El trono que se disuelve en la penumbra de un tapiz

R. H. Moreno-Durán



portada-corte-02-230.jpgAnte las arbitrariedades de la memoria nacional, que los empíricos insisten en llamar historia, la literatura suele ofrecer una alternativa más fiable o, por lo menos, más sugestiva. Pero decir literatura es mencionar una jurisdicción tan amplia que, de no especificar un género, al asociarla con la palabra historia se cae indefectiblemente en los movedizos terrenos de la épica. En el caso de un título como La corte de los ilusos (Premio Planeta, México, 1995), la novela es el género elegido para abordar una parcela que suele ser privilegio de cronistas, periodistas o exhumadores de efemérides patrias. Contra el repertorio de tan heteróclita turba, la novela de Rosa Beltrán se centra en una densa red de vivencias ambientadas en el primer cuarto del siglo XIX mexicano y recuperadas a nombre de la ficción. Un lienzo sobre el cual se fija en imágenes y sensaciones uno de los más complejos y a la vez determinantes períodos de la vida de uno de los países más singulares del continente americano. Empero, no se trata de una plasmación incondicional, gregaria, de la realidad pretérita, eso que algunas preceptivas de la comodidad llaman “novela histórica”; se trata de imaginar y reinventar la historia sin despreciar los datos reales aunque sin supeditarse sumisa, ancilarmente a ellos.

Como la figura que poco a poco cobra forma en el tapiz, los dedos ágiles de Madame Henriette dibujan sobre un lienzo de 260 páginas la patética historia del Emperador Iturbide, desde los instantes previos a su entronización hasta los menos jubilosos de su entierro. Las mismas manos tejen sobre el lienzo la gloria y el infortunio, el traje de coronación –indisimuladamente bonapartista− y el hábito franciscano del iluso Agustín I, Emperador de México. Pero esa labor, cuyo lapso no supera los dos años, salta retrospectivamente y los dedos de Madame Henriette incorporan al fresco la infancia del pequeño Agustín Cosme Damián, el ámbito doméstico de su familia, sus uniformes y bravuconadas de cadete, sus escarceos sentimentales, su boda, su entrada en el palacio de la Historia, su casi inmediata salida por la puerta del servicio, el exilio, la peregrinación, el regreso y un fusilamiento sin paliativos. 

Todo esto, que de forma sumaria recapitula el lector, no sería más que una viñeta rescatada de alguno de los viejos mosaicos de la por tantos motivos pintoresca historia continental, si no fuera porque desde sus primeras líneas cobra vida y dignidad estética. Ni más ni menos que una espléndida crónica trazada con mano hábil, sin concesión alguna al blasonado orgullo nacional, al patrioterismo, a la demagogia que supuran los viejos tratados y manuales que registran para la posteridad las gestas de un patriciado iluso y sin redención posible. No hay ira ni afán vindicativo, pero sí una permanente ironía que escolta al lector hasta un final que, no por sabido o previsto, es sorprendente. Lo que los textos de la historia oficial afirman muy poco significa ante el sugerente despliegue que Rosa Beltrán exhibe en su tapiz verbal. La autora usurpa las habilidades de Madame Henriette y, como la vieille dame fugada de alguna página de la Ilustración, fragua sobre su velo la nada apacible época del Emperador Iturbide. Y aquí se pone de presente algo que distancia a la autora, de forma incontestable, de los historiadores de oficio. Soslaya cronologías, hechos sancionados por la academia y la política, el antes y el después de la historia que narra. El lector no familiarizado con la historia mexicana ignora o no está al tanto de los avatares y las luchas de la Independencia que confluyeron en la entronización de tan patético Imperio, y es probable que también desconozca lo que ocurrió después. Pero Rosa Beltrán nos demuestra que esa información escamoteada, que para la historia es esencial, para la literatura es superflua. Porque de eso se trata, de literatura, por encima de todo, así la anécdota se edifique sobre una porción de historia real. Y algo más: ese fragmento de historia que aborda la novela, deja pronto de serlo para convertirse en una elocuente tranche de vie centrada en la triste  experiencia de Agustín I y sus allegados. La epopeya cede el paso a la etopeya y el país cede su lugar al hombre aunque en ambos casos el dolor y la lástima, la piedad, se reconcilian en la escena culminante del tapiz.

El aire guiñolesco, impreciso al comienzo, cobra forma a medida que la historia avanza y pronto define su perfil en una serie en la que es fácil distinguir la pesada atmósfera de los caprichos goyescos. ¿Hay algo más risible, por vía de lo patético, que la princesa Nicolasa, cuyo olor rancio y lastrado por el deterioro asalta el olfato del menos prevenido de los lectores? ¿Qué decir de sus deliquios sentimentales por el joven brigadier Santa Anna y de sus raptos cleptómanos, combinación que incrementa su insoportable obscenidad? La vulgaridad que Goya plasma en “La familia de Carlos IV”, sobre todo en la primera figura femenina de la parte izquierda del cuadro, esa anciana con aspecto de lunática, mirada errabunda y semblante espectral, define muy bien, entre penumbras y pesados olores de desván, la bochornosa majestad de Nicolasa y la familia imperial. Ese es el mejor referente plástico –y con toda seguridad político− de lo que con acierto Rosa Beltrán llama La corte de los ilusos. Pero si el cuadro inclemente y certero de Goya reproduce el contaminado clima –la peste borbónica− de una corte de enajenados, el retrato psicológico de cada uno de los miembros de la homóloga corte mexicana no es menos inquietante.

A despecho de la cronología y de la onomástica conocidas por cualquier escolar mexicano, La corte de los ilusos reinventa la época merced a una serie de faits divers, de fragmentos de catecismos y manuales, de frases y sentencias entresacadas del breviario de la estupidez. La intención que preside cada uno de estos epígrafes es evidente: subrayar un segundo grado de sentido, multiplicar las posibilidades expresivas de la historia central, reafirmar la ironía y el humor como una de las pautas críticas del relato. Y la verdad es que el resultado conseguido es por momentos desternillante, aunque la mirada pícara de la autora no se limita a fustigar esos dos años de la segunda década del siglo XIX sino que alcanza, con toda su contundencia, el ámbito de nuestro tiempo y cuyo objetivo es esa otra corte que, también surgida de un revolución, instaura sus privilegios en lo institucional. Un no disimulado aire contemporáneo campea en la novela e incluso la autora parodia cierta filosofía amorosa, adobada con una fuerte dosis de ironía feminista, como lo sugiere la conseja del capítulo trece: “Las mujeres bajitas gozan de una indiscutible ventaja: están a la altura del corazón de cualquier hombre”. Sus ecos, más que la réplica a esta frase risueñamente perversa, se encuentran en el último de los cuentos del volumen Amores que matan (Joaquín Mortiz, México, 1996), donde el lector celebra el sentido autocrítico de la escitora: “Al grito de “yo no soy criada de nadie”, Juanita abandonó el lecho conyugal. Volvió pronto, porque se había olvidado de tender la cama”.

Una guerra de mazapanes entre la Emperatriz y su confesor, el goloso obispo de Puebla, enmarca los preparativos de la coronación del flamante Emperador. El papel del clero en esta corte de opereta no es desdeñable, pues el antagonista ideológico del obispo es una de las personalidades más atrayentes de la primer mitad del siglo XIX americano, fray Servando Teresa de Mier, mitificado por la literatura gracias, entre otros –y Lezama Lima mediante− a Reinaldo Arenas y su novela El mundo alucinante. Nada extraño en un país en el que, al frente de los movimientos independentistas, figuran curas insurgentes e irreconciliables en sus gestas contra el Imperio español, como Miguel Hidalgo y José María Morelos. Es apenas lógica la actitud de fray Servando, de quien no menos insensatamente que las otras liaisons sentimentales de la novela, se enamoró María Rafaela Iturbide, Marquesa de Alta Peña. Ante un Emperador advenedizo, la réplica de fray Servando es rotunda y, como si Agustín I lo ignorara, le basta al prelado trazar una breve relación de sus infortunios vividos bajo la férula española para reivindicar el destino republicano de México: “Como a un facineroso, se me ha conducido de prisión en prisión, y se me ha obligado a viajar con grillos por caminos de pájaros”.

Este encuentro entre el Emperador y un clérigo hace pensar de inmediato en la célebre entrevista, clandestina y probablemente apócrifa, celebrada entre Napoleón y el Papa Pío VII, en Fontainebleau y en vísperas de la coronación. La entrevista, escuchada y recreada por el capitán Renaud, antiguo paje del Emperador, es reproducida por Alfred de Vigny en el capítulo V del libro III de Servidumbre y Grandeza Militares. Bonaparte, pese a su autosuficiencia y soberbia –un papa no bastó para coronarle la testa−, vaciló y retrocedió ante los argumentos del Pontífice. Sólo que lo que en este caso es tragedia, en el de Iturbide es comedia. No por casualidad esas son las palabras que desarman al Emperador cuando Pío VII le dice “Commediante” y a continuación, sin que Bonaparte se hubiera repuesto de la ira, lo remató con un “Tragediante”. Y tras el estallido –vasos de Sévres vuelan hechos añicos por las augustas salas del Palacio− el Emperador cede y admite sus limitaciones, confiesa su fatum: “¡Es verdad! Trágico o cómico. Todo es papel, todo es disfraz para mí desde hace mucho tiempo y para siempre. ¡Qué cansancio! ¡Qué pequeñez! ¡Posar! ¡Siempre posar! De frente para este partido, de perfil para aquél otro, según su idea. Aparecer ante su vista como ellos quieren que sea y adivinar justamente sus sueños de imbéciles. Colocarlos a todos entre la esperanza y el temor…” ¿No es este el drama de Iturbide, desnudo ante la dignidad de fray Servando? También en La corte de los ilusos un criado atraviesa fantasmalmente el salón donde Iturbide y el fraile discuten y, al retirarse, se lleva consigo “el mismo silencio que había traído”. Las dos anécdotas confirman por lo menos la sentencia según la cual “no hay gran hombre para su valet de chambre”. Pero lo notable aquí es que mientras fray Servando increpa al libertador por sus desvíos monárquicos, el obispo de Puebla, entre mazapanes y golosinas, entra a la historia por  los caminos de la infidencia. Como cualquier vieja chismosa, le confirma a la Emperatriz lo que todos saben: que Agustín I anda en amoríos con la Güera Rodríguez, una viuda reiterada, que engañó a su primer marido, quien murió de celos no sin antes someterla a una sesión de latigazos por puta. Inconsolable, la Güera volvió a casarse con un septuagenario y siguió en las mismas. En el presente del relato, esta señora oficia el deber patriótico de calentarle los edredones al Emperador.

La situación social de México es insostenible: las cárceles se llenan de conspiradores ilustres, entre ellos fray Servando. Los militares se rebelan, los miembros de la familia imperial enloquecen y hasta el ánimo de Iturbide se llena de grietas. Consciente del desastre inminente, Agustín I redacta su carta de abdicación al trono. El contrapunto entre la locura de Nicolasa y la decisión del Emperador de abdicar está magníficamente llevado a su clímax narrativo: lo que la loca conversa con su ficticio interlocutor encierra la razón y la clave de la decisión de su hermano. El desenlace se precipita y, en medio del patetismo de la huída, hay lugar para el humor. Iturbide se acerca al comandante del grupo que lo escolta y con unas palabras aleccionadoras le regala su catalejo “a fin de que viera mejor el porvenir. Desde ese momento quedó incomunicado”.

Ese fragmento de realidad social, que por vías del protagonismo traza la semblanza inmisericorde de un Emperador de oropel, alcanza su perfil más verosímil en la novela de Rosa Beltrán. Como anotábamos al comienzo, logra soslayar, con acierto narrativo, el repertorio ortodoxa, rigurosamente histórico: no hay veneración alguna por fechas específicas y eso lo demuestra el hecho de que la primera fecha mencionada expresamente es el 10 de agosto de 1822, contextualizada en el capítulo décimo del relato cuando alguien “espantaba una mosca”. Tampoco se detiene la autora en los avatares políticos ni en la identidad de las jerarquías en liza, salvo en lo imprescindible, en lo que facilita la credibilidad de la novela. Que Iturbide sea un personaje real no importa, pues el texto adquiere una dignidad literaria tan grande que bien podría tratar sobre un personaje ficticio con iguales resultados. Se prescinde aquí del bagaje de información técnica, de la tediosa cronología y de las densas ramas onomásticas que un cronista envanecido de su papel habría agotado al máximo. Es la historia con mayúscula la que informa al lector curioso sobre esos particulares, lo que precede y precipita la coronación de Agustín I y lo que sucede después tras su fusilamiento en Padilla. Sólo importa aquí el breve pero elocuente tapiz que la autora, como Madame Henriette, teje desde los fastos de su entronización hasta los hábitos con que el difunto abandona las vanidades de este mundo. Rosa Beltrán ha conseguido forjar una sugestiva pieza literaria, pletórica de humor gracias al permanente guiño al lector sobre las miserias del Poder y los exabruptos a que conduce no tanto la ambición como la candidez humana. La documentación –que se colige ardua, rigurosa, vastísima− ha sido eficazmente digerida por el relato central. El resultado es un estilo fluido y una prosa sin concesiones retóricas, garantes de una fecunda y cautivante imaginación.

 
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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez