Aprender el mundo. Entrevista con Sergio Pitol / Rosa Beltrán



entrevista-pitol.jpg Le envío una serie de preguntas de las cuales me responde las que quiere por correo electrónico. Hablo con él, conversamos por teléfono sobre estos temas y luego nos extendemos sobre otros. Muchos no son nuevos. Hemos charlado sobre ellos cuando nos vemos a comer cada vez que viene a México o cuando nos encontramos en algún homenaje que le hacen, en un coloquio, en alguna feria de escritores. Viaja muchísimo. Escribe muchísimo. Lee todavía más. En el diario de sus obligaciones literarias siempre tiene superávit. Alguna vez, en Moscú, luego de un fatigoso día de conferencias, visitas a museos y larguísimas caminatas con una detención policíaca de por medio (el día anterior habían explotado dos bombas de autoría chechena), lo encontré escribiendo, echado en su cama de la embajada de México, mientras los demás dormían.

Leer más...
 
portadas-libris-horizontal.jpg
 
portadas-libros-vertical.jpg

Así escribo


 

¿Por qué sufrimos tanto? A veces me lo pregunto. Y encuentro la respuesta en una obra a la que suelo acudir. Para la Odisea, el fin de las penalidades humanas es convertirse en libro. Es un pensamiento consolador, aunque falso. Sobre todo, para quienes no escriben. Que son la mayoría. ¿Cuál es el sentido de sus penas, además de estar condenados a llevarlas a cuestas? Para desahogarlas un poco, yo escribo. Aunque no estoy segura de que sea por esa razón. Simplemente lo hago. Tengo un ritual. Tengo muchos, en realidad. Pensar que la ceremonia que precede al acto de escribir sea un hecho dilatorio es injusto. Que sea un acto maniaco en cambio lo acepto. Estoy llena de manías. Esa es mi mayor penalidad. Mejor dicho: es mi esencia. Mis manías soy yo. Mi escritura en cambio pertenece al azar. Y a leyes insospechadas: a otros. En la era de las identidades mutables, mis manías se ven  obligadas a transmutar. Y a permanecer ocultas, habitando esa vida paralela que no muestro. Gracias a ellas, puedo ser una persona convencional. Una mujer de tantas, diríamos. Toda mi excentricidad se la dejo a ese acto propiciatorio que es muchos preámbulos, todos distintos y tendientes a un fin común. Ahí es donde se realiza lo que soy o lo que querría ser o lo que a veces me veo obligada a ser, aunque no quiera. No es algo que pueda definir de una vez. Porque cambia, como un virus mutante, todo el tiempo. Pongo un ejemplo. Aunque ¿tiene algún sentido ponerlo? La sola muestra no es más que una ilustración momentánea: ya he dicho que la esencia del ritual es ser impredecible y cambiante, aunque sin él no haya posibilidad de poner negro sobre blanco. Algo hay que aclarar, eso sí. El ceremonial determina la obra. Me gustaría que no fuera así pero no hay mucho que se pueda hacer. Por algo una manía es una manía. Sin contar, desde luego, la de echar un vistazo en las manías de otros. Que según he podido constatar, son de tres tipos. Las mías, que dependen del momento en que esté, se sitúan en algún anaquel de esa tríada. En primer lugar está el mundo de los demasiado limpios. Thomas Mann en su estudio se enjuaga las manos en agua de violetas, continuamente. Borges medita en la bañera para decidir si lo que ha soñado le servirá o no para una historia o un poema. En ambos autores se ve reflejado este “higienismo”. Impecable, intachable, son adjetivos que la crítica suele usar cuando los cita. Segundo: los rituales opuestos, de lo bajo y lo sucio. Cioran en un cuarto por días enteros, aislado de la humanidad y del sueño o Clarice Lispector rodeada de gatos en medio de un caos doméstico. Tercero: los actos absurdos como escribir sólo de pie y sólo con lápices del dos afilados por uno mismo; hacerlo sólo después de desayunar filete en salsa Wellington ¡a media noche! (como observó Ibargüengoitia de alguien más); pretextar un viaje para escribir sólo en un avión, etcétera. A este rubro pertenecen, a mi juicio, quienes escriben “sólo de mañana” o “sólo tres horas diarias” o “sólo después de dar un paseo, por la colonia Escandón, de noche”. De más está decir que me gustaría escribir El Aleph, La montaña mágica, Álbum de familia, Metamorfosis o Madame Bovary. Nótese que dije “me gustaría escribir” y no “me gustaría haber escrito”. Porque albergo la esperanza de hacerlo, por eso me aplico. Sé que estoy a tiempo de escribir la próxima obra de Homero, de Cioran, de Carson Mc Cullers. No ignoro que el hecho de ponerme albornoz, enjuagarme con agua de violetas o escribir junto al gato no me garantiza llevar a cabo mi propósito. Es decir, sé que haber rastreado el ritual no implica que pueda imitarlo siquiera. Las manías son propias, son impredecibles y lo más importante: son secretas.

 
Leer más...
 

bannerlacrimario.jpg

 

El cuerpo expuesto, de Rosa Beltrán. Lo que hay detrás del "selfie"
Carlos Fortea

 

 

Cada día resulta más audaz escribir libros que plantean preguntas y las dejan abiertas, es decir, libros cuyo destino no es ayudar a pensar, sino incitar a pensar.

La novela de Rosa Beltrán que da pie a estas líneas es uno de ellos. ¿Su argumento? Bien… no, creo que no lo voy a contar. Bastará con decir que hay dos líneas narrativas entretejidas, que una de ellas la protagoniza, de manera por cierto imperial, Charles Darwin, y la otra es un campo de batalla de ideas enfrentadas que no solo nos lleva a preguntarnos qué y quienes somos en este milenio de incertidumbre, sino que nos lleva también a preguntarnos qué fue de las certezas del pasado.

Leer más...
 

El cuerpo expuesto
Ana Clavel 

Alguna vez el filósofo  escribió: "¿Qué es el hombre? No es más que una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada, un punto medio entre la nada y el todo, infinitamente alejado de poder comprender los extremos". Los intentos por conocer y definir al género humano han sido consustanciales a nuestra razón de ser, sin embargo, los afanes cientificistas del siglo XIX lo hicieron particularmente proclive a la tarea de registrar los compartimientos de ese sorprendente espécimen siempre en

Leer más...
 

 

 

 

Edición: Rodrigo Martínez  
Diseño: Sergio Martínez