Cuestión de método. Columnas del suplemento Laberinto



Migrantes de nosotros mismos
Rosa Beltrán

El signo de nuestro tiempo es la migración. Decir escritura es decir mutar, gente que migra y viaja. Pero migrar es poner en marcha la imaginación para suponer una diversidad de maneras de hacerlo. Desde las errancias a otros países y latitudes hasta los viajes hacia nuevas formas de identidad. La señal más determinante de la migración es la propia conciencia del cambio. Transformación perpetua, vertiginosidad, novedad. Si se habita en la urbe, saber que ninguna realidad espacial es permanente; que, en cierto modo, y aun sin habernos movido un ápice, todos somos migrantes continuos y somos por tanto exiliados de nosotros mismos.

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El relato sin historia
Rosa Beltrán

A los que tienen un deseo insatisfecho, Dios les reservó un programa de televisión. Este programa es el Show de Cristina. La conductora, transformada en hada madrina de los hispanos radicados en el país de los sueños hará cualquier cosa por complacer el deseo de sus televidentes. Una mujer de edad indefinible pero con un sobrepeso bastante bien definido, tímida y ajada, modosa aunque también nerviosa, salida de unos cuarenta y tantos infiernos ha pedido por escrito su deseo: quiere una ovación cerrada. Que le aplaudan durante cinco minutos seguidos, sólo eso. La anfitriona ha preparado un estadio en Miami, con reflectores especiales y con quince mil voluntarios que a una señal comenzarán a aplaudir sin detenerse durante cinco minutos.

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Los usos de la epidemia
Rosa Beltrán

Hay dos momentos que no existen: ayer y mañana. De los dos, uno se ha vuelto más improbable. Desde el 24 de abril de 2008, a medida que fuimos escuchando las noticias, el futuro era cada vez más una vaga idea: la esperanza de encontrar un cubrebocas, gel antibacterial, alcohol o cloro; la fecha de caducidad de la comida en el refrigerador. Hasta antes de este momento, pensábamos que lo que hiciéramos con nuestras vidas traería consecuencias determinantes. De pronto, la única repercusión de nuestros actos fue negativa: podíamos contagiar o ser contagiados. El mal estaba a la vuelta de los días, de la esquina, del sofá. No se veía. El problema es que a diferencia de otras catástrofes sociales el virus era un anuncio tras otro oído en la radio, un espacio en los titulares de todos los periódicos, varias cifras contradictorias y una amenaza fija. Grado 6. Pandemia. No veíamos gente caer a nuestro alrededor salvo en la pantalla televisiva: una toma o dos, varias repeticiones de alguien mayor en una camilla. ¿Era la misma o era otra persona?

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Recicle su fe
Rosa Beltrán

Un cristiano renacido es un devoto que mide su fe por el número de solicitudes de empleo enviadas y el cúmulo de dolencias compartidas; por las adicciones curadas en las reuniones de la Nación de los 318 y el agobio superado gracias a la cita de los Casos Imposibles. Es alguien que sabe que para los conflictos familiares está la Terapia del Amor y que los Viernes de Liberación son para la baja autoestima. A un fiel de la Iglesia Universal del Reino de Dios se lo reconoce porque de día escucha Radio Romántica (1380 a.m.) y en las noches sintoniza al obispo Franklin quien en un portugués castellanizado lo lleva a un momento de reflexión antes de realizar la bendición del vaso con agua

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La lección de Sheherezada
Rosa Beltrán

El caso de la atleta olímpica Caster Semenya muestra una de las situaciones más problemáticas en la era de las sexualidades construidas. ¿Qué hacer cuando un fruto no cabe en el anaquel de las manzanas ni en el de las peras? Desde 1992 la Federación Internacional de Atletismo concluyó que “todas las personas que desde su infancia o pubertad han sido consideradas legal y psicológicamente mujeres deben poder participar en competiciones deportivas femeninas independientemente de lo que digan sus cromosomas”. Para las competidoras que fueron fácilmente derrotadas por Semenya, la discusión no radica en la diferenciación genética sino en la desigualdad de oportunidades. La trasgresión, en caso de haberla, no está en la genitalia masculina ni en el hecho de poseer, entre los 23 pares de cromosomas, una Y, sino en competir contra alguien que es “más”: “más alto, más musculoso, más fuerte”. Esto parecería ser un reclamo justo. Pero a la indignación de algunas competidoras se suma la avalancha de comentarios airados en defensa de Semenya. Buena parte de la opinión pública considera que el sólo hecho de que alguien sea cuestionado en su sexualidad es algo que lo denigra. Mientras tanto, el asunto de la gesta olímpica ha quedado fuera de la contienda.

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Rituales
Rosa Beltrán

Invento posturas, repito un mantra mientras bajo y subo abriendo ambas piernas y vuelvo a una misma palabra, me concentro. Por poco tiempo. Enseguida oigo un chiflido típico, quizá un trabajador; otro hombre al verme llama a su hijo con desconfianza; el dueño de la casa frente a la que estoy me observa, a punto de llamar a vigilancia. Pero basta con que me incorpore, me sacuda el pasto de la ropa, para que todos respiren y se recobre la calma. Ya no está haciendo “cosas raras”, qué alivio.  El hecho convencional es lo que nos une. No el acto cotidiano, sino el acto convencional. Aunque no tenga ningún sentido trascendente. Aunque nos paralice y haya asesinado algo, no sabemos qué. Frente al sentimiento profundo de la palabra repetida para sí, del movimiento para uno, del “acto gratuito”, frente al rito practicado desde tiempos ancestrales que algo debe hacer a nuestra humanidad, que debe tener un sentido antropológico ¿qué son los ritos convencionales que no nos llevan a nada, que nos vacían como personas? Asideros a eso que hemos dado en llamar “tejido social”.

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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez