Así escribo

foto-asiescribo-200.jpg¿Por qué sufrimos tanto? A veces me lo pregunto. Y encuentro la respuesta en una obra a la que suelo acudir. Para la Odisea, el fin de las penalidades humanas es convertirse en libro. Es un pensamiento consolador, aunque falso. Sobre todo, para quienes no escriben. Que son la mayoría. ¿Cuál es el sentido de sus penas, además de estar condenados a llevarlas a cuestas? Para desahogarlas un poco, yo escribo. Aunque no estoy segura de que sea por esa razón. Simplemente lo hago. Tengo un ritual. Tengo muchos, en realidad. Pensar que la ceremonia que precede al acto de escribir sea un hecho dilatorio es injusto. Que sea un acto maniaco en cambio lo acepto. Estoy llena de manías. Esa es mi mayor penalidad. Mejor dicho: es mi esencia. Mis manías soy yo. Mi escritura en cambio pertenece al azar. Y a leyes insospechadas: a otros. En la era de las identidades mutables, mis manías se ven  obligadas a transmutar. Y a permanecer ocultas, habitando esa vida paralela que no muestro. Gracias a ellas, puedo ser una persona convencional. Una mujer de tantas, diríamos. Toda mi excentricidad se la dejo a ese acto propiciatorio que es muchos preámbulos, todos distintos y tendientes a un fin común. Ahí es donde se realiza lo que soy o lo que querría ser o lo que a veces me veo obligada a ser, aunque no quiera. No es algo que pueda definir de una vez. Porque cambia, como un virus mutante, todo el tiempo. Pongo un ejemplo. Aunque ¿tiene algún sentido ponerlo? La sola muestra no es más que una ilustración momentánea: ya he dicho que la esencia del ritual es ser impredecible y cambiante, aunque sin él no haya posibilidad de poner negro sobre blanco. Algo hay que aclarar, eso sí. El ceremonial determina la obra. Me gustaría que no fuera así pero no hay mucho que se pueda hacer. Por algo una manía es una manía. Sin contar, desde luego, la de echar un vistazo en las manías de otros. Que según he podido constatar, son de tres tipos. Las mías, que dependen del momento en que esté, se sitúan en algún anaquel de esa tríada. En primer lugar está el mundo de los demasiado limpios. Thomas Mann en su estudio se enjuaga las manos en agua de violetas, continuamente. Borges medita en la bañera para decidir si lo que ha soñado le servirá o no para una historia o un poema. En ambos autores se ve reflejado este “higienismo”. Impecable, intachable, son adjetivos que la crítica suele usar cuando los cita. Segundo: los rituales opuestos, de lo bajo y lo sucio.  

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Obras

portada-efectos.jpgEfectos secundarios
(Mondadori 2011)


En un escenario kafkiano, lleno de elementos cómicos y absurdos, el personaje principal de esta novela ejerce el peculiar oficio de presentar libros comerciales por encargo. Con argumentos inverosímiles dispara discursos que convencen al público de estar siempre ante "la gran obra del año". Contra las imposturas en las que escritores, editores, lectores imitan las costumbres propias de la farándula, el protagonista se refugia en la lectura de los clásicos. Pero una realidad atroz interviene las líneas que leemos, hasta secuestrar al personaje de su vida y a nosotros, de la trama.

Con un humor negro entre Chesterton y Beckett, Efectos secundarios es un experimento narrativo inusitado en el que Rosa Beltrán subvierte el espacio tradicional de lo literario. Esta singular obra representa un elogio al humanismo y al mismo tiempo un puente entre los diversos planos de una época nómada en la que la literatura se muestra como la única vía de escape a la extrema violencia.


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Rosa Beltrán y sus Efectos secundarios
Mónica Lavín

Beltrán ha escogido la particularidad de la novela corta, incisiva como el cuento y capaz de desarrollar a un personaje como la novela.

La novela más reciente de Rosa Beltrán, “Efectos secundarios”, es una experiencia de lectura sorpresiva y fascinante.

Para mí su novela más original y provocadora. Beltrán ha escogido la particularidad de la novela corta, incisiva como el cuento y capaz de desarrollar a un personaje como la novela, para contarnos la breve e intensa saga de un personaje de nuestro tiempo, de nuestro país, de nuestra escena cultural o mejor dicho del mercado de libros en que se ha convertido la escena editorial.

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Una novela de terror y resistencia
Jorge Volpi

Durante la pasada Feria del Libro de Guadalajara no hice otra cosa sino presentar libros. Libros de amigos, de amigos de amigos y de desconocidos (que luego se volvieron amigos). Todo transcurría con normalidad, o al menos con la ominosa normalidad de nuestro país, cuando me vi atrapado en un juego de espejos. Rosa Beltrán me invitó a presentar Efectos secundarios, un breve y sobrecogedor relato sobre un individuo que se dedica justo a eso: a presentar libros. Mi vértigo se acentuó. Porque, mientras el narrador de Beltrán se embarca en un sutil elogio de la lectura —y una acerada denuncia de la frivolidad literaria—, no deja de escuchar, en sordina, los ecos de la guerra que azotan a su ciudad. La situación se volvió lacerante: allí estábamos, en la presentación de un libro sobre presentaciones de libros, a solo unos metros del lugar donde días atrás habían sido encontrados veintiséis cadáveres. A mis ojos, Efectos secundarios se convirtió en la mejor metáfora de México y en una ácida diatriba contra la frivolidad de la literatura… y de la violencia.

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Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez