Escrituras



Del lacrimario al posmodernismo
Rosa Beltrán

En la película Besos brujos (1937), Libertad Lamarque se lanza contra el canalla que la ha secuestrado buscando echarlo de su vida, pero antes le exige: “devuélveme los besos que me robaste” y acto seguido se hace cargo de la devolución, es decir, lo besa. La primera vez que vi esta escena mi reacción fue de pasmo y fascinación. Por la literatura sabía de amantes despechadas que tras la ruptura pedían la devolución de cartas, anillos, listones y otros objetos. En cambio, no había sabido de nadie que pidiera la devolución de sus besos. Las frases del cine mexicano de los años cuarenta oídas en mi juventud cerca de los ochenta eran algo más que el kitsch que después constituiría un recurso toral en mi obra. Eran el retrato hablado –nunca mejor usado el oxímoron—de nuestra educación sentimental tan cercana a ciertos pasajes del absurdo que sin embargo vivimos como “lo auténtico”. Esas escenas hablaban --y hablan-- de un modo de sentir que está en nuestro inconsciente colectivo y nos hace ser como somos, para sorpresa de otras idiosincrasias. “Yo siento así”, dirá un mexicano frente a un amigo, digamos, catalán, profundamente sorprendido de que el primero retire a otro el habla “porque lo vio feo” o de verlo embriagarse “sólo de dolor” o “nomás de rabia”. Lo sorprendente de las reacciones que vivimos como únicas posibles es que no son nuestras. Van precedidas de imágenes extraídas del museo visual que según Susan Sontag nace con la fotografía pero culmina en el cine. El de la “Época de Oro” del cine mexicano provee los gestos y las posibilidades de ser que aún nos definen, pero también las frases.

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Optimistas
Rosa Beltrán

Hay quienes invierten en la bolsa. Mi tío Au­relio era más inteligente; invertía en los puestos de revistas. Así podía ahorrarse lo que otros gastaban en médicos y en las dichosas terapias psicoanalíticas. «Haga amigos sin frecuentar a nadie.» «Siete pasos en la ingesta del salvado en nuestro cuerpo.» He aquí el summum de la sabiduría, nos decía mi tío Aurelio: el manejo que uno hace de su tiempo libre. Hacía un rato que él y papá se habían vuelto unos pensadores positivos.

Ninguno de nosotros sabía qué había sido pri­mero, si la gallina del miedo o el huevo de las re­vistas. Tal vez un temor difuso había llevado a papá hacia el tío Aurelio (y este a las revistas), aun­que también era posible que las revistas solas lo hubieran empujado a alimentar la idea de que el mundo conspiraba en su contra y que sólo el uso de la mente lo llevaría a librarse de este sino. Mi padre tenía sobradas razones para probar su teoría y, según él, gente que lo odiaba para constatarla: Este le tenía tirria, Aquel lo había visto feo y así, ad infinitum. O más bien hasta llegar a la afrenta del Primer Motor Inmóvil, mi madre, origen de todos, o casi todos, sus males. Porque también es­taba el cuerpo. Su cuerpo. Y después del Primer Motor ese cúmulo de nervios, ese magma con vida y voluntad que parecía actuar a sus espaldas era el Rey de los Traidores.

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Tiempo de morir
Rosa Beltrán

Decidimos entrar en el matrimonio con la alegre certeza de quienes entran en su perdición y lo disfrutan. No es que no nos guste la intimidad; a ella debemos una serie de canon­jías insospechadas porque, hay que decirlo, él y yo no éra­mos tenidos como personas respetables, quiero decir, no éramos de fiar. Por lo demás, no me parece que esto fuera injustificado, porque no hay nada de respetable en eso de entrar caprichosamente a los mingitorios, por ejemplo, a escribir cosas. Mejor dicho, a uno, su favorito. Ignoro lo que escribirá; no es eso lo que me importa. El y yo lo decidimos así: cada quien su vida. Se trata de mí, de tener que mirar siempre la misma fachada, esperándolo. ¿Tiene esto algún sentido? Temo que igual que lo otro, estos deseos también se hallen corrompidos por la urgencia o el deber, por la necesidad de cumplir con la imagen que nos hemos impuesto. Antes tuvimos que padecer en silencio el rechazo que los demás se empeñaban en hacernos evidente —nuestra indignidad no se debía a otra cosa que a nuestra situación de solteros—, y hoy, en cambio, podemos agradecer a nuestro estado civil, o al desprecio hacia todo a que éste nos ha llevado, la relativa facilidad con que podemos ocuparnos de cumplir nuestros deseos sin ser recriminados mayormente. Ya no resultamos ostentosos: estamos felizmente casados. Pero queda un estigma: él sigue exhibiendo su antigua libertad como si fuera la de hoy. No obstante, poco a poco hemos ido ple­gándonos a las fatales convenciones que en un principio nos resultaron hasta divertidas, inmersas en el hálito misterioso que rodea todo lo nuevo. A veces pienso que todavía nos quedan muchas cosas por compartir. La noche y la memoria quizá también la indiferencia. O quién sabe. A lo mejor tam­poco eso.

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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez