rolex Oyster Perpetual, se enamora de la mujer policía casada con un comandante de la PGR, sino también de una inusual y efectiva técnica de construcción de la historia, donde una segunda persona se dirige a Huni exhibiendo sus pensamientos y el diálogo de la chica policía responde y hace avanzar el amor desesperado del chino y la ambición de la mujer que se encarga de proteger el negocio del oriental.

Este cuento por si solo es una radiografía precisa del mundo de la fayuca y el contrabando, puede ser Tepito o Manhattan, de la corrupción y la lucha del corazón –el de Huni- quien ha perdido la cabeza por una mujer ajena. Muy cerca del melodrama, atento al detalle escenográfico, preciso en el registro de la voz de la policía, irónico y acertado, es un cuento entrañable que más allá de su tiempo, resultará para los lectores de otras décadas una pieza de arqueología social.

Alguna vez, el periodista Granados Chapa asentó que los cuentos de Rosa Beltrán se caracterizan “por la mezcla de realidad asaltada por sus sueños y sus crueles interrogaciones, por la imposibilidad de saber si la vida es sólo este sueño de calamidades que a veces se disfraza de disfrutes”. Una apreciación que comparto porque Rosa Beltrán reúne en estos cuentos dos virtudes de su talento y de sus preocupaciones: la búsqueda de un tono y una voz en el ceñido rigor del cuento y un asombro por los anhelos y el desamparo de nuestro tiempo.  La mirada de Rosa al mundo que nos rodea es incisiva, la farsa es su tesitura natural. Nos enfrenta a los abismos del siglo XXI, a la era del vacío lypovetskiana: es una clara fabuladora de este tiempo sin brújula. En su Ars poética publicada en el libro Mujeres mexicana siglo XXI y en el cuentario Optimistas de la colección La centena de CONACULTA, Rosa explica el papel de su madre como semilla de la Rosa escritora. Una madre imitando a otros, una madre contando historias. La madre y la palabra. La madre concertando y disolviendo mundos. “De mis antiguos recuerdos, uno muy claro fue haber percibido que el mundo se dividía en dos. El de los ‘hacedores’ y el de los ‘fabuladores’. Los hacedores eran los hombres. A ellos pertenecía el reino de los cielos. Ser hacedor era irse a trabajar todo el día, era ‘tu papá es muy responsable y como es muy responsable no está’. Ser hacedor era otra de las formas de llamar al abandono. Mi madre, en cambio era la fabuladora. A través de ella conocí el olor y el tacto, mis primeras narraciones sobre el mundo, y poco después el sonido de las cosas. Mi madre era una voz.”

Y es la búsqueda  y el encuentro de esa voz narrativa, clara y aguda, poderosa y subyugante la que Rosa Beltrán esgrime en cada uno de los cuentos de este catálogo de amores contrariados. La fineza de una mirada cuidadosa de la forma, persuasiva en el lenguaje, amorosa con sus personajes nos ofrece, como bien decía Proust sobre la función de los libros, una lente para mirarnos. Yo aplaudo la transparencia y belleza de esa lupa, y subrayo mi gozo lector ante los cuentos de Rosa Beltrán.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez